Corsés extremos, vestidos con arsénico, maquillaje con plomo y hasta cosméticos radiactivos formaron parte de los ideales de belleza de distintas épocas.
La frase “para lucir hay que sufrir” llegó a ser mucho más literal de lo que parece. A lo largo de la historia, mujeres y hombres utilizaron prendas, accesorios y cosméticos que hoy serían considerados peligrosos. Algunos deformaban el cuerpo o dificultaban el movimiento; otros contenían sustancias tóxicas como plomo, arsénico, mercurio e incluso materiales radiactivos.
EL ROSTRO BLANCO… A BASE DE PLOMO
Durante siglos, una piel extremadamente pálida fue considerada símbolo de belleza y posición social en diferentes lugares del mundo. Para conseguirla se utilizaron polvos y preparados que podían contener plomo.
Uno de los más conocidos en Europa fue el llamado ceruse o albayalde, elaborado con compuestos de plomo. El problema era que la exposición prolongada podía provocar intoxicación y afectar distintos órganos y el sistema nervioso. El plomo continuó apareciendo en algunos cosméticos hasta principios del siglo XX.
VESTIDOS VERDES CON ARSÉNICO
En el siglo XIX, el verde esmeralda se convirtió en uno de los colores más deseados de la moda victoriana. Pero algunos de los pigmentos empleados para conseguir aquel tono contenían arsénico.
La sustancia aparecía en telas, flores artificiales y adornos. Las personas que utilizaban estas prendas podían sufrir irritaciones y lesiones en la piel, mientras que quienes trabajaban diariamente fabricándolas estaban expuestos a cantidades mucho mayores.
Uno de los casos más conocidos fue el de Matilda Scheurer, una joven británica que fabricaba flores artificiales y murió en 1861 tras una intensa exposición al pigmento verde con arsénico.
CORSÉS CADA VEZ MÁS APRETADOS
El corsé fue utilizado durante varios siglos para modificar la silueta y alcanzar el ideal de una cintura estrecha. Sin embargo, es importante separar la realidad de algunos mitos históricos: no todas las mujeres llevaban corsés extremadamente ajustados ni todas sufrían deformaciones graves.
Los problemas aparecían especialmente con la práctica conocida como tight-lacing, que consistía en apretar exageradamente la prenda para reducir la cintura. Los movimientos de reforma de la vestimenta del siglo XIX criticaron este tipo de ropa por limitar la movilidad y afectar el bienestar físico. El Victoria and Albert Museum señala que algunos argumentos médicos de la época tenían fundamento, aunque otros fueron exagerados por los propios reformistas.
CRINOLINAS: ELEGANTES, PERO INFLAMABLES
Las enormes faldas victorianas lograban su volumen gracias a estructuras llamadas crinolinas, formadas por aros que mantenían la tela alejada del cuerpo.
Además de hacer complicado pasar por puertas o caminar entre muebles, representaban un peligro cerca de chimeneas, velas y estufas. Las amplias cantidades de tela podían prenderse rápidamente.
Periódicos del siglo XIX documentaron numerosas muertes relacionadas con vestidos y crinolinas que se incendiaban. En 1858, The New York Times incluso informó sobre varios casos registrados en Londres en apenas dos meses.
LOS SOMBREROS Y EL MERCURIO
En los siglos XVIII y XIX, para fabricar determinados sombreros de fieltro se utilizaba nitrato de mercurio. El mayor peligro no era para quienes compraban el sombrero, sino para los trabajadores que pasaban años expuestos a sus vapores en talleres poco ventilados.
La intoxicación crónica podía producir temblores, alteraciones del habla, irritabilidad y otros problemas neurológicos. Esta enfermedad laboral quedó relacionada históricamente con la expresión inglesa “mad as a hatter”, algo así como “loco como un sombrerero”.
CUANDO LO RADIACTIVO SE CONVIRTIÓ EN SINÓNIMO DE BELLEZA
La llegada del siglo XX tampoco terminó con las tendencias peligrosas.
Después del descubrimiento del radio, la radiactividad fue presentada durante algunos años como símbolo de modernidad, energía y salud. En las primeras décadas del siglo XX aparecieron productos que promocionaban el radio en cremas, maquillaje, pasta dental y otros artículos.
Especialmente durante las décadas de 1920 y 1930, algunas marcas comercializaron cosméticos aprovechando la fascinación del público por la nueva tecnología. Con el avance del conocimiento científico comenzaron a conocerse claramente sus peligros y estos productos terminaron desapareciendo.
LA BELLEZA TAMBIÉN CUENTA LA HISTORIA DE LA CIENCIA
Estas tendencias muestran que los ideales de belleza no solamente han cambiado con el tiempo: también lo ha hecho nuestra comprensión de los materiales que utilizamos sobre el cuerpo.
Muchas sustancias consideradas modernas, elegantes o incluso saludables en determinada época terminaron siendo reconocidas como tóxicas décadas después. La historia de la moda también es, en cierta forma, una historia sobre cómo la medicina, la química y las normas de seguridad fueron descubriendo los límites de aquello que alguna vez se estuvo dispuesto a soportar por estar a la moda.