¿Lo dije o lo pensé?
A partir del 3 de noviembre de 2026, los alumnos de primaria y secundaria tendrán restringido el uso de celulares y tabletas durante toda la jornada escolar, incluido el recreo. Podrán llevarlos guardados, con excepciones para emergencias o situaciones particulares. En bachillerato, cada plantel establecerá sus reglas y las universidades conservarán su autonomía. Esta medida anunciada por el gobierno federal tiene sentido. Esperar que con ella se resuelvan los problemas de aprendizaje sería pedirle demasiado.
Hay razones para apoyar la decisión. Una clase requiere atención, y revisar mensajes o videos mientras alguien explica dificulta seguir lo que se está enseñando. También parece razonable que el recreo permita conversar, jugar o simplemente convivir sin estar pendiente del teléfono. Los alumnos necesitan esos espacios, aunque al principio les moleste el cambio.
Pero guardar el celular tampoco vuelve buena una clase mal preparada o mejora libros de texto mal diseñados. Seguirán haciendo falta docentes con apoyo, materiales suficientes y atención para quienes se van quedando atrás. La restricción puede mejorarlas condiciones para aprender, pero el aprendizaje exige bastante más.
La aplicación merece tanta atención como el anuncio. Las familias deben saber cómo comunicarse con sus hijos ante una urgencia, qué ocurrirá si alguien incumple y cómo se atenderán las necesidades particulares. El maestro necesita reglas claras y respaldo de la dirección. Bastante trabajo tiene como para agregarle una discusión diaria con padres que exijan excepciones cada vez que su hijo quiera contestar un mensaje.
En casa también nos toca revisar hábitos. Cuesta exigirle a un adolescente que deje el celular si, cuando quiere contarnos algo, seguimos mirando nuestra pantalla. A veces entregamos el teléfono para que los niños se entretengan y después nos sorprende que les cueste soltarlo. Podemos empezar por algo concreto; por ejemplo, comer sin dispositivos y escuchar sin revisar notificaciones.
Además, estos alumnos seguirán usando internet al salir de la escuela. Necesitan aprender a reconocer un engaño, cuidar sus datos y entender las consecuencias de compartir una fotografía propia o ajena. Tendrán que saber cómo reaccionar ante el acoso y cuándo pedir ayuda. Todo eso requiere enseñanza y acompañamiento, incluso durante los años en que el teléfono permanezca guardado en la mochila.
Con las redes sociales hay que ser todavía más cuidadosos. Que un menor sepa abrir una cuenta y publicar videos no significa que esté preparado para manejar las críticas, resistir la presión de un grupoo decidir qué aspectos de su vida debe mantener privados. En la infancia, conviene retrasar su acceso; durante la adolescencia, permitirlo de manera gradual, con límites y acompañamiento. Pueden servir para aprender, compartir intereses y mantener amistades, pero los padres necesitamos saber con quiénes interactúan y conversar sobre lo que encuentran ahí. La decisión de permitirles una cuenta merece más consideración que un simple “todos mis amigos ya tienen”.
En preparatorias y universidades conviene discutir para qué se utiliza cada dispositivo. Consultar una fuente durante una actividad tiene una finalidad distinta de pasar la clase viendo videos. Los acuerdos deben explicar esa diferencia y aplicarse con consistencia. Tener más edad permite asumir responsabilidades, pero hace falta exigirlas y dar razones para cumplirlas.
También habrá que revisar los resultados, es decir, si mejora la atención, si aumenta la convivencia y qué dificultades encuentran los docentes.
Poner límites al celular en la escuela me parece una decisión acertada. A partir del 3 de noviembre habrá que hacerla funcionar. Las autoridades deberán respaldar a los maestros y las familias tendremos que revisar lo que permitimos en casa.