Aguantarse no es lo mismo que regularse

Entre neuronas

A muchos nos enseñaron que ser maduro es no mostrar lo que sentimos. "No llores", "no exageres", "aquí no pasa nada". Uno aprende a poner cara de que todo está bien y a seguirle.

El problema es que poner cara de que todo está bien no cambia lo que está pasando adentro.

Hay una distinción que en psicología se estudia desde hace más de veinte años. James Gross, de la Universidad de Stanford, y Oliver John, de Berkeley, publicaron en 2003 un trabajo comparando dos formas muy distintas de manejar lo que sentimos.

Una es la supresión: sentir algo y no dejar que se vea. Apretar los dientes, cambiar el tema, decir "estoy bien".

La otra es la reinterpretación: cambiar la manera en que estoy entendiendo la situación. No fingir que no me molesta, sino preguntarme si hay otra forma de leer lo que pasó.

Lo que encontraron es que no dan el mismo resultado. Las personas que suelen suprimir reportan más emociones negativas, no menos, y relaciones más difíciles. Las que suelen reinterpretar reportan lo contrario. Hay que decir que son estudios en buena parte de autorreporte, así que no hay que tomarlos como una ley, pero el patrón se ha repetido en varios trabajos posteriores.

Hay otro hallazgo que a mí me parece el más interesante: suprimir cuesta trabajo mental. En algunos experimentos, las personas a las que se les pidió no mostrar lo que sentían recordaban menos de la conversación que acababan de tener. Tiene sentido. Si buena parte de mi cabeza está ocupada en no dejar que se me note, queda menos disponible para escuchar de verdad al otro.

Ahora, cuidado con el otro extremo. Esto no significa decir todo lo que uno siente en el momento en que lo siente. Eso no es regulación, es aventarle la emoción al que tenemos enfrente. Hay situaciones donde no mostrar algo es lo correcto: en una junta, frente a un cliente, delante de los niños.

La diferencia está en lo que pasa después. Una cosa es guardarme algo en ese momento y atenderlo más tarde. Otra es guardarlo y ya nunca volver a él. Lo segundo es lo que se acumula.

Por ejemplo, gente que llega a consulta diciendo que "no siente nada" o que no sabe explicar qué le pasa, o que se sorprende cuando el cuerpo le avisa antes que la cabeza a través de dolor.

¿Qué se puede hacer, en concreto?

Lo primero, y suena demasiado simple: ponerle nombre. No "estoy mal", sino "estoy molesta porque me interrumpieron otra vez", o "tengo miedo de que esto no salga". Nombrar con precisión ayuda más que desahogarse en general.

Lo segundo es separar el hecho de la interpretación, igual que platicamos cuando hablamos de la ansiedad. "No me contestó el mensaje" es el hecho. "Ya no le importo" es una de varias explicaciones posibles, y no necesariamente la correcta.

Lo tercero es darle salida. Hablarlo con alguien, escribirlo, caminar, hacer ejercicio. No porque haya que "sacar lo negativo", sino porque las emociones traen activación en el cuerpo y esa activación necesita ir a algún lado.

Y algo que casi nunca nos decimos: preguntarnos para qué está esa emoción. El enojo muchas veces avisa que algo nos pareció injusto. La tristeza, que perdimos algo que nos importaba. El miedo, que hay algo en riesgo. No son errores del sistema. Son información, aunque a veces llegue desproporcionada.

Si le cuesta identificar lo que siente, o si lleva mucho tiempo con la sensación de estar apagado o al borde todo el tiempo, vale la pena hablarlo con un profesional. No hace falta estar en crisis para pedir ayuda.

Nadie nos enseñó a hacer esto. A muchos nos enseñaron lo contrario. Y se puede aprender después, aunque tome tiempo.

 

Karla Cassio
Maestra en Psicología Humanista | Directora de Fundación DEAS / Especialisita en Neurofeedback

 

Entre Neuronas es un espacio dedicado a acercar la psicología y la neurociencia a la vida cotidiana, con el propósito de comprender mejor nuestra mente y promover una cultura de salud mental basada en evidencia.

 

Fuentes

  • Gross, J. J. y John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348–362.
  • Richards, J. M. y Gross, J. J. (2000). Emotion regulation and memory: the cognitive costs of keeping one's cool. Journal of Personality and Social Psychology, 79(3), 410–424.

 

 

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