Opinión
Hace unos días fui al teatro a ver El juego que todos jugamos, de Alejandro Jodorowsky.
Al terminar la función tuve oportunidad de conversar con algunos de los actores. Les prometí escribir algo sobre la experiencia. Salí del teatro pensando que cumpliría aquella promesa hablando de la obra, de sus personajes o de esa extraña capacidad que tiene el teatro para colocar frente a nosotros aquello que normalmente preferimos no mirar.
Pero ocurrió algo distinto.
Mientras regresaba a casa, apareció un nombre que hacía tiempo no visitaba con suficiente detenimiento: Wilhelm Reich.
Y junto con él volvió una expresión incómoda:
el pequeño hombre.
En 1948 Reich publicó ¡Escucha, pequeño hombre!, un texto que había escrito un par de años antes. No pretendía presentarlo como investigación científica. Lo consideraba un documento humano, una especie de conversación áspera y dolorosa con el ser humano común. Wilhelm Reich Museum
Han pasado casi ocho décadas.
Y, sin embargo, algo de aquel pequeño hombre continúa caminando entre nosotros.
Quizá porque nunca se fue.
El pequeño hombre no es “el otro”
Existe una manera demasiado cómoda de leer a Reich.
Pensar inmediatamente en alguien más.
El vecino intolerante.
El político que detestamos.
Quien piensa diferente.
El fanático.
El ignorante.
El adversario.
Pero si utilizamos al “pequeño hombre” para descalificar a quienes no comparten nuestras ideas, habremos perdido precisamente aquello que vuelve inquietante el texto.
Porque el pequeño hombre también soy yo.
Aparece cuando dejo de preguntarme por qué creo aquello que creo.
Cuando necesito que alguien confirme permanentemente que estoy del lado correcto.
Cuando soy capaz de descubrir inmediatamente las contradicciones del adversario, pero encuentro explicaciones para todas las contradicciones de los míos.
Cuando confundo pertenecer con pensar.
Cuando entrego mi capacidad de juicio a una persona, a una institución, a una ideología o a una multitud.
Y quizá, sobre todo, cuando dejo de asumir responsabilidad sobre mi propia vida y comienzo a depositarla enteramente afuera.
Ahí comienza la pequeñez de la que hablaba Reich.
No tiene que ver con nuestra estatura intelectual, económica o académica.
Podemos poseer títulos universitarios y seguir siendo pequeños.
Podemos dirigir instituciones y ser pequeños.
Podemos gobernar y ser pequeños.
Podemos escribir libros, enseñar en una universidad o sentarnos frente a un paciente y seguir siendo pequeños.
Porque la pequeñez comienza cuando renunciamos a examinarnos.
Queremos libertad, pero la libertad pesa
Hay una paradoja extraordinaria en el ser humano.
Decimos querer libertad.
Pero ser libres significa también hacernos responsables.
Y eso resulta mucho más difícil.
Ser libre implica aceptar que algunas decisiones serán nuestras y que no siempre habrá alguien a quien culpar cuando las consecuencias lleguen.
Significa tolerar incertidumbre.
Significa poder decir:
“Tal vez estoy equivocado.”
Pocas frases requieren tanta fortaleza interior.
Quizá por eso buscamos certezas.
Y cuando aparece alguien dispuesto a ofrecérnoslas, podemos sentir alivio.
Alguien sabe.
Alguien decidirá.
Alguien nos explicará quién tiene la culpa.
Alguien señalará quiénes son los buenos y quiénes los malos.
Entonces el mundo vuelve a parecer sencillo.
Y nosotros podemos descansar.
Pero existe un precio.
Cada vez que alguien piensa por nosotros, una pequeña parte de nuestra libertad queda hipotecada.
El teatro terminó, pero el juego continuaba
Tal vez eso fue lo que me ocurrió después de aquella función.
Salí del teatro y comprendí que el juego que todos jugamos no termina cuando se apagan las luces del escenario.
Continúa afuera.
En nuestras familias.
En nuestras instituciones.
En las redes sociales.
En nuestras discusiones.
En nuestras relaciones.
Y, por supuesto, en la política.
Todos representamos personajes.
El que siempre tiene razón.
El que jamás cuestiona.
El que obedece.
El que manda.
El que necesita un enemigo.
El que necesita un salvador.
Pero existe un instante profundamente humano en el que podemos detener la representación.
Y preguntarnos:
¿Esto que estoy diciendo realmente lo pienso yo?
¿O simplemente aprendí a repetirlo?
Ahí puede comenzar algo diferente.
No cuando descubrimos al pequeño hombre en los demás.
Sino cuando tenemos el valor de reconocerlo en nosotros mismos.
Quizá la pregunta que Reich dejó abierta hace casi ochenta años continúa esperando nuestra respuesta:
¿Cuánto del pequeño hombre sigue viviendo dentro de mí?