Transeúnte
Hace unos días, un monaguillo me compartió su intención de dejar el acolitado. Al preguntarle por el motivo, me respondió con sencillez:
—Padre, ahora quiero servir como campanero.
Ante mi rostro de asombro, él mismo justificó su decisión:
—Ser campanero también es un servicio muy bonito e importante; gracias al sonido de las campanas, hay personas que se acuerdan de Dios y deciden venir a misa.
El argumento de este chico me hizo reflexionar profundamente sobre el sentido del servicio eclesial. Dentro de la Iglesia existen multitud de tareas, algunas tan discretas que pareciera que se pierden en el anonimato; sin embargo, absolutamente todas son valiosas. Desde la lógica evangélica, ningún servicio es secundario: todos se comprenden como el complemento perfecto que solo la fe en Jesucristo y la vivencia de la Iglesia como su Cuerpo Místico nos pueden dar.
San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, compara a la Iglesia con un cuerpo formado por muchos miembros que se necesitan y dependen unos de otros. En este Año de Pastoral de la Iglesia Pueblo de Dios, vale la pena revalorar la diversidad de carismas y ministerios presentes en nuestra comunidad. Los dones que el Señor nos regala no son para beneficio personal ni para ostentación, sino para la edificación común.
En el horizonte de la sinodalidad —que no es otra cosa que el arte de caminar juntos—, la lección de este joven nos recuerda una verdad fundamental de eclesiología práctica: en la Iglesia nadie sobra y todos tenemos una función insustituible. Ningún miembro del Cuerpo de Cristo es un mero espectador; todos estamos llamados a ser agentes activos desde nuestra propia vocación.
La efectividad del Reino no se mide con criterios humanos de eficiencia, aplausos o jerarquías de prestigio, sino con la fidelidad y el amor con que se desempeña cada encargo. Como enseñó la Constitución conciliar Gaudium et Spes, "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres, son también gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo". La Iglesia servidora no se encierra en sus templos ni se preocupa solo de su propia autorepreservación; sale al encuentro del mundo para sanar heridas, construir puentes y promover la dignidad humana.
Nunca debemos ver la Iglesia como una empresa. En una comunidad eclesial, la categoría del éxito nunca será la mejor.
Al final, la santidad y la misión de la Iglesia no dependen de la visibilidad ni del brillo de los reflectores, sino de la docilidad con que cada cual pone su carisma al servicio de todos. En este gran concierto eclesial, el tañido discreto de una campana, accionado por la fe de un niño, puede ser el instrumento exacto que Dios utilice para despertar un alma y convocarla de nuevo al altar.
¿Desde dónde realizo mi servicio en la Iglesia? ¿Desde los reflectores? O desde la lógica del auténtico servicio al estilo de Jesús?