¿Quién está educando a nuestros hijos mientras creemos que solamente están entretenidos?
Un adolescente cierra la puerta de su habitación. Sus padres respiran tranquilos: está en casa. Pero en su pantalla puede estar recibiendo humillaciones, comparando su cuerpo con imágenes artificiales o encontrando contenidos que normalizan hacerse daño. La puerta está cerrada; la exposición sigue abierta.
Esta es una paradoja de nuestro tiempo, podemos saber dónde están nuestros hijos sin saber en qué mundo están viviendo.
Las redes sociales ofrecen conocimiento, comunicación y comunidades valiosas. Pero también pueden convertir la autoestima en un marcador público, cuántos seguidores tengo, cuántas personas reaccionaron, cuántas me ignoraron. Cuando la identidad todavía está formándose, ese juicio permanente puede pesar mucho.
La atención tiene dueño
El desplazamiento infinito nunca dice “es suficiente”. Las notificaciones llaman de regreso. Las recomendaciones ofrecen otro video, otra imagen, otra provocación. Son mecanismos que pueden favorecer el uso excesivo y desplazar el sueño, la actividad física y la convivencia. A ello se agregan el ciberacoso y la exposición a contenidos sobre autolesiones o trastornos alimentarios.
Cada minuto frente a la pantalla tiene un costo de oportunidad: una conversación que no ocurrió, una hora de descanso perdida, una experiencia que fue fotografiada, pero apenas vivida. La pregunta incómoda es cuánto espacio estamos dejando para crecer sin espectadores.
Las cifras detrás de la pantalla
El estudio internacional HBSC, difundido por la OMS en 2024, reunió información de casi 280 mil jóvenes de 11, 13 y 15 años en 44 países y regiones. El uso problemático de redes aumentó del 7% en 2018 al 11% en 2022. Entre las adolescentes alcanzó el 13%; entre los varones, el 9%. Hablamos de dificultades para controlar el uso y de consecuencias negativas en la vida cotidiana.
Un estudio longitudinal de JAMA Psychiatry, publicado en 2019 con 6,595 adolescentes estadounidenses, encontró una asociación entre mayor tiempo en redes y problemas emocionales posteriores, aun considerando antecedentes de salud mental. La advertencia sanitaria estadounidense señala que superar tres horas diarias se relaciona con aproximadamente el doble de riesgo de problemas de salud mental, incluidos síntomas de ansiedad y depresión. Estos hallazgos justifican prevención y vigilancia. La investigación sigue examinando cuánto influyen el contenido, el diseño de las plataformas y las condiciones personales. Mientras se esclarecen esas diferencias, resulta razonable reducir exposiciones dañinas y exigir entornos más seguros.
El mundo comienza a intervenir
Francia aprobó en 2023 una ley que contemplaba autorización parental para registrar a menores de 15 años. En 2026 intentó una prohibición más amplia, pero el Consejo Constitucional declaró inconstitucional esa restricción el 14 de agosto, por problemas de proporcionalidad y garantías de privacidad. Su experiencia muestra que una buena intención necesita una legislación bien construida.
Australia exige desde el 10 de diciembre de 2025 que determinadas plataformas adopten medidas razonables para impedir cuentas de menores de 16 años. Su regulador informó que, a mediados de ese diciembre, 4.7 millones de cuentas habían sido retiradas o restringidas. La cifra mide cuentas, no personas ni mejoras comprobadas en bienestar. El Reino Unido aplica desde julio de 2025 verificaciones eficaces de edad para proteger a menores de los contenidos más dañinos, junto con obligaciones contra recomendaciones peligrosas y acoso.
México: proteger también es gobernar
Según el INEGI, 21% de las personas usuarias de internet de 12 años o más sufrió ciberacoso en 2024. El dato incluye adolescentes y adultos, y revela la dimensión de un entorno donde la agresión puede perseguir a la víctima hasta su propia casa. México podría establecer un acceso gradual según la edad, con acompañamiento parental y verificación respetuosa de la privacidad; exigir cuentas privadas por defecto y limitar funciones que fomentan el uso compulsivo. Las plataformas deberían responder con rapidez ante denuncias y someter sus medidas de protección a evaluaciones independientes.
Las escuelas necesitan espacios sin teléfonos, excepciones justificadas, educación digital y apoyo psicológico. Las familias necesitan recuperar conversaciones y horarios de descanso, empezando por el ejemplo adulto. Una prohibición aislada difícilmente resolverá el problema. Hace falta una política que proteja, enseñe y mida resultados.
Si una plataforma conoce lo que atrae a nuestros hijos mejor que nosotros, ha llegado el momento de prestarles más atención.
La infancia dura pocos años. Ningún algoritmo debería quedarse con ellos.