Para emprender, no basta con ser valientes

El otro lado de la política

Vivimos en una época en la que muchas de las enseñanzas y creencias con las que crecimos dejaron de existir.Nos dijeron que había que estudiar, conseguir un buen trabajo, comprar una casa, casarnos antes de los 30, trabajar durante décadas y, si todo salía bien, jubilarnos alrededor de los 60.

Ese era el camino.

El problema es que el camino cambió, pero seguimos enseñando a las nuevas generaciones a caminar como si nada hubiera pasado, como si el tiempo se hubiera detenido.

La economía cambió, el mercado laboral cambió, la tecnología cambió, las relaciones cambiaron, las prioridades cambiaron, y, aun así, seguimos preguntándonos por qué los jóvenes ya no quieren vivir bajo las mismas reglas.

Yo también crecí con esa idea.

Inicié en la política a los 16 años con la esperanza de hacer un cambio social y algún día ocupar un cargo público. Al salir de la universidad, el servicio público se convirtió en mi refugio. Ahí aprendí muchísimo, conocí personas que me hicieron entender distintas perspectivas de lo que yo creía que era la “política” y también confié, equivocadamente, en algunas de ellas, esas personas que solo veían por su bienestar.

Eso cambió mi vida.

Y quizá uno de los aprendizajes más difíciles fue entender que no podemos vivir eternamente culpando a otros por lo que nos sucede y hay momentos en los que nadie va a venir a rescatarnos, además que tu concepto de vida puede cambiar de un día a otro.

Hay momentos en los que tenemos que levantarnos, aunque no sepamos exactamente hacia dónde vamos.

Durante mucho tiempo tuve miedo de ir tarde en la vida, de no haber construido todavía algo próspero, de haber tomado decisiones equivocadas, de sentir que mientras otros avanzaban, yo seguía tratando de entender hacia dónde quería ir.Pero un día entendí algo:Mi peor escenario no era equivocarme, mi peor escenario era quedarme inmóvil.

Y entonces emprendí.

No hubo una gran inversión, no hubo una oficina, no hubo un equipo de expertos, no hubo un plan perfecto, pero hubo un “sí”.

Un sí a un stand en un evento local.

Y así comenzó una de las etapas que más me ha enseñado sobre la vida.

Empecé a leer sobre negocios y me encontré con documentos llenos de palabras que parecían escritas para alguien más: balances, planes de negocio, trámites, obligaciones fiscales, financiamiento, costos, estrategias.Yo solo quería vender, solo quería comenzar y entonces descubrí algo: emprender puede ser aterrador cuando nadie te enseñó cómo hacerlo.

Porque detrás de cada pequeño negocio hay una persona, alguien que quizá utilizó sus ahorros, alguien que pidió dinero prestado, alguien que dejó un empleo, alguien que decidió intentar algo porque ya no encontraba otra alternativa, alguien que está trabajando mientras sus hijos duermen, alguien que abre temprano y cierra tarde, alguien que sonríe frente al cliente, aunque ese día no haya vendido lo suficiente.

Por eso me parece peligroso romantizar el emprendimiento.

Emprender no siempre es libertad.

A veces es miedo, es incertidumbre, es trabajar más horas que antes, a veces es preguntarte si podrás pagar la renta, es ver tu cuenta bancaria y pensar: “¿y ahora qué hago?”, a veces es descubrir que sabes hacer muy bien lo que vendes, pero no sabes administrar una empresa, y a veces, es darte cuenta de que nadie te explicó qué hacer cuando las cosas empiezan a salir mal.

Tenemos que cambiar la conversación sobre el emprendimiento.

No basta con decirle a la gente:

“Emprende”.

“Sé tu propio jefe”.

“Persigue tus sueños”.

“Si quieres, puedes”.

Porque no siempre es cierto.

Hay personas que quieren emprender y no tienen acceso al financiamiento, quienes tienen una buena idea, pero no saben cómo formalizarla, hay quienes tienen un negocio, pero no saben administrar sus costos, personas que necesitan capacitación y no saben dónde encontrarla, otras que reciben un apoyo y después nadie vuelve a preguntarles qué pasó, y hay quienes terminan cerrando.

Cerraron no porque no hayan trabajado, no porque no hayan tenido talento, no porque no hayan tenido ganas, simplemente porque trabajar mucho no siempre alcanza cuando algunas condiciones están en tu contra.

Por eso necesitamos hablar de políticas públicas para emprendedores, pero desde una perspectiva mucho más humana.

Necesitamos saber cómo tener acceso a financiamientos, especialmente para quienes están comenzando y para las pequeñas empresas que difícilmente pueden acceder a la banca tradicional por no tener un historial.Necesitamos trámites más claros para abrir y formalizar un negocio, porque cuando una persona está intentando construir algo desde cero, cada día perdido en un trámite también tiene un costo.

