En las familias, en las que es penado pensar distinto, sentir más, innovar, elegir, conectar etc, es decir hacerlo diferente, ya sea por trauma transgeneracional, por supervivencia o por narcisismo, es difícil aprender a confiar en la mismidad.
Si una persona en su infancia ha sido victimizado(a) por algún familiar, ya sea de forma emocional, física, psicológica o energética y los demás miembros del sistema no le defienden, escuchan y en el peor de los casos, no solamente se voltean hacia otro lado solapando o siendo cómplices del daño, sino que lo niegan, entonces, se ha sembrado la base para que ese ser humano viva con miedo, desconfianza, una gran herida de traición y por supuesto una desconexión consigo mismo(a) y una vida llena de dudas.
En este caso estamos hablando de que el mismo sistema en el que nacemos puede ser quien nos desconecte, en muchos de los casos de forma inconsciente de nosotros mismos.
O bien, también puede ser que la familia tiene una lealtad, a veces fanática, a veces por herencia, en otras ocasiones desde un lugar de gratitud con un péndulo, campo mórfico o egregor que sigue dominando o eligiendo en lugar de los miembros. Por ejemplo, pertenecer a algún dogma con ciertas reglas, a una clase socioeconómica, una religión o institución, puede crear mucha docilidad y obediencia ciegas, sin permiso para el cuestionamiento y entonces la imposibilidad de la escucha, la validación, la mirada, la autorización y la bendición para que las personas que pertenecen a dicho árbol genealógico, grupo social, cultural, o de cualquier índole puedan y se den el permiso de tener criterio propio, pensamiento crítico, sentimientos auténticos y no reprimidos, emociones sanas y fluidas, palabra, verdad, espontaneidad y autenticidad.
Porque no se puede ser uno mismo(a) en un espacio en donde las diferencias sean castigadas con el oprobio directo o disimulado. Posiblemente también en las instituciones educativas, deportivas o artísticas, por mencionar algunas, se pueda dar esa programación de acostumbrarnos a no experimentar una escucha de nuestro ser, es decir, no estar conectados(as) con nuestras necesidades, desde biológicas hasta sociales. ¿Cuántas veces algunas personas se quedan calladas y congeladas ante el espectáculo de la injusticia, la humillación o la falsedad?
Y es que es obvio, porque quien domina es el ego, el individual y el colectivo y si una sola persona se atreve a enunciar la rareza, la falta de integridad o la incoherencia de la situación, entonces habrá consecuencias.Pero si nadie señala la conducta, la acción o la situación retorcida, ilógica, agresiva, incoherente etc y solamente la dejan estar, ¿Cómo cabría un cambio? ¿Estaré exagerando? Te preguntas. Y dices: No quiero juzgar, no quiero criticar, no quiero condenar.
Y es que claro que no lo estás haciendo, cuando simplemente describes, sin malicia, expresas tus emociones con vulnerabilidad, escuchas a tu instinto con autoestima y expresas lo que no te cuadra, lo que no te parece, lo que te hiere, lo que hiere a otros, lo que está siendo vivido a través del vicio y para nada de la virtud.
Por eso muchas veces, necesitas que alguien más te compruebe lo que tus vísceras ya te avisaron, tu energía te ha gritado y tu criterio y sabiduría te han comprobado por sí mismos(as). ¿Te has puesto a pensar que en algunas ocasiones esa persona a la que le estás pidiendo consejo, validación y autorización, no está de ninguna manera preparado(a) para acompañarte en aquella situación en la que tú llevas acompañándote a ti mismo(a) durante mucho tiempo atrás?
Que tal vez sabes más del tema, que solamente tú estuviste en la situación, que transitaste por esa vivencia y saliste airoso(a), pero claro, ese ser humano que tienes enfrente, tiene licencias, tiene autoridad, tiene legitimidad, una que tú aún no has aún encarnado, porque posiblemente estás esperando a que alguien en un trono te la brinde.
La buena noticia es que cuando tu te ubicas en cuerpo y alma en tu ser, en tu propiocepción mental e intuitiva, así tengas a las más altas autoridades en las materias frente a tí y jamás desde el ego o la soberbia, sino que de tu autoconfianza, podrás refutar, sobre todo cuando el o la implicado(a) en las decisiones a tomar seas tú.
Tú, la persona más importante de tu vida, porque sin tí no hay nada, sin tí no hay otro, no hay amor, no hay compartir. Te necesitas y mucho.. Te mereces confiar en tu sabiduría y disolver las dudas que sembraron en tí, el colectivo, la sociedad, las instituciones o la familia, en un eterno presente de conexión con lo divino.
Cuando el mundo, en ocasiones te ha dado la espalda y no puedas volver a confiar en casi nadie, o bien la vida te haya podido abrazar, pero no te enseñaron a realmente escucharte ni sentirte, es importante elevar esa intención al cielo y con tus ojos cerrados aprender a escuchar tu propia sabiduría, no sin escuchar la que viene de otros labios, pero jamás dejándote a un lado y mucho menos dudando de los mensajes que tu espíritu, tu cuerpo, tu conciencia y tu corazón te envían en cada nimia situación de la vida.
Confiar en tí y dejar ir las dudas te abrirá la puerta a una autonomía y bendición hermosa para co-crear en tu vida. Respetar el saber del otro al mismo tiempo que lo haces con el tuyo, te hace parte de la ecuación y con ello de la vida, de tomar tu lugar que te aseguro, es un regalo hermoso para el resto de nosotros, que te reconocemos y agradecemos que nos muestres el dulce aroma de la confianza consciente, esa que fue atravesada por el instinto, la intuición y coronada por la razón y el espíritu.
Gracias por caminar juntos.
Tu terapeuta
Claudia Guadalupe Martínez Jasso.