Bajo presión
Desde su escondite en la quinta La Chingada en Palenque, Chiapas, el expresidente Andrés Manuel López Obrador volvió a ocupar el centro de la conversación pública. Aislado formalmente de la política activa, su reaparición en video no tuvo la paciencia de un ajuste de cuentas histórico, sino la vehemencia de una alocución de campaña. Inútil, irrelevante, inapropiada.
Cómodo en su autoproclamada jubilación, el exmandatario aprovechó el reflector para promocionar su nuevo libro, titulado con la contundencia populista que lo caracteriza: Pueblo. En su relato, su administración no fue un periodo más de gobierno, sino el broche de oro de la Cuarta Transformación, equiparable a los episodios fundacionales de la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana.
Más de una hora le tomó a López Obrador llegar al centro del asunto, la promoción de su libro. Tiempo que aprovechó para, detrás de la puesta en escena pacífica y la retórica del “Humanismo Mexicano”, alimentar la polarización, recurso que siempre ha sabido manejar para alimentar a sus fanáticos y, en el fondo, vestir un discurso pobre que no tiene nada más que aportar a nuestra democracia.
Inició como una revisión complaciente de sus logros sociales y terminó por convertirse en una arremetida frontal contra uno de los pilares de cualquier democracia: la prensa independiente. Les dio con todo y sin pruebas, desde la comodidad de su mecedora machuchona.
El núcleo del mensaje no estuvo en las cifras económicas ni en la nostalgia del poder, mucho menos en la presentación de las gallinas que lo rodean o los pavorreales indolentes, sino en la descalificación explícita de periodistas y medios de comunicación. Con nombres y apellidos, el expresidente señaló a comunicadores como Ciro Gómez Leyva, Pepe Cárdenas, Azucena Uresti, Joaquín López-Dóriga y Carlos Loret de Mola, reduciendo sus trayectorias y coberturas a simples consignas corporativas.
Entre toda su diatriba, dedicó un espacio a la periodista Carmen Aristegui, a quien acusó de haber engañado a la ciudadanía haciéndose pasar por una paladina de la libertad para finalmente quitarse la máscara y actuar como vocera de la derecha.
El salto retórico más grave ocurrió al redefinir la naturaleza de la crítica periodística. López Obrador rehusó calificar a sus detractores como parte de la derecha o la ultraderecha; en su lugar, tildó su ejercicio comunicativo de “neofascismo”, invocando explícitamente las sombras de Goebbels y Hitler para acusarlos de aplicar la máxima nazi de repetir mentiras hasta convertirlas en verdades.
No es un exceso menor ni una mera figura retórica de López Obrador. Calificar el trabajo informativo de “neofascista” representa un intento deliberado por despojar al periodismo de cualquier legitimidad democrática. Al encuadrarlos no como profesionales que fiscalizan al poder, sino como voceros achichincles al servicio de machuchones que ejercen el chantaje bajo la consigna de te pego para que me pagues, la narrativa lopezobradorista busca anular el contenido de las denuncias e investigaciones, desviando el debate hacia los supuestos intereses monetarios de quienes las publican.
La postura del expresidente, desde la perspectiva de los derechos humanos y la protección a la libertad de prensa, es profundamente alarmante. En un país marcado por la violencia contra los comunicadores, que el político más influyente del país utilice la tribuna pública para estigmatizar al periodismo como una fuerza “neofascista” erosiona las garantías mínimas para el ejercicio informativo.
Como siempre, el discurso de AMLO es una falacia simplificadora: conmigo o contra mí, todo lo que no sea adhesión incondicional al proyecto oficial es catalogado como manipulación o corrupción. Bajo esta lógica maniquea, se niega la posibilidad de que exista un periodismo crítico e independiente que responda al interés público y no a agendas de cúpula. Se invisibiliza que la función esencial de la prensa en una sociedad libre no es aplaudir los logros del Estado, sino cuestionar el ejercicio del poder, exigir transparencia y dar voz a las disidencias.
Al reducir el mapa mediático a una simple trinchera entre el pueblo y los empresarios del chantaje, el expresidente atenta contra el derecho de la ciudadanía a recibir información diversa y plural. Se asume, como lo que siempre ha querido ser, el papá de los pollitos, que los lectores y audiencias son entes pasivos manipulados por voceros, incapaces de contrastar datos y formarse un criterio propio.
La reaparición de Andrés Manuel López Obrador desde Palenque confirma que, aun en el retiro formal, la estrategia de descalificación hacia la prensa sigue siendo la piedra angular de su legado político. Al trasladar la crítica periodística al terreno del “neofascismo”, se clausura el diálogo democrático y se sustituye la rendición de cuentas por la condena moral.
Defender el libre ejercicio del periodismo frente a estas embestidas no significa blindar a los medios ni a los comunicadores de la crítica o del escrutinio público. Significa, sobre todo, defender el derecho de la sociedad a vivir en una democracia donde el poder rinda cuentas y donde fiscalizar al gobierno no sea calificado como un acto de traición o fascismo. Si la conversación pública queda reducida al dogma de que solo la voz oficial representa al pueblo, lo que se extingue no es solo la reputación de unos cuantos periodistas, sino la salud misma de la democracia mexicana.
Carmen Aristegui ya ha respondido, equiparando la verborrea de López Obrador con las líneas discursivas de Goebbels y lo escrito por Hitler en Mi lucha. “Cuide sus palabras”, indicó la periodista, sensata y cauta, pero su declaración ha sido leída como una declaración de guerra; eso es lo que ocurre cuando uno baja al nivel de la ocurrencia.
La declaración de López Obrador es absolutamente irrelevante, inútil, no aporta a la discusión pública, son moronas para sus seguidores, alimento para la base que replicará sus frases sin sentido para sentirse a gusto, para felicitar a su cabecita de algodón por su aparición. Es una vergüenza que la discusión pública dedique tiempo a un discurso de esta banalidad, pero aquí estamos, haciendo caso a un adulto mayor atrapado en la obsesión por el poder perdido. Un ególatra que no considera el daño que hace al perorar.
Afortunadamente, la realidad rebasa los delirios del tabasqueño, la presidenta, en su defensa a ultranza, lo convierte en un meme, y todo queda en una distorsión momentánea que exhibe las verdaderas intenciones de la Cuarta Transformación, pero que se quedará en la anécdota semanal, el berrinche del mes, ante la apabullante realidad que tenemos que enfrentar como país que no cabe en un mamotreto fantasioso que tiene asegurado su sitio como best seller por la recua de paleros que comprará el libro para regalarlo y disfrazarse de apóstoles del lopezobradorismo.
Ahí está el verdadero peligro, y no en la mecedora. El discurso de López Obrador es pobre, y eso es lo de menos: nunca ha necesitado ser bueno para ser útil. Su valor está en la réplica. Mañana habrá quien repita “neofascista” en redes, en la sobremesa, en la fila de la tortillería, con la certeza de quien recibió una consigna y no una idea. Del retiro no sale un expresidente: sale un manual de uso. Y cuando una frase de palacio se vuelve insulto de calle, la distancia entre el estigma y la agresión contra quien ejerce el periodismo se acorta, en un país que ya cuenta a sus periodistas por los que faltan. Lo demás, el libro, las gallinas, los pavorreales, es utilería.
Coda. Ahora que los candidatos que no lo son, esos defensores de la 4T, llegarán a las casas con el libelo de Regeneración y un tomo de Pueblo, en beneficio de las regalías que el papá de los pavorreales colocará detrás de su billete de 200 pesos y sus estampitas en su cartera.
@edilbertoaldan