Fisuras

Bajo presión

Todavía no empiezan las precampañas, pero Morena ya decidió quiénes quiere que sean sus candidatos. No los llama así, por supuesto, son 17 Coordinadores de la Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional. La politiquería cree que con cambiarle el nombre a las cosas, cambia la realidad.

No es candidato, es coordinador. No es precampaña, es defensa de la transformación. No es campaña, es despliegue territorial. No es promoción electoral, es unidad partidista. Palabra por palabra creen que así se legitima la simulación, se bordea la ley y se normaliza una práctica que todavía pretende presentarse como algo distinto de una precampaña.

El lenguaje no está describiendo la realidad, intenta administrarla. Morena ha construido buena parte de su legitimidad política alrededor de la idea de que es el pueblo el que manda. La encuesta ofrece una imagen particularmente conveniente de la democracia: nadie designa, nadie impone, nadie negocia; simplemente “el pueblo manda”.

La fiesta con que se le presentan al pueblo sus candidatos intenta dar la impresión de un movimiento nacional que está listo para responderle como uno solo ante la madre de todas las batallas: la elección del 6 de junio de 2027; nombrada como si fuera una sola en la que se elegirán más de 19 mil cargos, incluyendo 17 gubernaturas, 500 diputaciones federales, 1,098 diputaciones locales y 18,057 cargos en ayuntamientos, además de otros cargos auxiliares.

Morena presenta a 17 de sus aspirantes a gobernadores, sólo eso, apenas una mínima parte de los cargos en juego, dilatan la fiesta de nombramiento con una sola palabra en la frente: unidad. Somos un solo movimiento, señalan, surgido de la voluntad del creador del movimiento: Andrés Manuel López Obrador; con un objetivo único, ganar la elección para apoyar el proyecto de continuidad de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Van a ganar la elección no por los cargos sino para que el pueblo siga mandando.

El problema es que la del 2027 no es una elección, son miles de comicios locales; un enjambre de disputas que se tendrán que resolver en cada uno de los territorios, que responden a mecánicas regionales, cacicazgos que intentan mantenerse en el poder, liderazgos genuinos que buscan una posición, oportunistas que buscan colarse a la estructura, nuevos partidos que intentan representar intereses legítimos. Miles de variantes a las que Morena responde desde la simulación de ser una fuerza nacional homogénea compuesta por el consenso con otros dos partidos, el Verde Ecologista y el del Trabajo.

Morena decide el método democrático de elegir al más popular, a partir de encuestas que miden diez variables que después se ponderan, un proceso transparente en que se respeta la voluntad del pueblo y que, en la realidad, no se sigue, provocando fisuras en las múltiples estructuras locales que no se componen gritando unidad.

Invocar unidad en nombre de la continuidad justifica que las decisiones de los nombramientos se tomen desde la dirección nacional de Morena, sin tomar en cuenta las condiciones en que cada elección se desarrollará en el territorio. No ha importado la situación del movimiento en cada entidad federativa, la idea es aprovechar la simpatía que genera Claudia Sheinbaum, tal y como se hizo en elecciones anteriores. Bajo la sombra del líder ocultar las debilidades de los candidatos; mostrarse como una sola fuerza capaz de volver a arrasar en las urnas.

Nombrar no cambia la realidad ni oculta las fisuras. En este momento hay una tensión evidente entre los tres partidos. Con los nombramientos Morena asumió que sus aliados se conformarán con lo que les dejen. No ha sido así. No se ha respetado la opinión del Verde y el PT. Cuando hay reclamos por no mostrar las encuestas, se responde con que se tomaron en cuenta otros criterios: paridad, competitividad, equilibrio territorial, acuerdos partidistas, gobernabilidad.

Nayarit demuestra esa tensión. Héctor Santana ganó la encuesta y no termina siendo el candidato, Morena se la entrega a Jasmine Bugarín del Partido Verde, con la paridad como parte de la explicación pública, ¿por qué no ganó quien obtuvo el primer lugar? Y si la paridad podía modificar el resultado, ¿esa regla estaba definida antes de realizar la encuesta? La encuesta, entonces, deja de parecer el mecanismo final de decisión y empieza a parecer una pieza dentro de un mecanismo mucho más amplio.

