Lo dije o lo pensé
Esta semana Aguascalientes anunció una alianza entre instituciones educativas, Huawei México y el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior, CENEVAL, para impulsar certificaciones y microcredenciales en áreas como inteligencia artificial, ciencia de datos, desarrollo de software, ciberseguridad, electromovilidad y semiconductores. La Universidad Autónoma de Aguascalientes se sumó a los convenios y plantea incorporar este tipo de acreditaciones como complemento de la formación tradicional de estudiantes y docentes.
La idea tiene sentido, ya que durante muchos años pensamos la formación profesional casi exclusivamente a partir del título universitario. Cuatro o cinco años de estudios, un documento al final y después el mercado laboral. Ese esquema sigue siendo fundamental, pero resulta cada vez más difícil que un programa académico formal pueda actualizarse a la misma velocidad con la que cambian determinadas herramientas tecnológicas.
En esa lógica, pueden ser útiles las microcredenciales, porque permiten acreditar una competencia específica sin pretender sustituir una licenciatura completa. Una persona puede ser contador, ingeniero, administrador o diseñador y, al mismo tiempo, demostrar conocimientos concretos en análisis de datos, inteligencia artificial, redes o ciberseguridad. La combinación puede mejorar su perfil profesional, pero hay que tener cuidado con confundir certificación con aprendizaje.
Acumular insignias digitales y documentos no necesariamente significa dominar una herramienta. Por eso el verdadero valor de estos convenios dependerá de cómo se impartan los contenidos, qué nivel de exigencia tengan las evaluaciones y, sobre todo, si las habilidades certificadas pueden demostrarse en problemas reales.
Otro riesgo sería diseñar toda la formación universitaria alrededor de lo que pide una empresa o un sector industrial en particular en un momento determinado. Las universidades deben escuchar al sector productivo, pero su función va más allá de preparar operadores de tecnologías específicas. Una plataforma cambia, una marca puede perder relevancia y una herramienta puede quedar obsoleta. La capacidad de analizar, aprender, investigar, cuestionar y resolver problemas permanece.
Precisamente ahí está la oportunidad. Las microcredenciales funcionan mejor cuando complementan una formación sólida, no cuando pretenden reemplazarla. Un estudiante que comprende estadística, programación, ética profesional y pensamiento crítico probablemente podrá adaptarse a distintas tecnologías. Uno que aprendió únicamente dónde presionar botones en una plataforma estará mucho más expuesto cuando esa plataforma cambie.
La UAA ya desarrolla otras iniciativas vinculadas con inteligencia artificial; por ejemplo, actualmente imparte junto con SEDECYT un diplomado sobre IA generativa aplicada a la gestión de MiPyMEs. También en estos programas, el valor tendría que medirse por lo que sus participantes aprenden y aplican, no solamente por la constancia que reciben.
El siguiente paso debería ser evaluar qué competencias adquieren los participantes, cómo las aplican y si mejoran sus oportunidades profesionales. También importa saber cuántos concluyen y se certifican, pero esos números, por sí solos, no demuestran el éxito de los programas.
El título profesional seguirá teniendo valor, pero no puede ser el último esfuerzo de formación. Estos convenios tendrán sentido si ayudan a aprender mejor y a demostrarlo, no solamente a sumar certificados.