Hagamos un experimento
Imagine por un momento que mañana Antonio Martín del Campo aparece como candidato de Morena y Nora Ruvalcaba como candidata del PAN.
Mismos nombres. Mismas trayectorias. Mismas personas.
Solamente cambiamos los colores.
¿Usted votaría igual?
No conteste demasiado rápido.
Porque probablemente esa pregunta dice mucho más de nuestra democracia que cientos de discursos sobre participación ciudadana.
En México nos gusta pensar que elegimos candidatos. Pero muchas veces también elegimos historias, identidades, símbolos, recuerdos familiares y colores que hemos aprendido a defender durante años.
Algo parecido sucede con el futbol.
Quien es del América difícilmente despierta un lunes siendo de las Chivas. Puede cambiar el entrenador, irse el delantero favorito, perder cinco partidos consecutivos y aun así ahí sigue.
Hay pertenencias que no necesitan demasiadas explicaciones.
La política también las construye.
Durante generaciones hubo familias priistas. Después las hubo panistas. Hoy existen familias morenistas y seguramente comienzan a existir hogares donde los jóvenes se identifican con Movimiento Ciudadano.
Eso, por sí mismo, no tiene nada de malo.
La identidad forma parte de la política.
El problema comienza cuando la identidad sustituye al pensamiento.
Porque existe una diferencia fundamental entre el futbol y la política: cuando escogemos un equipo decidimos quién queremos que gane el domingo; cuando escogemos gobernantes decidimos quién administrará recursos públicos, quién diseñará políticas de seguridad, quién decidirá sobre movilidad, servicios, infraestructura y muchas de las condiciones en las que vivirán nuestras familias.
Y ahí la camiseta debería pesar un poco menos.
Cuando aparecen los nombres
Una encuesta publicada por CE Research en agosto pasado permite hacer un ejercicio interesante.
No para saber quién ganará la gubernatura de Aguascalientes en 2027. Falta demasiado para eso y cualquier fotografía electoral debe entenderse precisamente como eso: una fotografía.
Pero los números sirven para formular una pregunta.
En aquella medición, cuando se preguntó por identificación partidista, Morena registró 41.2% y el PAN 34.3%.
Una diferencia de 6.9 puntos.
Además, 11.8% señaló que decide principalmente por el candidato.
Pero después aparecieron los nombres.
En uno de los escenarios medidos, Antonio Martín del Campo registró 42.2% frente a 35.3% de Nora Ruvalcaba.
Exactamente 6.9 puntos de diferencia, pero ahora en sentido contrario.
En otro escenario, Leonardo Montañez registró 40.4% frente a 31.4% de Nora Ruvalcaba.
Nueve puntos de diferencia.
Hay que ser rigurosos: esto no significa que podamos afirmar que determinadas personas cambiaron de partido cuando aparecieron los candidatos. Son preguntas distintas y metodológicamente sería incorrecto concluirlo.
La encuesta fue realizada mediante 400 entrevistas telefónicas automatizadas y reportó un margen de error de ±4.9%.
Tampoco sabemos quiénes serán finalmente los candidatos.
Faltan decisiones partidistas, campañas, propuestas, debates y acontecimientos que seguramente modificarán el escenario.
Pero el contraste deja sobre la mesa algo mucho más interesante que una carrera de caballos electoral:
¿qué estamos votando realmente cuando votamos?
El peligro del cheque en blanco
Hay personas que votan por ideología.
Otras por resultados.
Algunas conocen personalmente la trayectoria del candidato.
Otras votan para castigar a quien gobierna.
Unas buscan continuidad y otras quieren cambio.
Y también existe quien entra a la casilla pensando simplemente:
“Yo siempre he votado por estos.”
Todas esas motivaciones forman parte de una democracia.
El problema aparece cuando dejamos de preguntar.
Porque reconocer perfectamente el logotipo de un partido no significa conocer a quien aparece en la boleta.
Y conocer al candidato tampoco significa saber qué propone.
Podríamos hacer una prueba sencilla.
Piense en el partido con el que más se identifica.
Ahora trate de recordar cinco propuestas concretas del último candidato por el que votó.
Después pregúntese qué resultados obtuvo.
Cómo votó.
Qué iniciativas presentó.
Qué prometió y qué cumplió.
La respuesta puede resultar incómoda.
Nos sabemos los colores, los pleitos, los memes, los escándalos y hasta los apodos.
Pero no necesariamente conocemos los resultados.
Los partidos también deberían preocuparse
La responsabilidad tampoco puede cargarse solamente al ciudadano.
Los partidos tendrían que preguntarse si están formando ciudadanos o aficionados.
Porque construir una marca política poderosa puede ganar elecciones.
Construir ciudadanos exigentes puede fortalecer una democracia.
Y no siempre son la misma cosa.
Un partido debería querer que incluso sus propios simpatizantes le pregunten.
Que cuestionen a sus candidatos.
Que comparen perfiles.
Que exijan resultados.
Que entiendan qué representa esa organización y que tengan libertad para reclamar cuando sus representantes se alejen de esos principios.
La lealtad política no debería significar obediencia.
Mucho menos silencio.
Quítese la camiseta cinco minutos
Así que regreso al experimento del principio.
Antonio Martín del Campo candidato de Morena.
Nora Ruvalcaba candidata del PAN.
¿Qué haría usted?
No tengo interés en responder esa pregunta por usted.
Precisamente ése es el punto.
Quiero que se la responda usted mismo.
Porque quizá ahí descubramos cuánto pesa realmente una trayectoria, cuánto pesa una propuesta y cuánto pesa el color que aparece detrás del nombre.
Podemos ser panistas, morenistas, priistas, emecistas o no sentirnos representados por ningún partido.
Pero una democracia funciona mejor cuando nuestra identidad política no cancela nuestra capacidad de cuestionar.
Por eso, la próxima vez que entre a una casilla, haga algo muy sencillo:
quítese la camiseta cinco minutos.
Mire el nombre.
Revise la trayectoria.
Compare las propuestas.
Examine los resultados.
Y después vuelva a mirar también el partido que lo postula y pregúntese qué representa.
Entonces decida.
Porque la política no es futbol.
Aquí no escogemos quién queremos que gane el domingo.
Escogemos quién tomará decisiones sobre nuestra vida durante los próximos años.
Y quizá ésa sea una conversación especialmente importante rumbo a 2027, no solamente para quienes votaremos, sino también para quienes hoy, desde las dirigencias y los grupos políticos, comienzan a decidir qué nombres terminarán frente a nosotros en una boleta.
Porque la democracia no necesita más aficionados.
Necesita ciudadanos.
Y la política no se explica.
La política se participa.