Del adversario al enemigo

Hay una escena que se repite diariamente. Alguien publica una opinión. Otra persona responde. Una tercera interviene. En pocos minutos ya nadie está hablando del tema original. Ahora hablan de quién es ignorante, quién está comprado, quién es fascista, quién es comunista, quién debería irse del país y quién representa todo lo que está mal en la sociedad. Lo extraordinario no es solamente la velocidad con la que ocurre. Es la facilidad con la que dejamos de discutir ideas para comenzar a juzgar identidades. ¿Qué nos sucede? No queremos solamente tener razón Quizá una parte del problema consista en que nuestras ideas no son exclusivamente ideas. También forman parte de nuestra identidad. Cuando alguien cuestiona una convicción profundamente ligada a quién creemos ser, podemos experimentar algo distinto a un desacuerdo intelectual. Podemos sentirnos atacados. Y entonces ya no defendemos solamente una opinión. Nos defendemos a nosotros mismos. Esto ayuda a comprender por qué determinadas conversaciones se vuelven imposibles. Si modificar una idea significa sentir que traiciono a mi grupo, mi historia o mi identidad, escuchar verdaderamente al otro puede experimentarse como peligroso. Proyectar para no mirar El psicoanálisis introdujo otro concepto incómodo: proyección. En términos muy generales, designa procesos mediante los cuales algo propio puede experimentarse como perteneciente al otro. Esto no significa que toda acusación sea una proyección ni que debamos diagnosticar desde lejos a nuestros adversarios. Pero sí nos permite hacernos una pregunta. ¿Por qué aquello que más detestamos del otro provoca en ocasiones una reacción tan intensa? ¿Por qué necesitamos imaginar que nuestro grupo actúa siempre movido por principios mientras el contrario actúa exclusivamente por intereses? ¿Por qué reconocemos con enorme facilidad las contradicciones ajenas y nos cuesta tanto reconocer las propias? Quizá porque aceptar nuestra ambivalencia resulta mucho más difícil que señalar la del vecino. El enemigo nos simplifica el mundo Aquí Bion vuelve a resultar extraordinariamente actual. En su estudio de los grupos describió cómo éstos pueden apartarse de la tarea de pensar y organizarse alrededor de respuestas emocionales automáticas. En el supuesto básico de ataque-huida, el grupo puede comportarse como si su tarea primordial fuera combatir una amenaza o escapar de ella. El enemigo cumple entonces una función. Nos organiza. Nos une. Nos explica por qué las cosas van mal. Y, sobre todo, nos libera temporalmente de una tarea mucho más difícil: pensar la complejidad. Porque si existe un culpable absoluto, ya no necesitamos preguntarnos por nuestras propias responsabilidades. De “estás equivocado” a “eres malo” Este quizá sea el punto de inflexión más peligroso. Podemos discutir si una política económica funciona. Podemos debatir una reforma legal. Podemos confrontar diferentes concepciones de justicia, seguridad, libertad o igualdad. Eso forma parte de una sociedad plural. Algo diferente sucede cuando el desacuerdo adquiere carácter moral absoluto: “Si piensas eso, entonces eres una mala persona.” A partir de ahí escuchar deja de tener sentido. ¿Para qué escuchar al mal? ¿Para qué intentar comprender al ignorante? ¿Para qué dialogar con alguien a quien previamente hemos deshumanizado? La conversación termina antes de comenzar. Comprender no significa justificar Ésta es una distinción que necesitamos recuperar. Comprender al otro no significa darle la razón. Puedo intentar comprender por qué una persona sostiene determinada posición y continuar discrepando profundamente. Puedo escuchar un argumento sin aceptarlo. Puedo condenar una conducta sin convertir a quien la realizó en la representación total del mal. Incluso puedo modificar parcialmente mi opinión sin haber sido derrotado. Eso exige algo psicológicamente difícil: tolerar que el otro quizá posea una parte de verdad que yo no había considerado. Y tolerar también que yo pueda estar equivocado. La escucha como acto democrático Quizá aquí el psicoanálisis pueda ofrecer algo más que conceptos. Puede ofrecer una experiencia. En el consultorio intentamos escuchar antes de concluir. Permitimos contradicciones. Esperamos. Preguntamos. Aceptamos que una frase puede contener más de un significado. Y sabemos que comprender requiere tiempo. ¿Qué ocurriría si lleváramos una pequeña parte de esa disposición a nuestra conversación pública? No se trata de convertir el debate político en terapia. Se trata de recuperar algo mucho más elemental: la capacidad de escuchar sin preparar inmediatamente el contraataque. Volver a conversar Tal vez una sociedad comienza a deteriorarse no cuando aparecen diferencias profundas, sino cuando pierde los lugares donde esas diferencias pueden encontrarse. Familias que ya no hablan de política. Amistades terminadas por una elección. Personas bloqueadas por una opinión. Universos informativos paralelos donde cada grupo escucha únicamente aquello que confirma lo que ya creía. Las diferencias no desaparecen. Desaparece el puente. Por eso quizá la pregunta de nuestro tiempo no sea: ¿Cómo conseguimos que todos pensemos igual? Eso sería tan imposible como indeseable. La pregunta podría ser: ¿Cómo volvemos a conversar sin necesitar destruir simbólicamente a quien está sentado enfrente? No tengo una respuesta sencilla. Pero sospecho que comienza con algo muy pequeño. La próxima vez que alguien diga algo con lo que discrepamos profundamente, antes de responder podríamos preguntarle: “¿Qué quieres decir exactamente con eso?” Parece poca cosa. Pero en una época en la que todos quieren responder y pocos parecen dispuestos a escuchar, quizá recuperar una pregunta genuina sea ya una forma de resistencia. Porque una democracia no comienza cuando todos estamos de acuerdo. Comienza cuando el desacuerdo todavía puede tener palabras. [email protected]  
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