Y el Nobel de Economía de 2026 fue para jóvenes de 83 y 71

Acaba de terminar la temporada de los anuncios de los Nobel 2026, y siendo ésta una columna de Behavioral Economics, no pude resistir la tentación de platicar sobre el de Economía compartido por Robert Hall, de la Universidad de Stanford y nacido en 1943, y Michael Woodford, de Columbia y nacido en 1955. Los albaceas de Alfred Nobel los presentaron como autores de “nuevos modelos macroeconómicos que han mejorado las capacidades de los gobiernos para mantener bajo control las tres variables macroeconómicas principales: el crecimiento de la economía, el desempleo, y la inflación”.

Modelos macroeconómicos. Mi definición favorita de la Economía es el análisis de nuestro comportamiento cotidiano. Tradicionalmente la dividimos en dos: Microeconomía y Macroeconomía. Como su nombre lo sugiere, la primera trata de explicar nuestro comportamiento individual, y Macroeconomía cómo nos comportamos cuando estamos juntos. Porque las sociedades son conjuntos de individuos, los economistas tenemos fe en que la Micro y la Macro de alguna manera son lo mismo. Así, el reto es “dar bases micro a la Macro”: obtener un solo comportamiento social a partir de varios individuales. Sin embargo, este problema dista de estar cerrado, y no por falta de esfuerzos: ha resultado más difícil de lo que esperábamos al inicio, en los 1970s, cuando Hall iniciaba su carrera de investigador.

Macros Clásica y Keynesiana. El pensamiento económico moderno nació hace 250 años, en 1776, con Adam Smith. Exagerando un poco, Smith creía que las economías podían funcionar bien dejando que las empresas y la gente interactuaran solos, con gobiernos pequeños. Esta fue la Economía Clásica (la palabra “macroeconomía” llegó hasta los 1930s). A fines de los 1920s, casi 150 años más tarde, empresarios y consumidores insuficientemente supervisados por el gobierno cayeron en una depresión económica tan profunda, que Maynard Keynes propuso que los gobiernos bajaran las tasas de interés (política monetaria) y gastaran más (política fiscal) para salir del hoyo, naciendo así la Macro Keynesiana (y el término “macroeconomía”).

La prescripción de Keynes empezó funcionando bien, pero terminó mal: para los 1970s los gobiernos habían abusado tanto de sus herramientas de política económica, que terminamos con desempleo e inflación y, todavía peor, con gobiernos gigantes. Entonces, en los 1980s, los economistas, divididos en dos grupos, volvimos a recomendar gobiernos chicos y responsables: “Neoliberales”. Importantemente, tanto los Clásicos como los Keynesianos eran 99% intuición económica y 1% rigor matemático. Además, el Neoliberalismo era más que económico: también era político.   

Nuevas Macros. Además de pedir gobiernos chicos y responsables, los dos grupos de economistas mencionados en el párrafo anterior aprovecharon para empezar a tratar de dar bases micro sólidas a la Macro. Resultó que un mayor rigor preservaba mejor la gran intuición a Smith, pero a costa de sacrificar al no menos intuitivo Keynes. Así, un balance entre rigor e intuición se movió al centro del debate. Los Neoclásicos, asociados a la Escuela de Economía de Chicago, apostaron por el rigor y las ideas de Smith, mientras que los Neokeynesianos aceptaron sacrificar rigor a cambio de mantener a salvo lo mejor de la intuición de Keynes. Por supuesto, esta distinción es una cuestión de opinión: ¿Cómo distinguir a un Neoclásico moderado de un Neokeynesiano también moderado? Lo cierto es que esto marcó el inicio en los 1990s de acalorados debates académicos. Mientras tanto afuera de las universidades, en el mundo real, el Neoliberalismo no dejaba de avanzar.

¿Y Hall y Woodford? Los primeros trabajos del primero son de fines de los 1970s y los de Woodford de principios de los 1990s. Ambos son generalmente considerados Neokeynesianos, y como lo confirmó el último Nobel de Economía, de la mejor cepa. Explicar el Keynesianismo va más allá de los alcances de este artículo, y nos limitaremos a decir que la idea básica de los nuevos Nobelistas era que porque no era fácil engañar por siempre a la gente, como en cierta forma ocurrió durante los años dorados del Keynesianismo, si los gobiernos comunicaran públicamente sus planes con claridad, tanto la política monetaria como la fiscal podrían ser útiles. 

2007: si no es ni Clásica ni Keynesiana, ¿Cómo es la economía? Como en los 1920s, en los 2000s, en parte debido al Neoliberalismo, el mundo sufrió otro descalabro económico severo, en cuyo corazón estuvieron abusos de los bancos (lo llamamos la “Crisis Financiera de 2007”). Entonces los economistas escribimos una “carta a Santa Clos” pidiéndole nos enseñara a incorporar bancos en nuestros modelos. Veinte años más tarde seguimos esperando una respuesta: “matematizar” los bancos sigue siendo una pesadilla de la cual todavía no alcanzamos a vislumbrar cuándo podríamos despertar.

Jóvenes de 83 y 71. A los trabajos de Hall y Woodford, que hoy tienen 45 y 30 años respectivamente, la fundación Nobel los llamó “nuevos modelos”. Para estándares académicos, estoy de acuerdo en que todavía son “jovenes”. ¿Pero por qué hoy? Los motivos oficiales permanecerán secretos por medio siglo. Mientras tanto, sólo podemos especular. 

¿Por qué hoy? Para explicar la decisión de este año de la fundación Nobel, apostamos al descontento popular contra los excesos del Neoliberalismo, incluyendo una cercanía empresarios-gobiernos peligrosa y una desigualdad socioeconómica significativa. Creemos que este descontento explica, a su vez, los regresos de los populismos y los debilitamientos de las democracias en no pocas partes del mundo, México y EUA incluidos. Así, veo al Nobel de Economía 2026 como un llamado a la moderación: sí, el Neoliberalismo se ha equivocado, pero Hall y Woodford nos han enseñado que gobiernos grandes e irresponsables también son peligrosos. ¿Cuál es el tamaño óptimo? Ni siquiera sabemos si existe. Sin embargo, ¡Seguimos buscando!

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