San Luis Potosí muestra otra dimensión de esta relación. Morena no necesita entregar formalmente una candidatura al PVEM para reconocer que el Verde tiene capacidad de negociación. Puede conservar la marca, mantener el proceso partidista y, al mismo tiempo, dejar espacio suficiente para que el aliado reclame territorio, estructura y posiciones. No hace falta afirmar que existe un pacto secreto para observar el efecto político, basta mencionar que el candidato elegido por Morena ni siquiera se había inscrito al proceso.

Si Morena mantiene la candidatura bajo su marca pero no impulsa un perfil claramente competitivo, mientras el Verde conserva una carta poderosa y el gobernador Ricardo Gallardo mantiene capacidad de negociación, la pregunta resulta inevitable: ¿Morena está compitiendo realmente contra el Verde o está administrando una candidatura para evitar que el conflicto con su aliado rompa la coalición?

La designación de un perfil débil no demuestra por sí misma que exista un acuerdo. Pero sí puede producir un efecto político muy concreto: Morena conserva la marca y el Verde conserva la fuerza territorial.

Las fisuras de la coalición oficialista: Morena aporta la Presidencia, la marca nacional, una mayor intención de voto y la capacidad para fijar la agenda política. El Verde aporta estructuras territoriales, gobernadores, candidatos competitivos en determinados estados y una notable flexibilidad para negociar. El partido gobernante puede tener una enorme fuerza nacional y, al mismo tiempo, necesitar negociar candidaturas estatales. No necesariamente hay una contradicción. Hay una transacción política.

El Partido del Trabajo ayuda a completar la fotografía. Cuando todos reciben algo, la coalición parece ideológica. Cuando alguno queda fuera, aparecen las negociaciones. El PT puede reclamar espacios que Morena ya distribuyó, desconocer resultados o presentar perfiles propios. Tiene menos fuerza electoral, pero conserva capacidad de presión. Ahí están las declaraciones de Reginaldo Sandoval, coordinador de los diputados petistas: “nos da para hacer perder hasta siete, ocho, hasta 12 gubernaturas”. Morena, Verde y PT participan de la misma lógica de que todo es negociable, pero en lo oscurito.

La oscuridad en que negocian los tres partidos incluye la sombra presidencial, pero no es el único elemento, hay miles de cargos que todavía se pueden repartir, prebendas presupuestales, cargos en las estructuras estatales y municipales. Lo que busca desesperadamente Morena en este momento es mostrar fuerza nacional, ocultando que las concesiones serán en lo local.

Todo esto conduce a Claudia Sheinbaum. No porque la presidenta designe personalmente cada candidatura. Formalmente, Morena y su dirigencia conducen los procesos internos. La cuestión es otra. Claudia Sheinbaum no necesita firmar cada decisión de su partido, es Morena quien ofrece la sombra presidencial a las candidaturas locales.

Morena creyó que llegó para quedarse, no está considerando las fisuras. Con esa soberbia se planta en el escenario para designar, tras bambalinas tiene que reconocer su debilidad y cede a sus aliados. Pagará ese costo, también el uso indiscriminado de la sombra presidencial.

Claudia Sheinbaum se ha mantenido al margen, ha declarado que las designaciones son asunto del partido, sabe que no hay costo para la sombra. Si el candidato gana, el resultado es respaldo a la presidenta. Si pierde, es problema de estructura, de candidato local o de coalición. Los resultados en Durango y Coahuila son la muestra de que la aprobación presidencial no necesariamente se traduce en votos.

Quien nombra asume la responsabilidad, Morena carga con todo el peso de las negociaciones y las contradicciones evidentes. Hasta ahora Morena ha usado el proyecto de transformación como pretexto para su discurso, como si no fueran múltiples tribus peleando el poder. El partido ya está siendo víctima de adelantar el proceso, siguen meses de señalamientos, oportunidades para la declaración equivocada, errores a cometer por los candidatos. Para cuando sean las elecciones del 2027 ese desgaste se cobrará en las urnas, la magnitud de las fisuras crecerá al grado de poner en peligro la edificación del proyecto transformador, ya no será un problema meramente estético sino una falla estructural.

La presidenta Sheinbaum mantiene su rumbo bajo el lema de continuidad, son dos edificaciones distintas.

 

Coda. Se puede cambiar el nombre de una candidatura, esconder una negociación bajo la palabra unidad y cubrir las grietas con la sombra presidencial. Lo que no se puede hacer es convencer a una casa con fisuras de que sigue intacta.

 

@edilbertoaldan

 

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