Opinión
Todo comenzó en un teatro.
Pero quizá nunca se trató solamente del teatro.
Hace unos días asistí a El juego que todos jugamos, de Alejandro Jodorowsky. Al terminar conversé con algunos integrantes del elenco y les prometí escribir una referencia sobre la experiencia.
No imaginaba entonces que aquella promesa terminaría llevándome hasta Wilhelm Reich, Freud y Fromm.
Ahora comprendo por qué.
Porque mientras observaba a los personajes representar nuestros papeles, contradicciones y máscaras, apareció una pregunta:
¿cuánto de nuestra vida transcurre interpretando personajes que terminamos confundiendo con nosotros mismos?
La propia trayectoria oficial de la obra recuerda la profunda relación de Jodorowsky con el teatro experimental y señala su acercamiento en México a la psicoterapia junto a Erich Fromm. El Juego Que Todos Jugamos
Tal vez por eso aquella noche no pude quedarme solamente con el escenario.
Pensé en nosotros.
Nuestra época necesita etiquetas
Mire cualquier discusión política contemporánea.
Con frecuencia, antes de escuchar lo que alguien piensa queremos saber de qué lado está.
Derecha.
Izquierda.
Conservador.
Progresista.
Gobierno.
Oposición.
Una vez colocada la etiqueta parece que ya no necesitamos escuchar.
Creemos conocer al otro.
Y quizá ahí comienza uno de nuestros mayores problemas.
Porque ninguna persona cabe completamente dentro de una etiqueta.
Somos contradictorios.
Podemos ser progresistas en unas cuestiones y conservadores en otras.
Podemos apoyar una política pública y cuestionar otra proveniente del mismo gobierno.
Podemos reconocer un acierto en alguien con quien normalmente discrepamos.
Eso debería ser normal.
Sin embargo, la polarización convierte esos matices en sospechosos.
Parece exigirnos fidelidad.
El pequeño hombre necesita tener razón
Regresemos a Reich.
El pequeño hombre encuentra seguridad cuando el mundo puede dividirse con facilidad.
Nosotros.
Ellos.
Buenos.
Malos.
Víctimas.
Culpables.
Pero la realidad humana rara vez funciona así.
Y precisamente por eso pensar requiere esfuerzo.
Pensar significa soportar contradicciones.
Significa poder reconocer que una persona con quien discrepamos puede tener razón en algo.
Y, todavía más difícil, reconocer que alguien a quien admiramos puede equivocarse.
Eso requiere una identidad suficientemente sólida para no derrumbarse ante una discrepancia.
Las redes hicieron visible el escenario
Existe ahora un teatro inmenso que nunca cierra.
Las redes sociales.
Allí todos representamos.
Mostramos.
Reaccionamos.
Aplaudimos.
Condenamos.
Nos agrupamos.
Y frecuentemente somos recompensados no por pensar mejor, sino por reaccionar más rápido.
La indignación encuentra audiencia.
La certeza encuentra seguidores.
La humillación del adversario consigue aplausos.
El matiz, en cambio, necesita tiempo.
Quizá por eso resulta tan difícil escucharnos.
Porque escuchar exige algo que nuestra época parece concedernos cada vez menos:
detenernos antes de responder.
México no necesita que todos pensemos igual
Necesita algo mucho más difícil.
Que podamos pensar diferente sin destruirnos.
Que podamos cuestionar al gobierno sin convertir automáticamente todo lo que hace en algo condenable.
Que podamos reconocer una política que consideremos acertada sin entregar por ello nuestra capacidad crítica.
Que podamos escuchar a la oposición sin asumir que toda crítica nace necesariamente de mala fe.
Y que podamos exigir a cualquier actor político argumentos, información y rendición de cuentas independientemente de nuestras simpatías.
Eso no es neutralidad indiferente.
Es ciudadanía.
Porque una democracia no se fortalece cuando desaparece el desacuerdo.
Se fortalece cuando aprendemos a habitar el desacuerdo sin deshumanizar al otro.
Tal vez seguimos dentro de la obra
Aquella noche los actores terminaron su representación.
Hubo aplausos.
Se encendieron las luces.
Salimos del teatro.
Pero ahora pienso que quizá la obra no había terminado.
Nosotros continuamos representándola.
Cada vez que repetimos algo sin preguntarnos si es verdadero.
Cada vez que defendemos en los nuestros aquello que condenamos en los otros.
Cada vez que una etiqueta sustituye a una persona.
Cada vez que entregamos nuestra voz para sentirnos protegidos por una multitud.
Ahí reaparece el pequeño hombre.
Pero también existe otra posibilidad.
Podemos detenernos.
Podemos abandonar por un instante el personaje.
Podemos recuperar nuestra voz.
Podemos decir:
no necesito dejar de pertenecer para poder pensar.
Y quizá ése sea uno de los actos políticos más profundamente humanos de nuestro tiempo.
No gritar más fuerte.
No conseguir que todos piensen como nosotros.
No derrotar al diferente.
Sino conservar, incluso en medio de la multitud, la capacidad de preguntarnos:
¿Esto que estoy diciendo realmente lo pienso yo?
Porque tal vez el juego que todos jugamos sólo comienza a cambiar cuando dejamos de preocuparnos exclusivamente por el personaje que representa el otro...
y tenemos el valor de mirar el nuestro.