Baruch Spinoza, el filósofo del siglo XVII, dividía las pasiones humanas en alegres y tristes. Las primeras aumentan nuestra capacidad de actuar; las segundas la disminuyen. Y de ahí desprendía una advertencia incómoda: quien aspira a dominar necesita súbditos tristes, porque la tristeza paraliza, aísla y vuelve dócil.
Siglos después, Miguel Benasayag y Gérard Schmit retomaron la idea en un libro, “Las pasiones tristes: Sufrimiento psíquico y crisis social" (2003). Su diagnóstico era que el futuro había dejado de ser una promesa para convertirse en una amenaza. Y uno se pregunta si habrá descripción más fiel de nuestro México actual.
Aclaro de entrada que no hablo de un gobierno ni de un partido. Con eso de que hoy cualquier reflexión se lee como militancia, más vale advertirlo. Y también que no vengo a dar sermones: seguramente yo mismo tengo mis propias tristezas bien alimentadas.
Hablemos del miedo, la primera de ellas. Las encuestas de percepción de inseguridad del INEGI llevan años mostrando que una mayoría de los mexicanos se siente insegura en su ciudad. Salimos a la calle calculando riesgos, avisamos "ya llegué" por mensaje y aprendimos a convivir con la noticia de los desaparecidos como quien convive con el clima. Y lo malo del miedo, es que cuando se vuelve costumbre, deja de ser alarma y se convierte en paisaje cotidiano.
Luego viene el rencor. Vivimos en un país que se acostumbró a clasificarse: fifís y chairos, conservadores y transformadores, los de arriba y los de abajo. Etiquetas que alguna vez fueron apodos de ocasión y hoy funcionan como trincheras. Ya no discutimos ideas; discutimos de qué lado está quien las dice. Y el vecino, el compañero de trabajo o el primo de la comida dominical dejaron de ser personas para convertirse en militantes del bando contrario.
¿A quién conviene esa fractura? La respuesta incómoda es que a casi toda la clase política, de cualquier color. Dividir sigue siendo más barato que gobernar, y el resentimiento rinde mejores frutos electorales que la esperanza, que exige resultados. Un ciudadano enojado vota por quien le promete un culpable. Uno esperanzado empieza a pedir cuentas.
A eso se suman las redes sociales, ese gran mercado de la indignación donde el enojo se premia con "likes" y la calma no se viraliza. Pasamos el día reaccionando a lo último que nos hizo hervir la sangre, y por la noche nos preguntamos por qué estamos tan cansados. La indignación permanente se siente como compromiso, pero muchas veces es solo desgaste. Se parece a la política como el gimnasio a la montaña: mucho esfuerzo, ningún camino recorrido.
Y está la desesperanza, quizá la más silenciosa. Miles de jóvenes terminan sus estudios sin saber si habrá un lugar para ellos. Otros tantos emigran, no por aventura sino por descarte. Y muchos más aprenden temprano que el esfuerzo no siempre alcanza y que, como dice la sabiduría popular, "así son las cosas". Esa resignación es la más peligrosa de las pasiones tristes, porque se disfraza de realismo.
¿Cómo salimos de ahí? No tengo recetas, y desconfío de quien las vende. Pero sigo convencido, como apasionado de la educación, de que una parte de la respuesta empieza en las aulas y en las mesas familiares. ¿Qué escuchan nuestros hijos en casa? ¿Quejas, culpables y sospechas, o también proyectos, gratitud y capacidad de construir con el que piensa distinto? Un país no se vuelve alegre por decreto, pero sí puede educarse en la confianza o en la desconfianza, y ambas se aprenden.
Tampoco se trata de una alegría de utilería, de esa que nos piden las campañas de optimismo obligatorio. Se trata de recuperar la capacidad de actuar, que es justamente lo que Spinoza entendía por alegría: la certeza de que algo de lo que hagamos puede cambiar algo. Participar en lo local, exigir cuentas sin odiar, cuidar al vecino, reconstruir los pequeños pactos que sostienen cualquier comunidad.
Porque la tristeza organizada es muy rentable para quien la administra. Un pueblo temeroso pide protección sin preguntar por qué la necesita. Uno dividido no se coordina para exigir. Y uno resignado agradece lo que le den, aunque sea menos de lo que merece.
Quizá por eso conviene preguntarnos, antes de compartir el siguiente mensaje que nos revolvió el estómago, si estamos informando o si solo estamos alimentando la máquina.
Pero no se preocupe. Total, mañana habrá otro escándalo, otro culpable y otro motivo para enojarnos juntos, aunque no hagamos nada distinto.
Eso sí: que nadie nos quite el derecho a estar indignados.