Ahí la llevamos
En el futbol mexicano está pasando algo difícil de explicar: puedes ganar y no subir. Puedes perder y no bajar.
Y quizá ahí comienza buena parte del problema.
Desde 2020, México suspendió el ascenso y descenso entre la Liga MX y la Liga de Expansión. Se argumentaron razones financieras, infraestructura y la necesidad de fortalecer a los clubes.
Seis años después, vale la pena revisar qué produjo aquella decisión.
Hoy la Liga MX tiene 18 equipos, pero esos clubes están distribuidos solamente en 13 entidades del país. Es decir, 19 de las 32 entidades federativas no tienen representación en Primera División, según los datos presentados por el senador Mauricio Vila durante el conversatorio celebrado esta semana en el Senado.
Aguascalientes tiene al Necaxa.
Pero Zacatecas tiene a Mineros. Oaxaca a Alebrijes. Yucatán a Venados.
Equipos, ciudades y aficiones que pueden competir en Expansión, pero que hoy no tienen garantizada una ruta hacia Primera simplemente por ganar dentro de la cancha.
Y aquí aparece la parte económica.
Durante el mismo foro se presentaron cifras que dimensionan la distancia entre ambas categorías: un club de Liga MX genera, en promedio, alrededor de 63 millones de dólares anuales, frente a aproximadamente 2.2 millones de uno de Expansión.
Casi 29 veces más.
En derechos de transmisión, la estimación presentada habla de una diferencia todavía mayor: 189 veces.
Entonces aparece una contradicción interesante.
Les pedimos a los equipos de Expansión mayor solidez económica para llegar a Primera, pero compiten dentro de un sistema donde la diferencia de ingresos entre una categoría y otra es gigantesca.
Es como pedirle a alguien que llegue al segundo piso, mientras discutimos si debe existir la escalera.
Y el asunto dejó de ser exclusivamente futbolístico.
El 21 de septiembre llegó al Senado de la República el debate sobre el regreso del ascenso y descenso.
Y días antes ocurrió algo todavía más relevante.
La Comisión Nacional Antimonopolio abrió la investigación IO-001-2026 por posibles prácticas monopólicas relativas en el mercado de afiliación, organización y acceso a las competiciones de futbol profesional federado en México. El aviso fue publicado oficialmente el 14 de septiembre.
Hay que decirlo con absoluta claridad: que exista una investigación no significa que se haya demostrado una práctica ilegal, ni que exista ya un responsable. La propia autoridad señala que se trata del inicio de un procedimiento y que todavía no se ha determinado definitivamente ni el mercado relevante ni posibles responsables.
Pero que el tema haya llegado hasta la autoridad de competencia económica debería ser suficiente para hacernos algunas preguntas.
Porque el futbol es pasión.
Pero también es negocio.
Televisión, patrocinios, estadios, publicidad, boletos, jugadores, derechos comerciales y franquicias.
Y cuando la puerta para entrar a Primera División deja de depender exclusivamente de lo que ocurre durante 90 minutos, inevitablemente tenemos que preguntarnos cuáles son las reglas para entrar.
Pensemos al revés.
¿Qué sucedería si mañana América o Chivas terminaran últimos y existiera nuevamente el descenso?
Probablemente habría consecuencias económicas importantes. Derechos de televisión, patrocinadores, taquilla y valor comercial entrarían en una realidad completamente distinta.
Precisamente por eso el debate no debería reducirse a gritar “que vuelva el descenso”.
Hay que discutir cómo hacerlo.
Se necesitan clubes financieramente sólidos. Estadios seguros. Infraestructura. Certidumbre para los inversionistas. Reglas comerciales claras.
Pero también hay otra palabra que no debería desaparecer del deporte:
Mérito.
Porque si eliminamos completamente la posibilidad de subir y bajar por resultados deportivos, terminamos modificando una de las ideas más elementales de cualquier competencia.
Que ganar tenga consecuencias.
Y perder también.
No creo que cada estado de México deba tener obligatoriamente un equipo de Primera División.
Eso sería absurdo.
Un club debe construir afición, infraestructura, inversión y condiciones para competir.
Pero una cosa es no llegar porque todavía no tienes esas condiciones.
Y otra muy distinta es no tener camino para llegar.
Ahí está la verdadera discusión.
No se trata solamente de decidir quién sube y quién baja.
Se trata de definir qué futbol queremos construir.
Uno donde pertenecer sea suficiente para permanecer.
O uno donde exista una ruta clara para que un proyecto pequeño pueda crecer, competir y algún día sentarse en la mesa de los grandes.
Porque detrás de Mineros, Venados, Alebrijes y cada club de Expansión existen empresarios que invierten, trabajadores que viven del equipo, jugadores que buscan una oportunidad y aficionados que también sueñan.
Y al final queda una pregunta extremadamente sencilla:
¿De qué sirve ser campeón si ganar ya no te permite subir?
El futbol mexicano necesita dinero.
Necesita inversión.
Necesita instituciones serias.
Pero nunca debería olvidar algo todavía más básico:
un partido se juega para ganarlo.
Y si ganar deja de cambiar tu destino, entonces quizá tenemos que preguntarnos qué estamos jugando.
Valter Schädtler