¿Y si la política fuera una película de terror?

El otro lado de la política

Está por comenzar una de las épocas más fascinantes del año. Los colores, los sabores, la comida, las tradiciones y la nostalgia de recordar a quienes ya partieron de este mundo nos envuelven en una mezcla de alegría, melancolía y misterio, es una temporada en la que la vida y la muerte parecen encontrarse, aunque sea por unos instantes, en la memoria de quienes seguimos aquí.

Volvemos a creer en la magia, en lo espiritual y en esa posibilidad, tan humana como inexplicable, de sentir que nuestros muertos regresan para darnos un abrazo, acompañarnos y recordarnos que el amor no desaparece mientras alguien conserve nuestros recuerdos.

Pero también llega una de nuestras actividades favoritas: sentarnos frente a una pantalla para disfrutar de una buena película de terror, esas historias que nos hacen gritar, escondernos detrás de una almohada y, al mismo tiempo, reconocer nuestros miedos más profundos, porque los monstruos del cine no siempre son simples criaturas aterradoras; muchas veces representan aquello que nos cuesta aceptar de nosotros mismos.

¿Por qué nos aterran tanto los personajes de ficción, pero nos cuesta tanto reconocer las similitudes con los personajes que nos encontrarnos en la vida real?

Basta mencionar la palabra política para descubrirlo.

Hay quienes hacen una mueca de disgusto, quienes cambian de conversación y quienes reaccionan como si acabaran de ver aparecer a Michael Myers frente a sus ojos. Si dices que te dedicas a la política, algunas personas te miran con desconfianza, como si acabaras de confesar que trabajas en una casa embrujada.

La política carga con sus propios fantasmas: la desconfianza, las traiciones, las luchas de poder, las promesas incumplidas y el temor a ser utilizado, para muchos, involucrarse en ella es entrar en un terreno donde nunca se sabe quién está de tu lado y quién espera el momento oportuno para darte la apuñalada por la espalda.

Pero ¿la política realmente es una película de terror o somos nosotros quienesterminamos convirtiéndola en una?

En las películas de terror, Michael Myers y Jason Voorhees representan una amenaza persistente, no importa cuánto corran sus víctimas ni dónde intenten esconderse, siempre existe la sensación de que volverán a encontrarlas. No hay refugio, no hay descanso y, aparentemente, tampoco hay escapatoria.

En política, ese miedo puede adoptar otra forma.

Un comentario fuera de contexto, una reunión a la que no te invitan, un mensaje que no recibe respuesta o una decisión que desconoces pueden convertirse en motivos para sentirte amenazado y cualquier palabra parece tener un doble sentido, cada movimiento se interpreta como una posible persecución, empiezas a preguntarte quién habla de ti, quién te está observando, quién quiere ocupar tu lugar y quién podría estar preparando tu salida, y así, sin necesidad de una máscara blanca ni de una motosierra, aparece el monstruo más agotador de todos: la sospecha permanente.

Lo peligroso es que, cuando vivimos esperando un ataque, podemos terminar viendo enemigos incluso donde solo hay incertidumbre; en política, como en el cine, el miedo a la persecución puede hacer que olvidemos distinguir entre una amenaza real y una historia que construimos en nuestra mente.

Y en nuestra mente, es justo donde entran otros personajes.

Freddy Krueger no necesita encontrarte despierto; le basta con entrar en tus sueños. Pennywise, por su parte, utiliza los temores de sus víctimas para convertirlos en armas.

¿Y si algunos de nuestros mayores miedos políticos funcionaran de la misma manera?

A veces, ni siquiera hace falta que alguien te ataque directamente, basta con que te repitan que no eres suficiente, que no tienes posibilidades, que nadie te conoce, que no estás preparado o que jamás conseguirás ese puesto al que aspiras y poco a poco, esas palabras comienzan a instalarse en tu cabeza.

Lo que al principio parecía una opinión ajena termina convirtiéndose en una duda propia, dejas de preguntarte si puedes lograrlo y empiezas a buscar razones para convencerte de que no podrás;te comparas, sobrepiensas, anticipas el fracaso y terminas saboteándote antes de que alguien más tenga la oportunidad de hacerlo.

Ese es uno de los efectos más inquietantes del miedo: no siempre necesita derrotarte; a veces consigue que tú mismo renuncies antes de intentarlo.

En política, donde las aspiraciones, la competencia y el reconocimiento suelen estar en juego, aprender a distinguir entre una crítica útil y una estrategia de intimidación puede marcar una diferencia enorme, porque una cosa es que alguien cuestione tus capacidades y otra muy distinta es que termines creyendo que no tienes ninguna.

Jugar con nuestros miedos es una de las armas más usadas en política y muchos personajes con su inteligencia saben hacerlo muy bien.

Hannibal Lecter es brillante, observador y extraordinariamente hábil para identificar las vulnerabilidades de quienes lo rodean. Jigsaw diseña pruebas extremas en las que sus víctimas se ven obligadas a tomar decisiones bajo presión.

Ambos personajes nos recuerdan que: conocer el comportamiento humano puede ser una herramienta para comprender a los demás, pero también puede utilizarse para manipularlos.

