El problema del silencio

El otro lado de la política

Callar.

No sé si representa fortaleza o debilidad, pero de algo sí estoy segura: siempre nos enseñaron a callar.

A callar cuando algo duele, a callar cuando algo incomoda, a callar para no provocar problemas, a callar para no “exagerar”, nos enseñaron que guardar silencio era una virtud, pero a veces el callar, es lo que genera más conflicto.

Tuve la fortuna de conocer a varias generaciones de mi familia, conocí a mis bisabuelos, a mis abuelos y aún tengo la fortuna de contar con mi abuela materna, una mujer inteligente, respetable y con una nobleza que, cada vez que pláticas con ella, te hace reflexionar sobre las buenas personas.

Sé que el término de ser bueno o malo es relativo, pero las personas nos guiamos por la moral y la ética que nos permiten vivir en sociedad, y al pasar de los años estas normas no escritas también han cambiado, pues muchas de las cosas que hoy cuestionamos, durante generaciones fueron consideradas normales.

Mi abuela era de la época en la que se “robaban a la novia”, ella partió de casa aun siendo una niña, pero para el deber ser de la época, eso estaba “bien”, se llevaban a las mujeres como un trofeo que había que presumir, pero una vez que el “premio” estaba en casa, la historia cambiaba, pasaban a formar parte de la utilería de la misma.

Lavar.
Planchar.
Cocinar.
Tenerhijos.

Muchos hijos.

Familias de 5, 10, 15, hasta 20 integrantes; familias grandes que muchas veces eran utilizadas como símbolo de la virilidad del hombre y mientras ellos presumían tender de dos a tres familias, las mujeres tenían que cargar con la responsabilidad de las mismas, aunque no estuvieran de acuerdo ellas tenían que callar y asentir con la cabeza ante cualquier petición, aunque fuera la más irracional.

“Calladita te ves más bonita.”

“La mejor mujer es la que no habla.”

 

Frases que parecen inofensivas cuando se dicen como chiste, pero que durante generaciones funcionaron como una especie de manual de comportamiento.

No grites.

No cuestiones.

No contradigas.

No denuncies.

No hagas quedar mal a tu marido.

No hables de lo que pasa en casa.

Calla.

Frases que trascendieron generaciones y que, aunque hoy parezcan absurdas, todavía sobreviven disfrazadas de costumbre y esto pasa, a pesar que vivimos en una época en la que hablamos de despertar femenino, de igualdad, de paridad política, de derechos, de leyes que protegen a las mujeres y de medios digitales que permiten que prácticamente cualquier persona tenga una voz.Y aun así…muchas veces seguimos callando.

El problema es que a hombres y mujeres nos enseñaron lo mismo:Callar.

El hombre calla para no decir lo que siente, calla para demostrar fortaleza, calla para que nadie lo considere débil, calla para que no lo llamen “rajón”, “chismoso” o “poco hombre”, y la mujer calla por otras razones, calla por miedo, calla por vergüenza, calla porque no quiere que le pregunten qué hizo para provocar aquello, calla porque temeque no le crean, calla porque piensa que nadie hará nada, calla porque tiene miedo de las represalias.

El punto es que una sociedad que calla también aprende a convivir con lo que está mal, pues callamos para no desencajar, callamos para no tener problemas, callamos porque todavía no sabemos cómo reaccionar ante los cambios y algunas veces, callamos porque es más cómodo mirar hacia otro lado.

Durante décadas, la violencia contra la mujer fue normalizada, los golpes, la obligación sexual, el control, los insultos, la infidelidad justificada, el “deber” de atender al marido, la idea de que una mujer no debía tener sueños propios porque primero debía atender a su familia y si protestaba, era problemática; si denunciaba, exageraba; si hablaba, era conflictiva; si se defendía, era una loca; así, poco a poco, las mujeres aprendieron que tener voz podía tener consecuencias, hasta que algunas decidieron dejar de callar, levantaron movimientos, hicieron huelgas, exigieron derechos, se enfrentaron a sus familias, instituciones y sociedades enteras, fueron llamadas rebeldes, brujas, problemáticas, locas, y gracias a muchas de esas “locas”, hoy otras mujeres podemos hablar.

