Opinión
La violencia que también entró a la escuela
Dr. José Mauricio López
Educador. Psicoterapeuta. Psicoanalista.
Durante décadas preguntamos qué necesita un niño para aprender.
Buenos maestros. Libros. Escuelas dignas. Alimentación. Tecnología. Métodos pedagógicos adecuados. Familias involucradas.
Hoy, en algunas regiones de México, debemos agregar una condición mucho más elemental:
sentirse a salvo.
La frase resulta tan obvia que parecería innecesario escribirla. Sin embargo, estamos viviendo una realidad en la que la violencia que ocurre fuera de las escuelas ha terminado atravesando también sus puertas.
Hay comunidades donde docentes, directivos, madres y padres deben contemplar escenarios que nunca debieron formar parte de la vida escolar: detonaciones cercanas, enfrentamientos armados, suspensión repentina de actividades, rutas inseguras o la necesidad de resguardar a estudiantes mientras pasa una situación de riesgo.
Las instituciones educativas mexicanas cuentan hoy con múltiples protocolos para enfrentar distintas formas de violencia. La Secretaría de Educación Pública mantiene incluso un repositorio de protocolos estatales para las 32 entidades federativas, mientras otras instituciones han desarrollado orientaciones de actuación ante situaciones de inseguridad que puedan afectar a estudiantes y docentes.
Los protocolos son necesarios.
Pero deberíamos detenernos un momento ante lo que significa haber tenido que escribirlos.
Porque cuando una escuela necesita enseñar cómo protegerse frente a la violencia, estamos frente a algo que rebasa la seguridad pública.
Estamos frente a un problema educativo.
Y también frente a un problema psicológico.
Imaginemos por un instante a un niño.
Tiene ocho años.
Está resolviendo una operación matemática cuando escucha detonaciones.
La maestra reconoce el sonido. Los alumnos reciben indicaciones. Se alejan de ventanas, buscan protección, esperan.
Después llega el silencio.
Tal vez alguien diga:
“Ya pasó.”
Pero ¿realmente pasó?
Para el adulto quizá terminó el episodio.
Para el sistema nervioso de un niño puede no haber terminado todavía.
El miedo tiene memoria.
Un niño expuesto repetidamente a situaciones amenazantes puede permanecer atento no solamente al pizarrón, sino también a los sonidos exteriores, los movimientos de los adultos, una sirena, una motocicleta, un ruido inesperado.
Y entonces aparece una pregunta que pocas veces forma parte de las discusiones sobre calidad educativa:
¿cuánta capacidad para aprender queda disponible cuando una parte de nuestra atención está ocupada en sobrevivir?
No deberíamos sorprendernos de que seguridad y aprendizaje estén relacionados.
Aprender requiere explorar.
Preguntar.
Equivocarse.
Concentrarse.
Jugar.
Imaginar.
Todas esas actividades necesitan un mínimo de confianza en el entorno.
Un niño que siente seguridad puede dirigir su atención hacia el mundo.
Un niño que percibe amenaza necesita dirigirla hacia el peligro.
No es falta de voluntad.
Es una respuesta humana elemental.
Por eso me preocupa que cuando discutimos los problemas de la educación mexicana reduzcamos demasiado fácilmente la conversación a programas, evaluaciones, presupuestos o resultados internacionales.
Todo eso importa.
Pero PISA no ocurre en el vacío.
Los estudiantes que responden una evaluación internacional llegan a ella después de haber vivido una historia.
Y México necesita comenzar a preguntarse también qué experiencias están acompañando a sus niños mientras intentamos educarlos.
Hay otra persona de quien hablamos poco:
el maestro que también tiene miedo.
Porque hemos construido alrededor del docente una figura casi imposible.
Debe enseñar.
Evaluar.
Detectar dificultades.
Mediar conflictos.
Atender necesidades socioemocionales.
Comunicarse con las familias.
Cumplir procedimientos administrativos.
Adaptarse a nuevas tecnologías.
Y en determinados contextos, además, conservar la serenidad suficiente para proteger a decenas de niños durante una emergencia.
Pero el maestro también es un ser humano.
También escucha los disparos.
También tiene familia.
También siente miedo.
También puede experimentar angustia.
No podemos pedirle que sea simultáneamente pedagogo, psicólogo, trabajador social y especialista en seguridad sin preguntarnos quién sostiene emocionalmente a quien debe sostener a los demás.
Los protocolos salvan vidas y deben existir.
Los docentes necesitan conocerlos.
Las escuelas requieren planes claros de emergencia y comunicación.
Pero debemos cuidarnos de algo mucho más profundo:
normalizar aquello para lo que estamos creando protocolos.
Que un niño aprenda cómo protegerse durante una situación de violencia puede ser indispensable.
Que lleguemos a considerar normal que tenga que aprenderlo sería una tragedia.
Porque la escuela debería representar una de las primeras experiencias de seguridad comunitaria fuera de la familia.
Un lugar donde el niño descubre que existen otros adultos que lo cuidan.
Donde aprende a convivir con desconocidos.
Donde encuentra reglas.
Horarios.
Límites.
Palabras.
Donde comprende que el mundo puede ser relativamente predecible.
Por eso cuando la violencia penetra simbólica o materialmente ese espacio, no solamente interrumpe una clase.
Interrumpe una confianza.
Y quizá ésta sea una de las deudas educativas de las que tendremos que comenzar a hablar con mayor seriedad.
No podemos exigir mejores resultados escolares sin preguntarnos por las condiciones en las que nuestros niños intentan aprender.
No podemos hablar de inteligencia artificial mientras algunos maestros están preocupados por la inteligencia más antigua de todas: reconocer un peligro y proteger a su grupo.
No podemos pedir concentración a quien vive pendiente de una amenaza.
La educación necesita matemáticas.
Necesita lectura.
Necesita ciencias.
Necesita tecnología.
Pero antes de todo eso necesita una condición elemental que ninguna reforma educativa debería dar por sentada:
un niño necesita saber que puede sentarse en su pupitre sin tener miedo.
El día en que enseñar a protegerse de una balacera nos parezca simplemente otra actividad escolar habremos cruzado una frontera peligrosa.
Porque una sociedad comienza a acostumbrarse a la violencia mucho antes de aceptarla públicamente.
Comienza cuando modifica su vida cotidiana para convivir con ella.
Y quizá por eso la pregunta educativa más urgente no sea solamente qué están aprendiendo nuestros niños.
Tal vez tengamos que preguntarnos también:
¿qué les estamos enseñando sobre el país en el que les ha tocado crecer?