II. El pequeño hombre frente al poder

En la columna anterior propuse algo incómodo: no utilizar al “pequeño hombre” de Wilhelm Reich como insulto para describir a quienes piensan diferente.
Intentemos ahora dar un paso más.

¿Qué sucede cuando ese ser humano se encuentra frente al poder?

Para comprenderlo vale la pena sentar alrededor de una misma mesa imaginaria a tres autores del siglo XX:

Wilhelm Reich, Sigmund Freud y Erich Fromm.

Sus teorías no son equivalentes y existen diferencias importantes entre ellos.

Pero los tres plantearon, desde caminos diferentes, una pregunta que conserva una enorme actualidad:

¿por qué el ser humano puede participar voluntariamente en aquello que termina limitando su propia libertad?

Cuando el individuo se convierte en masa

En 1921 Freud publicó Psicología de las masas y análisis del yo.

Una de sus aportaciones fue mostrar que no podemos separar completamente la psicología individual de la social: desde el comienzo, nuestra vida psíquica está atravesada por otros. Freud estudió también la identificación y el lugar del líder dentro de la formación de los grupos. Freud Museum London

Esto nos permite comprender algo que hoy vemos cotidianamente.

No pertenecemos solamente mediante ideas.

Pertenecemos afectivamente.

Una bandera no es solamente tela.

Un partido no es solamente un programa.

Un movimiento no es únicamente un conjunto de propuestas.

Pueden convertirse en lugares de identidad.

Y entonces una crítica dirigida al grupo puede comenzar a sentirse como una crítica dirigida contra nosotros mismos.

Ahí la discusión racional se vuelve extraordinariamente difícil.

Porque ya no estamos defendiendo una idea.

Estamos defendiendo nuestra pertenencia.

El miedo a ser libres

Dos décadas después, Erich Fromm formularía otra pregunta inquietante.

¿Por qué alguien querría escapar de la libertad?

Porque la libertad también puede producir inseguridad, aislamiento e impotencia. Fromm estudió precisamente mecanismos mediante los cuales una persona puede renunciar a parte de su independencia buscando fundirse con un poder exterior o adaptándose hasta convertirse en una especie de autómata social. Panarchy

Y entonces podemos comprender mejor una aparente contradicción.

Una persona puede exigir libertad y simultáneamente desear que alguien le diga qué pensar.

Puede desconfiar del poder mientras busca una figura poderosa.

Puede denunciar el autoritarismo del adversario mientras justifica comportamientos semejantes cuando provienen de su propio grupo.

No necesariamente porque sea ignorante.

Sino porque pertenecer proporciona seguridad.

El poder necesita seguidores

Cuando hablamos de política solemos concentrarnos en quienes gobiernan.

Quizá deberíamos observar también a quienes siguen.

Ningún liderazgo existe en el vacío.

Necesita miradas que lo reconozcan.

Voces que lo reproduzcan.

Personas que lo defiendan.
Relatos que expliquen por qué sus contradicciones son aceptables.
Esto no pertenece a una ideología particular.
Puede ocurrir en la izquierda.
Puede ocurrir en la derecha.
Puede ocurrir en movimientos progresistas o conservadores.
Puede ocurrir dentro de gobiernos, oposiciones, universidades, iglesias, empresas e incluso familias.
Por eso reducir este fenómeno a un partido sería desperdiciar la pregunta.
La cuestión verdaderamente importante no es:
¿qué hacen ellos?
Sino:
¿qué hacemos nosotros cuando sentimos que pertenecemos a ellos?
Cuando dejamos de discutir ideas
Hay una señal particularmente preocupante.
Ocurre cuando desaparecen los argumentos y aparecen las identidades.
Ya no decimos:
“Estoy en desacuerdo con esta propuesta.”
Decimos:
“Eres uno de ellos.”
En ese instante, el adversario deja de ser una persona con una idea diferente y comienza a convertirse en una categoría.
Y cuando convertimos seres humanos en categorías resulta mucho más sencillo despreciarlos.
La política entonces deja de ser deliberación.
Se transforma en pertenencia.
Y finalmente en confrontación.
La democracia también ocurre dentro de nosotros
Quizá hemos pensado demasiado la democracia como un conjunto de instituciones y demasiado poco como una disposición psicológica.
Una democracia necesita elecciones, leyes, contrapesos e instituciones.
Pero también necesita ciudadanos capaces de soportar algo extraordinariamente difícil:
que otro piense distinto sin convertirse por ello en enemigo.
Necesitamos tolerar la diferencia.
Aceptar la crítica.
Revisar nuestras certezas.
Reconocer errores.
Y conservar la capacidad de cuestionar incluso a aquellos con quienes simpatizamos.
Porque quizá una de las formas más silenciosas de autoritarismo aparece cuando dejamos de exigir explicaciones a quienes consideramos nuestros.
Entonces Reich vuelve a tocar la puerta.
Y nos obliga a formular una pregunta que no resulta cómoda para ningún grupo político:
¿Sigo pensando cuando los míos piensan por mí?

OTRAS NOTAS