En política, conocer las fortalezas, las debilidades, las aspiraciones y los temores de las personas es parte del análisis y de la negociación, el problema aparece cuando ese conocimiento deja de utilizarse para construir acuerdos y comienza a servir para controlar, intimidar o someter.

Hay relaciones políticas en las que una persona conoce tan bien las inseguridades de otra que sabe exactamente qué decir para hacerla dudar, qué prometer para mantenerla cerca o qué silencio utilizar para hacerla sentir excluida y la inteligencia deja de ser una herramienta para resolver problemas y se convierte en un instrumento de presión.

En política, leer a los demás es una capacidad fundamental, el punto es que hacemos con lo que sabemos: ¿lo utilizamos para construir acuerdos o para convertir las vulnerabilidades ajenas en nuestras ventajas?

Porque no toda persona que conoce tus debilidades quiere ayudarte a superarlas.

Pero no todos los monstruos nacen siendo monstruos.

Carrie White es una adolescente sometida al rechazo, la humillación y el acoso. Frankenstein, por su parte, es un ser que busca comprender su existencia y encontrar aceptación en un mundo que lo juzga por su apariencia y lo excluye antes de conocerlo.

Sus historias son distintas, pero comparten una situación: ¿qué sucede cuando alguien es rechazado una y otra vez hasta que el dolor y el resentimiento terminan dominando su historia?

En política también existen personas que son ignoradas, ridiculizadas, aisladas o excluidas sistemáticamente, personas a las que no se les permite participar, cuyas opiniones se descalifican antes de escucharlas y cuyas aspiraciones se convierten en motivo de burla.

A veces, quienes tienen poder creen que minimizar a alguien es una forma de neutralizarlo, lo hacen a un lado, le cierran puertas y le recuerdan constantemente que no pertenece a ese lugar.

Pero el rechazo no siempre produce silencio, en ocasiones, acumula frustración, alimenta resentimientos y rompe vínculos que pudieron haberse construido de otra manera.Esto no significa que la exclusión justifique la violencia ni que toda persona rechazada termine actuando de forma destructiva, significa que los entornos que humillan, silencian y marginan pueden generar conflictos que después parecen surgir de la nada.

Y es cuando vale la pena preguntarnos: ¿cuántas veces hemos contribuido a crear un conflicto que después condenamos?, ¿cuántas veces hemos empujado a alguien al límite para sorprendernos cuando decide enfrentarnos?

El verdadero horror no consista únicamente en encontrarnos con un monstruo, sino en descubrir que participamos en las condiciones que ayudaron a crearlo.

El verdadero terror no siempre lleva una máscara

Los personajes más poderosos del cine de terror no nos asustan solamente por su apariencia o por la violencia que ejercen, nos inquietan porque representan temores profundamente humanos: perder el control, ser rechazados, sufrir una traición o descubrir que aquello que parecía inofensivo escondía algo que nunca imaginamos.

Y la política tampoco está exenta de esos temores.

Cada campaña, cada elección, cada negociación y cada lucha por un espacio de poder pueden sacar lo mejor o lo peor de nosotros, pueden enseñarnos a dialogar, a construir acuerdos y a defender nuestras convicciones, pero también pueden despertar inseguridades, rivalidades, obsesiones y deseos de demostrar que somos superiores a los demás.

Por lo regular el miedo nos vuelve desconfiados, otras veces, la ambición nos hace justificar comportamientos que en cualquier otro contexto nos parecerían inaceptables, y también, el deseo de pertenecer a un grupo es tan grande que terminamos tolerando aquello que antes criticábamos.

Lo más inquietante es que no siempre necesitamos a un villano que nos persiga, a veces somos nosotros quienes alimentamos nuestros propios temores, interpretamos cada desacuerdo como una amenaza y convertimos la incertidumbre en una historia de terror que se repite una y otra vez en nuestra cabeza.

Por eso, no se trata de quién interpreta al monstruo en esta película política, sino qué papel estamos dispuestos a desempeñar nosotros.

¿Somos quienes utilizan el miedo para controlar a los demás? ¿Quiénes se dejan paralizar por las dudas? ¿Quiénes excluyen a otros para conservar su lugar? ¿O quienes, aun con miedo, deciden participar sin renunciar a sus principios?

Porque la política, como el cine de terror, está llena de personajes, máscaras, secretos y giros inesperados, pero existe una diferencia fundamental: en una película podemos apagar la pantalla cuando dejamos de soportar el miedo, pero en la vida pública, nuestras decisiones y nuestra indiferencia también tienen consecuencias.

El verdadero terror es descubrir que los monstruos no siempre viven en las películas, que algunas de las máscaras más difíciles de reconocer son las que usamos a diario y que, en ocasiones, el miedo más grande no es enfrentarnos a ellos, sino revelar en qué nos estamos convirtiendo nosotros.

Al final, la pregunta queda abierta: ¿la política es una película de terror o somos nosotros quienes, por miedo, ambición o necesidad de pertenecer, terminamos escribiendo el guion?

Porque en esta historia nadie tiene garantizado el papel de héroe o monstruo, y no todos los que sonríen son amigos, ni todos los que cuestionan son enemigos, el verdadero acto de valentía es tener el valor de mirarnos al espejo y reconocer qué parte del personaje bueno y del personaje malo también habita en nosotros.

 

 

 

 

 

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