Pero hacer un cambio social requiere tiempo, paciencia y educación, y aunque hemos avanzado mucho en la manera de entender y enfrentar la violencia contra las mujeres, todavía existe, en el hogar, en las calles, en el trabajo, en los hospitales, en la política y hasta en la escuela.

La escuela debería ser un lugar de desarrollo personal, un lugar seguro, el lugar donde se cumplen los sueños, no donde los arruinan; una salida, una ilusión, una amistad, una bebida, y una historia que terminó marcando la vida de Jane Doe (seudónimo).

Entre el miedo, la impotencia y la vergüenza denuncio el acto ante la universidad, pero los involucrados callaron, los testigos callaron, las instituciones también lo hicieron y cuando todos callan, ocurre algo peligroso: el silencio comienza a parecer complicidad, dejaron que las cosas pasaran, no les dieron importancia a sus actos, no hubo consecuencias y cuando no hay consecuencias, la conducta puede terminar normalizándose, hasta que alguien decide romper el silencio.

¿Pero qué pasa cuando una mujer rompe el silencio?

Pasa algo que incomoda, porque cuando una mujer habla, no solamente cuenta lo que le ocurrió, también obliga a los demás a decidir qué harán con esa información, creer, investigar, acompañar, denunciar, o volver a callar.

El caso Cornell no es solamente una historia sobre una universidad estadounidense, es una ventana hacia un problema estadístico mucho más grande: la distancia que existe entre la violencia que ocurre, la violencia que se reconoce, la violencia que se denuncia y la violencia que finalmente llega a una sentencia.

En México 7 de cada 10 mujeres han experimentado alguna forma de violencia a lo largo de su vida, pero la pregunta no debería ser solamente cuántas mujeres han vivido violencia, la pregunta debería ser:¿Cuántas de esas historias nunca llegaron a una institución?

Imaginemos…

¿Cuántos actos de violencia nunca fueron denunciados?

¿Cuántas historias solo fueron contadas únicamente entre amigas?

¿Cuántas terminaron en un “mejor déjalo así”?

¿Cuántas mujeres decidieron guardar silencio porque pensaron que hablar podía empeorar las cosas?

Y, sobre todo:¿cuántas veces como sociedad hemos confundido silencio con tranquilidad?

 

Porque el silencio no siempre significa que no pasó nada, a veces significa que alguien tuvo miedo, significa que alguien sintió vergüenza, significa que alguien no fue escuchaday la mayoría de las veces significa que alguien aprendió, desde muy pequeña, que era mejor quedarse callada.

El problema del silencio no es solamente no denunciar, el problema es todo lo que ocurre antes de llegar a ese momento, la educación que recibimos, las frases que escuchamos, los comportamientos que normalizamos, las instituciones que no generan confianza, las familias que prefieren “no hacer un escándalo”, los amigos que dicen “mejor no te metas”, los testigos que miran hacia otro lado y una sociedad que muchas veces prefiere la comodidad de no saber antes que la responsabilidad de actuar.

Como sociedad tenemos que romper el patrón del silencio, tenemos que decir cuando algo está mal, tenemos que aprender a vivir sin miedo y sin vergüenza, tenemos que enseñarles a nuestros hijos que hablar de lo que sienten no los hace débiles, tenemos que enseñarles a nuestras hijas que denunciar no las hace problemáticas, tenemos que entender que pedir ayuda no es una derrota y tenemos que recordar algo que parece sencillo, pero que todavía nos cuesta entender: una voz puede incomodar, pero también puede salvar, puede salvar un sueño, una ilusión, una carrera, una familia, una vida.

Por eso el verdadero problema nunca fue solamente la violencia, el problema también ha sido todo lo que hemos permitido que ocurra mientras guardamos silencio, porque cuando una persona calla por miedo, necesita protección, pero cuando una sociedad entera aprende a callar, necesita despertar.

Dejar de callar no es solamente hablar, es romper una generación de miedo, es cuestionar lo que nos enseñaron, es dejar de llamar “normal” a aquello que nunca debió serlo, y quizá, después de tantas generaciones a las que nos enseñaron a callar, ha llegado el momento de enseñar algo distinto: hablar.

Porque a veces, romper el silencio no cambia solamente una historia, puede cambiar la vida de quien se atreve a contarla.

 

 

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