Se necesitamás difusión en los programas, porque si existen muchos apoyos, pero de nada sirve que existan si el emprendedor nunca se enteró de cómo podía solicitarlo.Se necesita acompañamiento después de entregar un recurso, tenemos que preguntar si ese negocio seis meses después:

¿Sigue abierto?

¿Vendió más?

¿Generó empleos?

¿Creció?

¿El apoyo realmente sirvió?

Porque entregar apoyos no necesariamente significa transformar vidas, los resultados son los que deberían importar.

También necesitamos una educación más práctica, menos teoría y más herramientas para sobrevivir en el mundo real: ventas, costos, flujo de efectivo, administración, marketing digital, atención al cliente, impuestos y tecnología.

Se necesita impulsar la digitalización de las MIPYMES, hoy un pequeño negocio también necesita saber utilizar redes sociales, comercio electrónico, sistemas de cobro, facturación e inteligencia artificial.

Y necesitamos abrir mercados.

Porque no podemos decirle a un emprendedor “vende más” si después no existen suficientes espacios para que pueda colocar sus productos, se necesitan ferias, exposiciones, cadenas de proveeduría, compras empresariales y oportunidades reales a bajos costos, que se abran mas oportunidades y mas programas como la insignia “Hecho en Aguascalientes”, uno de los programas mas fuertes y con visión en el estado.

Porque también necesitamos hablar del consumo local.

Queremos negocios locales fuertes, pero muchas veces olvidamos que cada compra también es una decisión económica, pues cuando le compramos a un negocio local, el dinero puede quedarse circulando en nuestra comunidad y cuando dejamos de comprarle, también estamos tomando una decisión.

Necesitamos programas diferentes para realidades diferentes, no es lo mismo quien apenas está comenzando, que una empresa familiar, una microempresa consolidada o un negocio que quiere convertirse en proveedor de una gran compañía.

Y las oportunidades tampoco deberían quedarse únicamente en la capital, hay emprendedores en los municipios del interior que también tienen ideas, talento y ganas de crecer, también ellos necesitan oportunidades.

Se tiene que facilitar la formalización de los negocios para que represente un verdadero crecimiento económico para nuestro país, pues no podemos simplemente decirle a un negocio informal que se formalice sin preguntarnos qué obstáculos encuentra en el camino.

Si queremos más empresas formales, tenemos que hacer que formalizarse sea entendible, accesible y viable, necesitamos una verdadera vinculación entre gobierno, empresas y universidades, no solamente reuniones, no solamente convenios, necesitamos soluciones, capacitación, innovación, prácticas profesionales, transferencia de conocimiento, nuevos mercados, y sobre todo necesitamos impulsar a jóvenes y mujeres emprendedoras entendiendo que no todos enfrentan las mismas barreras.

Se debe dejar de medir el éxito de los programas únicamente por la cantidad de apoyos entregados, porque podemos entregar cientos de apoyos y esos mismos cientos de negocios pueden desaparecer unos meses después.

Entonces, ¿qué estamos midiendo realmente?

Deberíamos medir empresas creadas, empleos generados, incremento de ventas, supervivencia de los negocios, crecimiento, y algo que pocas veces se menciona:tranquilidad.

Porque detrás de cada empresa que sobrevive hay una familia que puede respirar un poco más tranquila, hay alguien que puede pagar una colegiatura, una renta, un crédito, una nómina, hay alguien que quizá decidió no irse del país porque encontró una oportunidad para quedarse, puede estar alguien que, después de perder un empleo, encontró una manera de volver a empezar.

Por eso emprender no debería ser una carrera de supervivencia, y tampoco deberíamos decirle a una persona que “si de verdad quiere, lo va a lograr”, a veces quiere y quiere muchísimo, pero necesita información, necesita financiamiento, necesita mercado, necesita acompañamiento, necesita una oportunidad, y sí, también necesita trabajar.

Porque nadie puede construir una empresa sin esfuerzo, pero el esfuerzo debería encontrarse con condiciones que permitan que ese esfuerzo dé frutos.

Yo todavía tengo miedo de ir tarde, todavía tengo dudas, todavía estoy aprendiendo, pero ya no veo aquel primer stand de la misma manera, hoy entiendo que aquel “sí” no solamente fue el inicio de un negocio, fue una manera de decirme a mí misma que todavía podía empezar de nuevo, y de eso se trata realmente emprender, no de tenerlo todo resuelto, no de convertirse en millonario, no de presumir una vida perfecta en redes sociales, a veces emprender simplemente significa negarte a aceptar que tu historia ya terminó.

Por eso, si queremos más emprendedores, no basta con decirles que sean valientes, tenemos que construir un entorno donde su valentía tenga posibilidades de convertirse en una empresa que sobreviva, porque detrás de cada negocio hay mucho más que una marca, esta una persona, una familia, existe el miedo, hay esperanza, años de trabajo, y, muchas veces, hay una segunda oportunidad.

Emprender nunca será fácil, pero hacer que sobreviva tu negocio, no debería ser innecesariamente difícil.

 

 

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