Sobre la dimensión espiritual en la sociedad del progreso

Luz y tiempo

¿Cuál es el sentido del hombre en el mundo?   A partir del inicio de la edad moderna, habiéndose derrumbado la autoridad divina, hemos luchado por salir lo más rápido posible de esta condición vergonzosa y humillante de ser humanos. Al ya no tener ese lugar privilegiado dentro de la creación de Dios –Ser benévolo, todopoderoso y figura paterna del hombre– nos hemos aferrado a aquellas características que creemos nos hacen diferentes (especiales) dentro de nuestro mundo: la razón y la tecnología. Esas son hasta el día de hoy nuestras herramientas para trascender –o escapar– de nuestra desfavorable situación que es: estar en el mismo nivel moral y espiritual al resto de seres y objetos que nos rodean.   Las máquinas y la ciencia son nuestro poder y su objetivo es hacernos dominar la realidad y voltear sus fuerzas a nuestro servicio. Generar una realidad que por sí misma nos sirva todos sus frutos. Queremos por lo tanto una realidad cada vez más cómoda y cada vez más automática: la métrica con la cual medimos nuestro avance hacia esa dirección es el llamado Progreso.   ¿Todo conduce a la automatización total? ¿Por qué parece que buscamos eso? ¿Qué es lo que queremos hacer una vez todo esté automatizado dentro de una máquina de movimiento perpetuo? ¿Buscamos una vida más fácil? Mi intención en este breve texto es hacer un diagnóstico espiritual de la sociedad occidental a partir de uno de sus principales ideales: "El Progreso" y dar mi perspectiva sobre la pregunta de "¿por qué sentimos la necesidad del progreso?"   Desde mi interpretación se puede rastrear el origen a ese vacío desde el trauma cósmico al que Nietzsche llamaría "La muerte de Dios". Una terrible incertidumbre sobre nuestro origen, destino y referencia moral. La modernidad consiste en eso, una constante crisis de identidad, una revolución tras otra, un cambio de estilo, de ideas, pero sin mantener ninguna anclada a nada permanente. Lo único permanente es el cambio, la búsqueda.   Lo curioso es la contradicción que existe en esta forma de abordar el gobierno de nosotros mismos: Si nos detuviéramos ahora de todo progreso (cosa impensable para estas alturas) y decidiéramos que estamos satisfechos con lo que hemos hecho y lo que somos, no habría diferencia entre este y el escenario hipotético de haber alcanzado una superación del hombre y estar satisfecho con este nuevo ser. Ambos casos conducen a la inactividad. No hay razón real de continuar con un proceso como el del progreso cuando podemos ahorrarnos siglos de esfuerzo y decidir en este instante que estamos satisfechos.   Entonces podemos intuir que el propósito del progreso no es el de alcanzar una meta sino el de mantener el movimiento. Es una manera en que la vida se conserva a sí misma otorgándose una misión inalcanzable, un deseo insaciable por la mejora, esperando que, en ese proceso, en algún tiempo remoto, nos encontremos a nosotros mismos; por mientras, mantener a la humanidad con vida, respirando, moviéndose es suficiente.   Si como dice la tradición budista el "deseo es el origen del sufrimiento" entonces el progreso sería la forma más eficiente de perpetuar el sufrimiento. El emprendedor, el hombre de negocios, estas figuras Fáusticas –como lo diría Marshall Berman– tienen bien claro que nunca es suficiente. Los grandes proyectos científicos y de desarrollo tecnológico, económico y social serían mecanismos para perpetuar el deseo que es igual a perpetuar el sufrimiento.   ¿Pero claro, cuál es la alternativa? Si ya hemos dejado claro que el propósito, origen y destino de la edad moderna es ponerlo todo en movimiento, un movimiento perpetuo que si bien, genera vida, historia y cultura, también genera una increíble cantidad de sufrimiento no solo externo (guerras y conflictos globales) sino un sufrimiento más profundo, una crisis espiritual grave.   Desde la desconfianza en la dimensión espiritual que se ha vivido con el avance de la ciencia, desde que el hombre decidió que ese avance que lo emancipó de la autoridad divina debe ser entonces el que le otorgue las respuestas fundamentales de su origen y su destino, esta obsesión con el progreso nos ha llevado a una espiral sin fin de convulsiones y conflictos, choques y fracturas que han dejado profundas heridas y traumas que aún no terminan de sanar.   ¿Qué entiendo yo por “La dimensión espiritual”? Pienso que el motivo por el cual no logramos comprender la realidad y a nosotros mismos es la división en partes infinitas que nos hemos empeñado en hacer del mundo que tenemos enfrente y de nosotros mismos como seres que lo observan. Ese creo es la principal cualidad de "La Razón": la de dividir, identificar, seccionar, clasificar. El punto aquí es que al separar la realidad en sus partes más pequeñas y relaciones de fenómenos (como lo hace la ciencia) hacemos un ejercicio que no puede generar más que una serie de datos infinitos que sugieren marcos categóricos igualmente infinitos, pero nunca realmente nos da a conocer la cosa en sí. De esta manera podemos comprender los mecanismos y dinámicas del mundo, pero no conocerlo realmente por lo que es. La realidad no nos sugiere que la comprendamos, sino que la experimentemos. Eso para mí es la dimensión espiritual.   Pienso que el progreso no es un problema sino un síntoma de una crisis espiritual que ha dejado estragos muy violentos. No creo que la respuesta a este asunto sea la desconexión con el mundo material, el abandono de la razón o la completa inactividad, por el contrario, creo que debemos vivir con intensidad en el mundo como lo que somos, parte inseparable de él.   No creo que debamos abandonar todo lo que ha surgido a partir de la modernidad, sin duda ha sido un periodo de creatividad intensa. Sino, más bien, llenarla de la dimensión de que carece. Creo que la ciencia y tecnología son importantes cuando están al servicio del espíritu y no del crecimiento económico, especialmente en nuestro tiempo.
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