Desde el lunar azul
Buen primer viernes de octubre.
A un día de que continúe la parafernalia del Cuarto Informe de la primera mujer en ocupar el Ejecutivo de Aguascalientes, arranca algo más interesante que cualquier escenografía, espectacular o conversatorio con influencers: la cuenta regresiva.
Porque éste no es un informe más.
Es el penúltimo.
Y en política eso significa que ya toca ir buscando costales para recoger las varas.
El Gobierno del Estado decidió rendir cuentas durante 13 días, del 23 de septiembre al 5 de octubre, con un catálogo digno de franquicia: informe virtual, influencers, espectaculares en 3D, una serie infantil hecha con inteligencia artificial, videojuegos y hasta una docuserie sobre la faceta íntima de la gobernadora.
No lo digo yo. Lo presumió el propio Gobierno.
Creatividad no falta. Lo que sobra es otra cosa.
¿Cuánta comunicación aguanta un gobierno antes de que la comunicación se lo coma vivo?
Uno termina preguntándose quién convenció a los multipremiados gurús del marketing político de que las campañas deben ser eternas y de que gobernar consiste en producir likes, reels y utilería sin descanso.
Una cosa es comunicar resultados. Otra, convertir la rendición de cuentas en variedad.
Un informe no es un casting, ni un concierto, ni una ceremonia de reafirmación afectiva. Su materia prima es mucho menos fotogénica: metas cumplidas, metas incumplidas, presupuesto ejercido, seguridad, salud, educación, obra pública y resultados verificables.
Es decir, justo lo que no luce en 3D, lo demás ayuda a comunicar, pero no sustituye a gobernar.
Padecimos demasiado el culto a la personalidad. Creímos haber dejado atrás el país de un solo hombre.No estoy seguro de que lo hayamos logrado.
Lo que aprendimos es que el fenómeno también se conjuga en femenino.
En Aguascalientes hay, además, un dato difícil de ignorar: Tere Jiménez construyó durante casi una década una estructura propia de poder, desde la alcaldía capitalina, luego desde su liderazgo político y finalmente desde Palacio de Gobierno. Su relación con Martín Orozco pasó de la convivencia partidista a la guerra abierta.
Pero eso ya es historia, la pregunta interesante no es quién la llevó al poder, sino qué va a dejar cuando salga de él.
Ganar elecciones y construir un legado son oficios distintos. Una operación electoral se mide en votos. Un gobierno, en instituciones que sobreviven a quien las encabezó.
Ahí estará el examen del tramo final del sexenio o, para ser exactos, del quinquenio: qué políticas seguirán en pie cuando desaparezcan de las oficinas las fotos de la gobernadora.
Mañana, otro capítulo del espectáculo.Que les vaya bien y que entre luces, videos, influencers y aplausos quede un hueco para algo muy pasado de moda:
rendir cuentas.
Dejemos la tierra buena y vámonos al Palacio de Invierno tropical, allá por Palenque.
Porque antier reapareció nuestro Cabecita de Algodón.
Andrés Manuel López Obrador volvió frente a una cámara, desde su finca en Chiapas, para presentar Pueblo, su nuevo libro.
Ochenta y dos minutos.Retirado, pero no tanto, jubilado de la política, pero hablando de política.Lejos del poder, pero explicándonos el poder.
Quizá lo más revelador fue su necesidad de aclarar que no es "jefe máximo", ni "cacique", ni "caudillo", ni "poder detrás del trono". Nadie desmiente lo que nadie sospecha.
Elogió a Claudia Sheinbaum, defendió su gobierno y volvió a cargar contra medios y periodistas, el deporte que no se jubila.
Lo curioso fue lo que no dijo: los asuntos que hoy incomodan a Morena, incluidos los señalamientos alrededor de su hijo Andrés Manuel López Beltrán.
Silencio también comunica.
Y aquí asoma un problema viejo del poder mexicano: llegar es difícil; dejar de ser, todavía más.
Lo hemos visto con expresidentes, exgobernadores y exdirigentes, toda esa fauna que descubre demasiado tarde que el teléfono deja de sonar cuando desaparece el cargo.
Unos escriben libros. Otros dan conferencias. Algunos se vuelven tuiteros. Y otros peregrinan por los cafés esperando que alguien les pregunte qué opinan.
El poder crea una adicción cruel, convence a quien lo ejerce de que su importancia institucional es también personal y luego llega la realidad, sin escolta.
Conviene preguntarnos cuánto debe pesar un expresidente en la conversación pública de su sucesora. No para prohibirle hablar, faltaba más, sino porque el relevo del poder también exige aprender a callar.
Y de los políticos que no saben retirarse, tenemos también a nuestros indigentes políticos: los que abandonaron al partido que les dio cargos, luego lo denunciaron, después simpatizaron con el de enfrente y hoy tocan la puerta para preguntar si queda alguna candidatura disponible.
Entre café y café, entre copa y copa, entre entrevista y entrevista.
La ideología más resistente de México sigue siendo la nómina.
Ahí dejo esta roca.
Empújela usted.
Yo vuelvo, como siempre.