El maestro no es terapeuta, pero tampoco puede mirar hacia otro lado

Opinión

Hay una frase que escuchamos cada vez con mayor frecuencia en las escuelas: “Eso no me corresponde”.

Y muchas veces es verdad.

Un maestro no es psicólogo por el hecho de convivir diariamente con niños y adolescentes. No le corresponde diagnosticar depresión, TDAH, autismo, trastornos de conducta ni problemas familiares. Tampoco debería asumir responsabilidades para las cuales no fue formado.

Pero entre diagnosticar y mirar hacia otro lado existe un territorio enorme.

Es el territorio de la presencia educativa.

Un docente quizá no pueda saber por qué un niño que antes participaba comienza a guardar silencio. No puede concluir qué significa que una adolescente deje de convivir con sus compañeros, que otro alumno llegue constantemente cansado o que alguien que solía entregar sus trabajos comience a acumular tareas sin terminar.

Pero sí puede darse cuenta de que algo cambió.

Y a veces eso basta para comenzar.

Durante mucho tiempo pedimos al maestro que controlara el salón. Después le pedimos que enseñara competencias, atendiera la diversidad, incorporara tecnología, comprendiera la neurodivergencia, previniera el acoso, detectara violencia, educara emocionalmente y, además, cumpliera con una creciente carga administrativa.

Quizá hemos olvidado preguntarnos algo elemental:

¿Quién acompaña al que acompaña?

La escuela contemporánea enfrenta una contradicción difícil. Esperamos que el docente detecte oportunamente cualquier señal de riesgo, pero también le advertimos constantemente que tenga cuidado con lo que dice, pregunta, toca, corrige o comunica.

Parte de esa cautela ha sido necesaria. Muchas prácticas que durante generaciones fueron consideradas normales —humillar, etiquetar, ridiculizar o castigar— no deberían regresar.

Pero proteger a la infancia no significa volver impotente al adulto.

Necesitamos construir otra forma de autoridad.

Una autoridad que no provenga del miedo, sino del vínculo; que pueda decir “esto no está bien” sin humillar; que pueda establecer límites sin violencia y preguntar “¿qué te está pasando?” sin pretender convertirse en terapeuta.

La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

El maestro no diagnostica: observa.

No interroga: abre una conversación.

No interpreta la vida familiar: escucha.

No promete guardar secretos que puedan poner en riesgo al alumno: protege.

No resuelve solo: comunica y activa la red correspondiente.

Y cuando aquello que observa rebasa su función, canaliza.

Ése debería ser uno de los aprendizajes centrales de la nueva realidad educativa: canalizar no significa desentenderse.

Cuando un niño necesita apoyo psicológico, médico, pedagógico o social, la derivación profesional no termina con la responsabilidad de la escuela. El niño continúa entrando al mismo salón al día siguiente. Sigue necesitando pertenecer, aprender, equivocarse, convivir y sentirse mirado como una persona, no como “el alumno que tiene un problema”.

Esto es especialmente importante frente a la neurodivergencia.

Un diagnóstico de TDAH, autismo o dislexia puede ayudar a comprender determinadas necesidades, pero nunca debería convertirse en el nombre del niño.

“Es TDAH.”

“Es autista.”

“Es problemático.”

“Es flojo.”

Cuando una etiqueta sustituye al nombre, comenzamos a perder a la persona.

Tal vez necesitamos formar nuevamente a nuestros docentes no para que sepan diagnosticar más, sino para que aprendan a observar mejor.

¿Qué cambió?

¿Cuándo comenzó?

¿En qué situaciones ocurre?

¿Qué parece ayudar?

¿Qué hemos intentado?

¿Qué necesita este alumno para participar sin sentirse permanentemente señalado?

Son preguntas educativas antes que clínicas.

Y aquí las familias también tenemos una responsabilidad.

Si cada observación del maestro es recibida como una acusación contra nuestra forma de criar, la conversación se vuelve imposible. Pero también lo es cuando la escuela convoca a una familia únicamente para comunicarle todo aquello que su hijo hace mal.

Necesitamos cambiar el lenguaje.

En lugar de:

“Su hijo tiene un problema.”

Podríamos comenzar con:

“Hay algo que estamos observando y queremos comprenderlo con ustedes.”

Quizá ésa sea una de las frases que necesita la escuela de nuestro tiempo.

Porque educar nunca fue solamente transmitir conocimientos. Educar también significa advertir cuando alguien comienza a quedarse atrás y construir, entre varios, una manera de alcanzarlo.

El maestro no necesita convertirse en terapeuta.

Pero frente a un niño que silenciosamente está pidiendo ayuda, tampoco deberíamos condenarlo a convertirse en espectador.

Para llevar a casa

Cuando familia y escuela dejan de preguntarse “¿de quién es la culpa?” y comienzan a preguntarse “¿qué necesita este niño?”, cambia el lugar desde el cual todos intervenimos.

Y, sobre todo, cambia el lugar que ocupa el niño: deja de ser el problema para convertirse nuevamente en la persona que estamos intentando comprender.

 

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