Uno de los problemas que enfrenta la escuela desde hace algunos años es el uso de las herramientas tecnológicas para el aprendizaje. No se puede negar su existencia ni desconocer sus beneficios. Sin embargo, tampoco podemos ignorar las consecuencias de utilizarlas sin desarrollar el razonamiento y el juicio propio.
Este debate no es nuevo. Desde la aparición de las calculadoras, la escuela se enfrentó al dilema de permitir o prohibir su uso en el aula. Durante mucho tiempo estuvieron prohibidas porque se consideraba que podían afectar la capacidad de los alumnos para realizar operaciones aritméticas mentalmente.
La preocupación por la pérdida de atención, memoria y habilidades de razonamiento, por tanto, no surgió con la inteligencia artificial. Lo que ha cambiado es la capacidad de las nuevas herramientas para realizar tareas que antes exigían un esfuerzo intelectual mucho mayor.
El reto no es ignorar la tecnología, sino incorporarla al aprendizaje para generar razonamientos y juicios que permitan resolver problemas complejos.
Una calculadora puede resolver una operación en segundos, pero el alumno debe comprender qué operación necesita realizar, por qué debe utilizarla y cómo interpretar el resultado. Con la inteligencia artificial sucede algo semejante, aunque sus posibilidades son mucho más amplias.
Hoy se habla con frecuencia de “áreas de oportunidad” en lugar de problemas. Este cambio de lenguaje merece atención. Un problema es, por definición, una situación compleja o de difícil resolución que requiere analizar sus distintas aristas, razonar y emitir juicios. Llamarlo área de oportunidad no elimina su complejidad ni la necesidad de enfrentarlo.
Por eso, no podemos entregar a la inteligencia artificial todo el análisis de los problemas, por más seductora que resulte la idea de ahorrar tiempo y creer que sus respuestas incrementarán automáticamente nuestras facultades de razonamiento y, por tanto, nuestra productividad.
Un alumno puede pedirle a la IA que analice un texto, identifique sus argumentos y elabore una conclusión. Seguramente obtendrá una respuesta en segundos. Pero ¿qué aprendió si no leyó el texto, no identificó sus contradicciones y tampoco construyó una opinión propia?
La rapidez con la que obtiene una respuesta no significa necesariamente que haya desarrollado su capacidad para pensar.
Este dilema no se limita a la escuela. También se presenta en los distintos sectores productivos, donde la inteligencia artificial resulta especialmente atractiva por la posibilidad de aumentar la productividad.
Sin embargo, cuando las personas delegan el análisis en la IA, corren el riesgo de perder de vista distintos ángulos de un problema. Una respuesta puede parecer correcta y eficiente en el corto plazo, pero resultar insuficiente cuando se consideran sus consecuencias a mediano plazo.
Por ejemplo, una empresa puede utilizar inteligencia artificial para encontrar la manera más rápida de reducir sus costos. La herramienta podría recomendar disminuir personal o automatizar determinadas funciones. Pero una decisión de esa naturaleza requiere valorar también sus efectos sobre los trabajadores, la calidad del servicio y la estabilidad futura de la organización.
La velocidad de nuestros tiempos nos lleva a confundir productividad con eficacia. Resolver más rápido no significa necesariamente resolver mejor.
La ligereza con la que podemos dejar en manos de la IA decisiones complejas también puede fomentar la costumbre de evitar el esfuerzo de razonar, pensar y enfrentar distintos escenarios antes de tomar una decisión.
Por ello, cada individuo debería decidir qué aspectos de su pensamiento no está dispuesto a delegar. Es necesario identificar y seguir utilizando aquellas capacidades que nos permiten interpretar la realidad desde nuestra experiencia, nuestro conocimiento y nuestro contexto social.
Este desafío se vuelve todavía más importante porque vivimos en un mundo polarizado, donde con frecuencia se imponen ideas binarias.
Las posibilidades de encontrar coincidencias se difuminan ante el deseo de imponer una visión absoluta. Las redes sociales suelen impulsar una lógica de suma cero: todo o nada, estás conmigo o estás contra mí.
En ese ambiente, las explicaciones polarizantes desplazan la búsqueda de acuerdos. Se vuelve más importante defender una postura que comprender los argumentos de quienes piensan diferente.
El pensamiento crítico exige precisamente lo contrario: reconocer la complejidad de los problemas, considerar distintas perspectivas, identificar contradicciones y construir juicios razonados.
Si un alumno utiliza la inteligencia artificial para defender una postura sobre un problema social, no basta con que presente argumentos bien redactados. Debe ser capaz de explicar por qué está de acuerdo con ellos, reconocer sus limitaciones y responder a las objeciones de quienes sostienen una opinión diferente.
De lo contrario, la tecnología podría contribuir a reforzar ideas que el alumno no ha examinado por sí mismo.
No podemos permitir que los centros educativos ignoren el uso de la inteligencia artificial. Si la escuela simplemente la prohíbe, muchos alumnos buscarán los medios para utilizarla como un atajo en sus tareas escolares. La respuesta debe ser educativa, no solamente restrictiva.
La innovación ha sido uno de los motores del desarrollo de la humanidad. La adopción de la inteligencia artificial representa, sin duda, una oportunidad para que la escuela desarrolle talento y fortalezca las capacidades de sus alumnos.
Pero esa oportunidad no puede basarse en que el estudiante deje de realizar operaciones básicas de aritmética, abandone la escritura correcta, renuncie a analizar textos o pierda la capacidad de defender su punto de vista mediante argumentos razonados.
Tampoco puede sustituirse la experiencia y el contexto social del alumno por respuestas generadas automáticamente.
La escuela debe exigir que los estudiantes expliquen sus razonamientos, sustenten sus decisiones y participen activamente en el análisis de los problemas, incluso cuando utilicen inteligencia artificial para desarrollar sus trabajos.
El docente, por su parte, no puede convertirse en un simple intermediario entre el alumno y una herramienta tecnológica. Su responsabilidad es orientar, cuestionar, identificar errores y ayudar a que el estudiante construya criterios propios.
La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo, facilitar el acceso a la información y ayudar a explorar soluciones que antes resultaban difíciles de encontrar. Negar estas posibilidades sería desconocer el avance tecnológico.
Pero el tiempo que ahorramos no debería convertirse simplemente en una forma de evitar el esfuerzo intelectual.
No se trata de utilizar la IA para que los alumnos tengan más tiempo de recreo mientras una herramienta, con todos sus posibles sesgos y limitaciones, termina desempeñando las funciones de un docente sin ejercer el criterio que requiere la educación.
Se trata de utilizar ese tiempo para formular mejores preguntas, analizar diferentes escenarios, discutir argumentos y comprender las consecuencias de nuestras decisiones.
La escuela tiene ante sí una decisión importante: utilizar la inteligencia artificial solamente para hacer más rápidas las tareas o incorporarla para desarrollar personas capaces de pensar con mayor profundidad.
El verdadero desafío no es enseñar a los alumnos a obtener respuestas de la inteligencia artificial, sino formar personas capaces de cuestionarlas, comprenderlas y decidir cuándo aceptarlas y cuándo rechazarlas.