Desde el Segundo Piso
Uno abre el teléfono por la mañana y, antes del primer café, México ya se acabó tres veces. Un escándalo de corrupción, un asesinato, una declaración desafortunada, algún político explicando que no dijo lo que todos escuchamos que dijo, la oposición anunciando el fin de la República mientras turistea por París, y el oficialismo asegurando que nunca habíamos vivido mejor. Dos minutos después aparece un perro bailando, un meme de moda, y seguimos deslizando el dedo.
Bienvenidos al doomscrolling nacional.
Quizá el problema no sea que tengamos demasiada información, sino que hemos desarrollado una formidable capacidad para que casi nada nos importe demasiado tiempo. Los datos ofrecen una paradoja interesante: en México, 86 por ciento de las personas de seis años y más usó internet en 2025. Diez años antes eran 61 millones. Nunca habíamos estado tan conectados.
Lo extraño es que estar conectados no nos enseñó necesariamente a comunicarnos, y mucho menos a convivir en paz. Discutimos, bloqueamos, cancelamos, etiquetamos e insultamos.
Un lector me escribió en un chat una expresión que me pareció magnífica, nos estamos convirtiendo en "microagresores". No sé si exista esa categoría sociológica, pero candidatos sobran: todo nos parece agresión. El comentario del vecino, la opinión del cuñado, el tuit del periodista, la broma del compañero de oficina. Detectamos enemigos con una eficacia que envidiarían la CIA.
Existen, por supuesto, expresiones discriminatorias, discursos de odio y agresiones reales; no se trata de trivializarlos. Pero también existen el desacuerdo, la torpeza, el mal humor, la ironía y, aunque parezca absurdo recordarlo, personas que simplemente piensan distinto. Sin duda los sesgos hacen lo suyo, y mas cuando escasean la educación, la cultura democrática y la disposición para escuchar, cualquier discrepancia se siente declaración de guerra. Quizá lo verdaderamente extraordinario sea nuestra escala de indignación.
México obtuvo apenas 27 de 100 puntos en el Índice de Percepción de la Corrupción 2025: lugar 141 de 182 países, el último entre las 38 economías de la OCDE evaluadas.
Y aquí seguimos. Con una piel extraordinariamente gruesa para soportar la corrupción, y sorprendentemente delgada para soportarnos unos a otros.
Tal vez sea consecuencia de años de explicarnos el país en categorías morales, conservadores y transformadores, vendidos y patriotas. El fenómeno no pertenece a un solo partido; la oposición aprendió rápido el idioma de la descalificación. El problema empieza cuando esa lógica sale del Congreso y de Palacio Nacional y se instala en la sobremesa o en el chat de "juats". Ahí ya no encontramos ciudadanos frente a nosotros: encontramos etiquetas. Y un país donde todos sospechamos de todos termina siendo una campaña electoral permanente, sin tregua y sin paz.
Hay otra pérdida que me preocupa, nos estamos quedando sin ironía. Ahí viene la "ley de memes". La ironía exige una condición indispensable, no tomarnos demasiado en serio, sobre todo quienes ejercen el poder. Gobernantes, legisladores, jueces, alcaldes y funcionarios deberían recordar que un cargo público trae una cláusula no escrita, la gente puede criticarlos, cuestionarlos y, sí, burlarse de ellos.
La Suprema Corte dejó un precedente interesante en 2019. Al resolver el amparo en revisión 1005/2018, determinó que un funcionario que usa voluntariamente redes sociales para difundir información de su gestión se coloca en mayor escrutinio público, y ordenó al fiscal general de Veracruz desbloquear a un periodista. La resolución no eliminó la privacidad de los servidores públicos ni prohibió bloquear usuarios, pero la distinción importa, quien acepta el poder acepta también una dosis mayor de crítica. El cargo viene con oficina, salario y reflectores, pero no con el derecho constitucional a caerle bien a todo el mundo.
Por eso preocupa una sociedad donde cada crítica se interpreta como agresión y cada broma necesita certificado de inocuidad de la secretaría de salud mental
El peligro está en el otro extremo, mientras peleamos nuestras pequeñas guerras digitales, podemos volvernos indiferentes ante lo que de verdad importa. Ésa es la actitud blasé: corrupción, violencia, impunidad, abuso de poder... "otra vez lo mismo". Deslizamos el dedo, siguiente noticia, siguiente escándalo, siguiente meme.
Parece que estamos cambiando la indignación importante por miles de indignaciones diminutas, y eso sería un negocio espléndido para cualquier poder.
Quizá antes de refundar la República, convendría recuperar algo más elemental, la paz de vivir juntos sin convertir cada sobremesa, cada chat y cada tuit en la batalla definitiva entre el bien y el mal.
Y, de ser posible, volver a reírnos de nosotros mismos primero, y de quienes gobiernan también, que para eso sirve la libertad, carajo.
Neta que tamaño de clase política estamos eligiendo y creando; enanos intelectuales acaso. Es pregunta.
Autor : Ricardo Heredia Duarte