'Será muy social pero no muy seguro'

Lo dije o lo pensé

En la película Entrega inmediata, Cantinflas enumeraba las cuotas que debía pagar y, al mencionar al Seguro Social, dijo algo que se me quedó muy grabado desde la infancia:“Será muy social, pero no es muy seguro”. Más allá del juego de palabras, la frase planteaba la reflexión,¿de qué sirve estar asegurado si no se tiene la certeza de recibir atención cuando hace falta? Pagar una cuota debería significar algo más que obtener un número de afiliación. Debería garantizar una consulta oportuna, medicamentos disponibles y un tratamiento que no dependa de cuánto pueda aguantar el enfermo. Lo preocupante no es que Cantinflas hiciera aquel chiste en 1963, sino que todavía en 2026tenemos ese mismo problema de salud pública.

Durante seis años nos pasamos escuchando que el sistema de salud mexicano sería como el de Dinamarca. No parecido, ni en vías de serlo, escuchamos que sería igual o mejor. Y como en nuestra política las promesas suelen cumplirse por decreto antes que en la calle, Andrés Manuel López Obrador se fue de Palacio Nacional asegurando que ya habíamos superado al país nórdico. Quienes escucharon la noticia formados de madrugada afuera de una clínica para alcanzar ficha seguramente no supieron si reír o llorar.

Porque basta cruzar la puerta de los hospitales del IMSS para comprobar que Copenhague está a años luz. Lo cotidiano son los pasillos saturados, las citas con el especialista después de medio año y las recetas surtidas a medias. La paciencia se vuelve parte del tratamiento,y no por culpa de médicos, enfermeras o camilleros (que bastante hacen con lo poco que tienen), sino de un aparato que les carga cada vez más enfermos sin brindarles lomínimo necesario para atenderlos.

Y es que el derechohabiente no va al Seguro Social a pedir un favor. Buena parte del financiamiento del instituto proviene de trabajadores y patrones a los que nadie les pregunta si gustan cooperar.Cada quincena la cuota se descuenta religiosamente de la nómina y cada mes las empresas pagan lo suyo. Para cobrar, el Estado tiene es sumamente eficiente pero, para devolver ese dinero en salud,es todo lo contrario. Hoy, haber cotizado puntualmente durante décadas no le garantiza a nadie una cama a tiempo.

El problema es que la enfermedad no entiende burocracia ni de política. Un bache en la carretera puede esperar meses y un trámite atorado en ventanilla rara vez mata a alguien, pero un tumor sin diagnóstico oportuno avanza letalmente y un quirófano cerrado cobra vidas.

Por supuesto que este deterioro no empezó en 2018. El IMSS arrastra desde hace décadas un déficit crónico y una población de afiliados que hace mucho rebasó su capacidad. Pero recordar el pasado no absuelve a quienes llegaron al poder prometiendo solucionar todo. Aquí se creyó que bastaba con decretarlo de Dinamarca en la mañanera como si fuera una especie de amuleto o mantra. El error no fue aspirar a la excelencia, sino creer que declararla desde una tribuna equivalía a construirla.

Hoy esa herencia pesa sobre los hombros de Claudia Sheinbaum. Tras ocho años de su movimiento al frente del gobierno federal, el recurso de culpar al pasado ya se agotó. La ciudadanía tiene todo el derecho de exigir resultados concretos en lugar de más excusas. Si la transformación de la salud sigue empantanada, lo mínimo es admitirlo y hacerle frente para sacarla adelante.

Cada falla del IMSS deja en evidencia la desigualdad en las clases sociales. Aquí en México, quien tiene recursosrecurre al sector privado. Los demás no tienen de otra más que aguantar. Qué paradoja que una institución nacida para igualar derechos termine marcando con tanta crudeza quién tiene dinero para curarse y quién no.

Señalar esto no es atacar al IMSS ni ignorar que, pese a todo, millones de mexicanos salvan la vida a diario en sus instalaciones. Al contrario, justamente porque es indispensable para el país, no podemos resignarnos a que funcione por inercia.

Al final, lo más agraviante de la fantasía danesa no fue la comparación, sino dar por resuelto un problema que la gente sigue sufriendo en carne propia. Nuestros gobernantes pueden seguir hablando de sistemas de primer mundo, pero la exigencia en la calle es una cita pronta, el tratamiento completo y atención antes de que sea demasiado tarde.

 

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