En estos tiempos
En estos tiempos me viene a la mente aquella entrevista en la que Salvador Dalí le gritaba a un desconcertado Jacobo Zabludovsky que su genio -él de Dalí- se reflejaba en su propia cosmogonía. A lo que se refería el artista español era al concepto alemán Weltanschauung: la estructura organizada y coherente de principios, creencias y valores desde la cual una cultura determinada interpreta la realidad en su conjunto. Mi profesor de teoría del Estado en la universidad lo llamaba cosmovisión y lo sintetizaba con una fórmula precisa: el lugar que le damos a los conceptos de Dios, Hombre y Mundo. A lo largo de la historia de la humanidad, la forma en que hemos entendido esos tres conceptos ha definido nuestra forma de vivir en su expresión más amplia posible. La cosmovisión no es solo cómo vemos el universo: es también qué lugar ocupamos en él.
Las primeras cosmovisiones fueron míticas. Entendíamos el mundo como un lugar que pertenecía a los dioses y en el que cohabitábamos nosotros. El sol, la luna, los desastres naturales, la lluvia y las sequías, la vida y la muerte dependían de los dioses y de su estado de ánimo. Hasta que, en el siglo VI a.C. aparecieron los filósofos presocráticos con la idea —incipiente pero firme— de que el universo no responde a los caprichos de seres mitológicos, sino que tiene leyes propias que lo rigen. No fue un cambio menor: fue la primera vez que el ser humano se atrevió a pensar que el mundo podía entenderse sin invocar a nadie.
Siglos después llegaron Copérnico, Galileo y Kepler a probar que la Tierra no era el centro del universo, sino que giraba alrededor del Sol. Vaya si esa idea nos hace replantear el lugar que ocupamos en él.
La teoría de la evolución de Darwin provocó sin duda otro cambio de cosmovisión. Nuestra especie —los Homo sapiens— somos el resultado de una larga evolución. Al igual que otras especies, hemos mutado a lo largo de cientos de miles de años con el único propósito de sobrevivir. Somos una especie entre millones que por ahora resultó dominante.
Los estudios de Einstein sobre el espacio, el tiempo, la gravedad y la luz tienen repercusiones que aún no alcanzamos a dimensionar. El tiempo no es absoluto. El espacio se curva. La realidad en su nivel más fundamental no funciona como nuestra intuición espera. Y sin haber terminado de procesar eso, ya enfrentamos un nuevo cambio de cosmovisión.
El 9 de septiembre de 2026, Jacob Coxon, investigador de 27 años que había trabajado en el preentrenamiento de modelos en OpenAI y en Anthropic, renunció públicamente señalando que la carrera de la inteligencia artificial estaba fuera de control y que para 2030 podía acabar con la humanidad. Horas después, Evan Hubinger—jefe de ciencia de alineamiento de Anthropic,el responsable de investigar cómo garantizar que los sistemas de IA se mantengan compatibles con los intereses humanos— lo respaldó sin titubear: “Realmente creemos sinceramente que la IA podría matar a todos los humanos. Personalmente, creo que hay más de un 10% de probabilidad de que eso ocurra en la próxima década.” Días después, más de 1,200 investigadores firmaron una carta abierta pidiendo desacelerar, entre ellos el propio CEO de Anthropic, Dario Amodei, el científico jefe de OpenAI y el científico jefe de IA de Meta.
Hoy no podemos saber si la humanidad será exterminada en 2030 por la inteligencia artificial. si eso no sucede, lo que sin duda sí ocurrirá es un cambio de cosmovisión. La inteligencia artificial alterará nuestra estructura organizada y coherente de principios, creencias y valores desde la cual interpretamos la realidad en su conjunto. Ya lo está haciendo.
Nos toca vivir un cambio de cosmovisión. Esto ya ha sucedido antes en la historia de la humanidad, en la historia de nuestra especie. Pero advierto dos factores que esta vez son distintos a todos los anteriores.
El primero: en todos los cambios de cosmovisión que hemos experimentado, hemos partido del supuesto de que somos la especie más inteligente del planeta, y que esa inteligencia nos ha permitido dominar la Tierra. En este cambio de cosmovisión, ese supuesto ya no se sostiene. Ya no somos la especie más inteligente que habita el planeta. Eso es nuevo. Y sus consecuencias para la forma en que nos entendemos a nosotros mismos son trascendentales.
El segundo es el tiempo. La inteligencia artificial avanza tan rápido que podemos perder el entendimiento del propio mundo en el que vivimos. Aún no terminamos de entender el impacto que tuvo el internet en nuestras vidas —en cómo nos relacionamos, cómo nos informamos, cómo trabajamos, cómo amamos— cuando ya tenemos encima una tecnología muchísimo más poderosa, de la que no conocemos sus límites, y cuya velocidad de desarrollo no espera a que la comprendamos.
A esto nos enfrentamos como humanidad, de nuestra propia especie depende nuestra supervivencia.