Construirse candidato

Todos saben o creemos que Omar García Harfuch es el candidato presidencial de Claudia Sheinbaum para 2030. La presidenta lo niega con sonrisa burocrática, ante el destape que hiciera Manuel Velasco, ella dijo que es “mucha grilla”, que el asunto “está muy lejos” y que su secretario de Seguridad debe concentrarse en su encargo. García Harfuch ha dicho que buscar la Presidencia hoy sería “irresponsable”.

En política las negaciones rara vez cierran las conversaciones, casi siempre las abren. Desde principios de este sexenio ese ha sido uno de los centros de la conversación. En las mediciones disponibles para una eventual contienda interna de Morena, García Harfuch encabeza las preferencias con claridad. CRIPESO le atribuye 32.14 por ciento, por encima de Marcelo Ebrard; otras encuestadoras lo colocan incluso por encima de 40 por ciento.

No todo está planchado, es un error leer su posible candidatura con los lentes de 2023. Entonces, García Harfuch lideraba las preferencias para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México y fue apartado para imponer a Clara Brugada; muchos dicen que fue instrucción de López Obrador, el puntero derrotado por la voluntad del fundador. Sin embargo, 2030 no será una repetición automática de aquel episodio.

En 2023, López Obrador tenía el control absoluto. En 2030, la presidenta en funciones será Claudia Sheinbaum. En un país presidencialista, esa diferencia pesa. Sheinbaum controla la agenda de gobierno, tiene en García Harfuch a uno de sus funcionarios más visibles y necesita, para su propia continuidad, un sucesor competitivo que pueda sostener el proyecto.

Es obvio que López Obrador no ha sacado la mano del todo del tablero. Sigue teniendo autoridad moral, una red de fanáticos memoriosos que se extiende a lo largo del territorio, en donde su capacidad de veto influye. No es que López Obrador ya no importa, es que ya no decide solo. La sucesión de Morena se ha convertido en una pugna entre dos legitimidades: la institucional, encarnada por la presidenta, y la fundacional, sostenida por el expresidente y la vieja guardia del movimiento.

Aquí está el nudo del asunto, García Harfuch no es una criatura de las corcholatas, es la figura que Morena no fabricó. Se afilió al partido hasta septiembre de 2023; no proviene de la militancia histórica, no construyó su carrera en asambleas, delegaciones ni estructuras partidistas, y su identificación con la Cuarta Transformación pasa, sobre todo, por Sheinbaum y por su desempeño al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección
Frente a él, las viejas figuras han perdido centralidad. Ebrard aparece lejos en las encuestas; Fernández Noroña conserva micrófono, pero sólo por sus escándalos; Adán Augusto López y Ricardo Monreal ya no son los nombres que aglutinan la conversación. La evidencia periodística propone otros nombres como Ariadna Montiel, Luisa María Alcalde o Clara Brugada, ninguno de ellos tiene la relevancia del secretario de Seguridad.

Por eso Harfuch incomoda: representa una forma distinta de hacer política. No llegó por lealtad militante, ni por alianzas interesadas, ni por la bendición del tlatoani. Llegó por resultados, exposición pública y confianza presidencial. En un partido que ha vivido durante años de la política de las lealtades, eso es una herejía.

El principal obstáculo para García Harfuch no estará en las encuestas, sino en el ala radical de Morena. Para ese sector, el secretario es un problema de origen: un expolicía federal formado durante gobiernos del PRI y del PAN, llegado tarde al partido y demasiado cómodo en la fotografía institucional. No lo ven como uno de los suyos, por tanto le niegan la posibilidad de representarlos.

Las críticas de los duros no se basan en los resultados, sino en los viejos esquemas de selección: lealtad, pertenencia, cercanía con el fundador, pureza militante. En el círculo duro del régimen se le describe incluso como un funcionario eficaz y correcto, al tiempo que se le reprocha exhibirse como aliado cercano de Estados Unidos mientras la presidenta habla de soberanía, y se pregunta, venenosamente, si trabaja para México o para Donald Trump.

los duros no discuten cifras, ni estrategia, ni capacidad de gestión: critican pertenencia. García Harfuch puede reducir homicidios, desmantelar estructuras criminales y sostener una coordinación internacional; para el ala radical eso no bastará mientras no demuestre que es de la familia. La política de resultados choca, una vez más, con la política de la sangre simbólica.

Gerardo Fernández Noroña ha dado la pauta del discurso que viene. No niega que García Harfuch podría encabezar un proyecto ganador si mantiene su popularidad; lo que cuestiona es el trato, lloriquea porque dice que el secretario recibe una protección mediática y política que otros morenistas no tienen, y que los elogios de Sheinbaum funcionan como un “banderazo de salida” hacia la sucesión.  Aquí hay una clave a considerar, sobre el futuro de García Harfuch, su mayor riesgo no será el crimen organizado, ni la oposición, ni siquiera la prensa crítica. Será el fuego amigo.

Su capital político depende de una sola cosa: que la seguridad mejore, o al menos que la ciudadanía perciba que mejora. Cada masacre, cada ejecución, cada escándalo de corrupción policial o cada operación fallida será leída, dentro de Morena, no como un problema de gobierno, sino como una prueba de que el secretario no es confiable.

Los grupos internos que se le oponen no necesitan demostrar que él es incompetente; les basta con amplificar cada tropiezo, filtrar cada contradicción y convertir cada crisis en un relato de deslealtad. Si el secretario falla, no fracasará solo: fracasará, según sus adversarios, porque “nunca fue de los nuestros”. Si acierta, le atribuirán el mérito a la presidenta, al gabinete o a la estructura. Esa es la mecánica de la política interna: el enemigo externo golpea, pero el interno decide quién sobrevive.

La posible candidatura de García Harfuch es una pelea por el método. Morena tendrá que decidir si en 2030 elige como en 2024, por lealtad, alianzas y la voluntad del fundador, o si acepta que el futuro se mida por resultados, presencia pública y confianza ciudadana.

García Harfuch todavía no es el candidato, pero ya es la vara con la que Morena tendrá que medir su futuro. La pelea de fondo es por el método: si en 2030 el partido elige como en 2024, por lealtad, pertenencia y voluntad del fundador, o si acepta que el aspirante se mida por resultados, presencia pública y confianza ciudadana. Mientras el ala dura siga leyendo el mérito como sospecha, el secretario librará dos batallas a la vez: una contra el crimen y otra contra los duros.

Ahí es donde está su mayor riesgo. No vendrá de la oposición ni de la prensa crítica, sino del fuego amigo: cada tropiezo será amplificado como prueba de que “nunca fue de los nuestros”, y cada acierto será atribuido a la presidenta o a la estructura. Pero su candidatura se construye en sentido contrario: cuantos más resultados acumule, menos dependerá del favor de arriba y más del reconocimiento de la gente. Puede ser la demostración de que en la 4T todavía se asciende por mérito, o el ejemplo de que, sin la bendición de la vieja guardia, hasta el más eficaz termina como enemigo interno.

Coda. La presidenta dice que es mucha grilla. García Harfuch dice que sería irresponsable. Todos niegan, mientras tanto el único que no deja de moverse es él. En política, lo que no se dice suele ser lo único que se hace.

@edilbertoaldan

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