La fiesta de la presencia y la ausencia

Transeúnte

El inicio del mes de noviembre siempre nos coloca frente dos fechas importantes, a nivel litúrgico el 01 de noviembre celebramos la Solemnidad de todos los Santos, una fecha en donde pensamos en la llamada universal a la santidad y se nos invita a caer en cuenta que dentro de la historia de la Iglesia muchas personas han vivido esta vocación a la santidad independientemente de su estado de vida. Es decir, la santidad no es solo para quienes abrazan la vida religiosa o sacerdotal. La santidad es para todos.   El 01 de noviembre nos recuerda la llamada universal a la santidad. Durante mucho tiempo se imaginó al santo como una figura inalcanzable, esculpida en mármol o reservada al altar. Sin embargo, el papa Francisco desmitificó esta idea al invitarnos a contemplar la santidad «en aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios». Es lo que él llama los «santos de la puerta de al lado»: la clase media de la santidad. Son esos padres que crían a sus hijos con un amor inmenso, esos hombres y mujeres que trabajan con honestidad para llevar el pan a casa, los enfermos o las ancianas religiosas que no pierden la sonrisa. La santidad no es exclusividad del sacerdocio o la vida religiosa; es una vocación abierta a todos, que se teje en el barro de lo cotidiano.   Mientras que el día 02 de noviembre conmemoramos en la Iglesia a los fieles difuntos. Esta conmemoración aparece en la liturgia católica, sin embargo es una de esas fechas que están presentes de manera especial dentro del corazón de las personas. Y es que la mayoría de las personas hemos pasado en algún momento de nuestra vida por la pérdida de un ser querido.   Es en el cruce de estas dos fechas donde surge un puente revelador. La teología habla de la Comunión de los Santos para referirse a la red invisible que une a quienes caminan en la tierra, a quienes ya gozan de la plenitud y a quienes aguardan el abrazo definitivo. Muchos de los seres queridos que evocamos el 2 de noviembre con una lágrima o una sonrisa fueron,precisamente, nuestros santos cercanos: la abuela que enseñó a perdonar, el padre de trabajo incansable, la amiga de escucha atenta. Honrar su memoria es reconocer que dejaron una huella de bien que sigue dando fruto.   Por ello, estas fechas no nos invitan a una nostalgia estéril, sino a una esperanza activa. Recordar la finitud de la vida nos urge a habitar el presente con mayor responsabilidad: a sanar rencores, a abrazar a tiempo y a decir «te quiero» sin postergaciones.   La muerte no tiene la última palabra cuando la vida ha sido entregada con amor. Al celebrar a los santos y orar por los difuntos, reafirmamos que el amor auténtico no se extingue con el último suspiro, sino que se transforma en luz que sigue iluminando nuestro caminar. Los creyentes en Jesucristo caminamos siempre en la esperanza de la resurreción que el Señor nos ha hecho.
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