Pequeñas traiciones, grandes corrupciones

DESDE EL SEGUNDO PISO

Obesidad, infidelidad y corrupción Cuando un servidor público en México asume un cargo, está obligado a rendir protesta. El artículo 128 constitucional establece que "todo funcionario público, sin excepción alguna, antes de tomar posesión de su encargo, prestará la protesta de guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen". En los últimos días ha estado en la mesa la presunta corrupción detectada en el Instituto Nacional Electoral (INE). Y digo presunta porque, con eso de que ahora uno puede terminar denunciado por los propios servidores públicos señalados, más vale andar con cuidado. No vaya a ser que también me lo quieran tomar como un "meme". Pero hablando en serio, seguramente se preguntará qué tienen que ver la obesidad, la infidelidad y la corrupción en nuestro país. Estadísticamente es complicado establecer causalidad entre fenómenos tan distintos, pero intentaré hilvanar algunas ideas. Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, alrededor del 75 % de los adultos mexicanos vivimos con sobrepeso u obesidad. Una de las mayores crisis de atención y señalamientos de presunta corrupción está en el sistema público de salud, donde se concentra buena parte del gasto gubernamental. Y la presión seguirá creciendo: México envejece y la obesidad detona enfermedades crónicas. Este año se contemplan cerca de un billón de pesos para salud, y todo indica que no bastarán. Luego, la infidelidad. No solo la afectiva, sino esa otra, quizá más peligrosa, que se practica frente a las instituciones, los compromisos y la palabra empeñada. ¿De qué sirve buscar leyes perfectas si desde el núcleo familiar los pactos de confianza dejan de respetarse? Cuando en la familia normalizamos que los acuerdos pueden romperse sin responsabilidad o que la mentira es una herramienta válida de convivencia, sembramos la semilla de una cultura cívica erosionada. ¿Acaso la incapacidad de sostener un compromiso afectivo no se refleja en dificultades para respetar las normas colectivas y los compromisos que asumimos como servidores públicos, empleados o patrones? No pretendo establecer una equivalencia automática entre conducta privada y corrupción pública. Mucho menos moralizar. "No vengo vestido de blanco", decía alguien. Ya cada quien sabrá. Lo cierto es que, según el INEGI, se registran alrededor de tres divorcios por cada diez matrimonios en un mismo año: un fenómeno con consecuencias humanas, familiares y sociales que las cifras, por sí solas, no explican. Y de ahí a la corrupción: ¿qué tanto influyen la formación cívica, los valores y la educación que recibimos en casa? Quizá por ser un apasionado de la educación, sigo convencido de que el santo grial para transformar un país es un sistema educativo de primera, pero también revisar cómo educamos a las nuevas generaciones. Tal vez ninguna frase retrate mejor nuestras contradicciones que la sabiduría popular: "El que no transa, no avanza". Cuando en la familia justificamos las "pequeñas" deshonestidades con ese lema, ¿no formamos ciudadanos cada vez más tolerantes a la corrupción? Enrique Peña Nieto sostuvo que la corrupción era un problema cultural, que exigía un cambio de toda la sociedad y no solo de la clase política. Aquello provocó burlas, y con razón: reconocer la dimensión cultural jamás debe servir de coartada para eximir a quienes ejercen el poder. Pero tampoco podemos ignorar la parte incómoda. Insisto, no intento moralizar; seguramente todos tenemos alguna "cola que nos pisen". Pero ¿hasta qué punto la desintegración familiar y esa filosofía de que lo único importante es mi riqueza y mi bienestar, sin importar el daño a los demás, nos conducen hacia una sociedad cada vez más indiferente? Quizá ahí esté parte de la explicación del cinismo llevado al paroxismo de nuestra clase política: una clase gobernante que ha perfeccionado el arte de indignarse por la corrupción ajena mientras encuentra explicaciones, justificaciones y hasta aplausos para la propia. Y enfrente, una sociedad obesa, enferma, fragmentada y distraída, con una extraordinaria capacidad para acostumbrarse a casi todo. La corrupción, esa sí sistemática, enquistada en sectores del aparato público y alimentada por sus cómplices privados, seguirá encontrando terreno fértil mientras la impunidad resulte más rentable que la honestidad y el escándalo dure menos que la siguiente tendencia en redes. Total, llegará la despensa, la transferencia de la beca, el apoyo del Bienestar o las fiestas. Y lo que hoy provoca grilla e indignación terminará en el baúl de los recuerdos, sin mayores consecuencias. Porque en este México obeso, infiel y corrupto, hasta la memoria parece tener fecha de caducidad. Y si alguien todavía exige explicaciones, siempre quedará un argumento favorito de nuestros tiempos transformadores:Total, el PRI robó más.   Autor: Ricardo Heredia Duarte  
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