Se rompe tu burbuja

Periplo canicular

Tenía meses sin sentarme a escribir. O, para ser más precisos, sin sentarme a teclear algo que no fuera una nota, un comunicado o alguna de esas urgencias que terminan devorando los días. No es que hayan faltado temas. Los ha habido, y demasiados. Pero entre esta nueva era de la autoexigencia, el trabajo y ese revoltijo de ideas prestadas y heredadas que uno lleva en la cabeza, no siempre queda tiempo para detenerse a ordenarlas. Hoy, por fin, encontré uno.   Las elecciones intermedias de Estados Unidos me dejaron pensando en algo que va bastante más allá de la derrota republicana y la recuperación demócrata del Congreso. Me interesa menos el resultado partidista que el espectáculo previo de quienes estaban absolutamente seguros de saber qué iba a suceder. Pues si algo quedó expuesto, además de la fragilidad del poder político, fue la fragilidad de nuestras pequeñas certezas.   Durante semanas, en buena parte de los espacios mexicanos que consumo y con los que me relaciono, parecía que el mundo entero estaba a punto de confirmar las teorías de unos cuantos. Desde la derecha se anunciaba una suerte de péndulo inevitable, un regreso monumental de los valores conservadores, una especie de ajuste de cuentas con el progresismo. Ahí estaban algunos artistas, los “pijos” españoles, los sectores de derecha de nuestra clase mediera y obrera mexicana, convencidos de que la historia finalmente les daría la razón. Como si sus círculos de convivencia fueran el espejo del electorado estadounidense. Seguros de que su propia indignación constituye una mayoría.   Del otro lado, la izquierda más alarmista tampoco se quedó corta. Para algunos, el triunfo republicano habría significado prácticamente el comienzo de una guerra mundial, la desaparición de las libertades individuales y el derrumbe definitivo de cualquier aspiración democrática en Occidente. Todo estaba perdido antes de que terminara el conteo. Y, por supuesto, quienes sostenían semejantes certezas parecían poseer una verdad culta y clandestina, descubierta después de consumir un puñado de videos de alguien que alguna vez leyó un libro.   Lo curioso es que ambos grupos, aunque se detesten, comparten más de lo que estarían dispuestos a reconocer. Incluso suelen habitar estratos sociales bastante parecidos, consumir productos culturales similares, frecuentar espacios comunes y tener acceso a las mismas herramientas de información. La diferencia está en el color de sus consignas y en el aire de superioridad moral con el que cada uno contempla al contrario.   Unos creen que el mundo está despertando y otros que está retrocediendo. Unos se sienten los últimos defensores de la civilización occidental y otros los guardianes de una revolución que, en ocasiones, solo existe en sus propias conversaciones. Ambos se observan desde una ventana muy cómoda, convencidos de que lo que alcanzan a mirar es todo cuanto existe.   Y entonces llegan las elecciones.   Los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso estadounidense. El Senado y la Cámara de Representantes dejaron de estar bajo control republicano. Hubo victorias en territorios tradicionalmente conservadores y un mensaje electoral que la administración de Donald Trump difícilmente podrá ignorar. El costo de vida, el descontento económico y la inconformidad con las decisiones del gobierno estuvieron entre los elementos que explican el resultado.   ¿Significa que Estados Unidos se volvió de izquierda? No. ¿Que desapareció el conservadurismo? Tampoco. ¿Que todos los estadounidenses comparten ahora una misma visión del mundo? Ni remotamente.   Significa, entre otras cosas, que una sociedad es bastante más compleja que los círculos en los que acostumbramos desenvolvernos. Que el electorado no tiene la obligación de confirmar nuestras convicciones y que, por mucho que nos incomode, millones de personas toman decisiones desde circunstancias que probablemente ni siquiera conocemos.   Aquí aparece uno de los grandes problemas de nuestra época. Hemos confundido la exposición constante a nuestras propias ideas con el conocimiento de la realidad. Los algoritmos, las conversaciones privadas, los medios que elegimos y hasta las personas con quienes compartimos la mesa terminan construyendo una versión del mundo que nos resulta extraordinariamente cómoda. Una donde todos parecen pensar como nosotros o, cuando no lo hacen, necesariamente están equivocados, manipulados o son incapaces de comprender.   La burbuja no siempre es ideológica. También es económica, cultural y geográfica. Hay quienes creen que porque sus amigos tienen acceso a determinados servicios, educación y oportunidades, el resto del país vive de la misma manera. Otros suponen que porque conocen una colonia marginada, un salario precario o una historia de violencia, han comprendido por completo las necesidades de una nación. Y están quienes descubren una corriente filosófica, leen dos autores, siguen a tres divulgadores y, de pronto, se sienten autorizados para explicar el comportamiento de millones de personas.   No es conocimiento, se trata de la familiaridad con nuestro propio entorno, disfrazada de universalidad.   Tampoco se trata de exigir una tibieza absurda. Hay ideas que merecen ser combatidas, gobiernos que deben ser señalados y decisiones que no admiten demasiadas interpretaciones. La pluralidad no obliga a suspender el juicio ni a fingir que todas las posiciones tienen el mismo valor. Pero una cosa es defender convicciones y otra muy distinta es convertirlas en una religión que nos impide reconocer cualquier evidencia que venga del exterior.   Quizá por eso me resulta tan interesante que estas elecciones hayan dejado una lección que trasciende a los partidos. El poder necesita contrapesos. Ningún gobierno debería sentirse dueño de una sociedad, mucho menos cuando confunde una victoria electoral con un cheque en blanco. La alternancia, la vigilancia legislativa y la posibilidad de que el electorado cambie de opinión son elementos indispensables para cualquier democracia que aspire a mantenerse viva.   Pero también necesitamos contrapesos en nuestras propias cabezas. Porque resulta demasiado sencillo burlarnos de quienes viven encerrados en una burbuja cuando estamos tan cómodamente instalados en la nuestra. Nos indignan las certezas ajenas, pero rara vez cuestionamos las propias. Exigimos pensamiento crítico mientras compartimos cualquier publicación que confirme lo que ya pensábamos. Denunciamos la propaganda del adversario y consumimos con devoción la de nuestros aliados.   Y así seguimos, cada quien con su pequeña verdad, esperando que el mundo se acomode a ella. Tal vez la mayor derrota de estas elecciones no fue para quienes perdieron el Congreso, sino para quienes estaban convencidos de que podían anticipar el comportamiento de una sociedad entera desde su teléfono, su círculo de amistades o su sobremesa. Y quizá la mayor victoria no sea exclusivamente demócrata, sino de una democracia que todavía conserva la posibilidad de sorprender a quienes creen tenerla descifrada.   Hay que salir un poco más. Escuchar a quienes no piensan como nosotros, conocer realidades que no aparecen en nuestros recorridos habituales y, de vez en cuando, admitir que no tenemos ni idea de lo que está ocurriendo más allá de nuestra propia ventana.   Porque el mundo no tiene la obligación de parecerse a nuestro algoritmo. Y cuando finalmente se rompe la burbuja, lo incómodo no es descubrir que estábamos equivocados; es descubrir que nunca habíamos conocido el mundo que creíamos estar describiendo.
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