Opinión
Educar sigue siendo un encuentro entre seres humanos
Dr. José Mauricio López
Educador. Psicoterapeuta. Psicoananlista
Un niño permanece frente a una hoja sin escribir.
La maestra se acerca.
El ejercicio no parece particularmente difícil. Otros estudiantes ya comenzaron.
—¿No entendiste?
El niño baja la mirada.
—Sí entendí.
—Entonces, ¿qué pasa?
Silencio.
Finalmente responde:
—Es que yo no puedo.
Quizá uno de los momentos más importantes de aquella clase esté ocurriendo precisamente allí.
No en el pizarrón.
No en el libro.
No en el programa.
En esas cuatro palabras:
“Es que yo no puedo”.
Una inteligencia artificial podría explicarle el ejercicio de diez maneras diferentes. Podría ofrecer ejemplos, simplificar instrucciones, generar actividades personalizadas e incluso adaptar progresivamente su dificultad.
Todo eso representa una oportunidad educativa extraordinaria.
Pero alguien necesita escuchar que el verdadero problema de ese niño, en ese momento, quizá ya no sea el ejercicio.
Es la imagen que ha construido de sí mismo.
Los resultados de PISA 2025 llegan en un momento particularmente interesante porque coinciden con la expansión acelerada de la inteligencia artificial. La propia OCDE reconoce que la tecnología y la IA pueden fortalecer el aprendizaje, pero advierte que deben utilizarse con propósito y no convertirse en sustitutos de la atención, el esfuerzo y la comprensión.
Allí aparece nuevamente el maestro.
Durante años hemos escuchado que la tecnología transformará la educación.
Es verdad.
Lo está haciendo.
Pero quizá hemos formulado mal una pregunta.
No deberíamos preguntarnos:
¿Puede una inteligencia artificial sustituir a un maestro?
Primero deberíamos preguntarnos:
¿Qué entendemos por maestro?
Si un maestro es únicamente alguien que transmite información, probablemente una parte considerable de esa función pueda automatizarse.
Una máquina puede explicar la fotosíntesis.
Corregir ejercicios.
Proponer lecturas.
Traducir.
Construir ejemplos.
Preparar cuestionarios.
Identificar determinados patrones de error.
Y lo hará cada vez mejor.
Pero enseñar nunca ha sido solamente transmitir información.
Quienes hemos tenido un verdadero maestro lo sabemos.
Recordamos a alguien que nos hizo sentir capaces antes de que nosotros mismos lo creyéramos.
A quien formuló una pregunta que permaneció durante años.
A quien corrigió sin humillar.
A quien exigió porque descubrió posibilidades que todavía no veíamos.
A quien supo cuándo hablar.
Y también cuándo guardar silencio.
Quizá no recordamos exactamente qué tema estaba explicando aquel día.
Pero recordamos cómo nos hizo sentir frente al conocimiento.
Eso también es educación.
Existe algo profundamente humano en aprender delante de otro.
El niño observa si el adulto se entusiasma.
Percibe su impaciencia.
Reconoce cuándo realmente lo escucha.
Descubre si equivocarse está permitido.
Comprende muy pronto si la pregunta que formuló fue recibida como una molestia o como una posibilidad.
Antes de aprender matemáticas, ciencias o literatura, los seres humanos aprendemos también algo acerca de quiénes somos cuando intentamos aprender.
“Soy bueno para esto.”
“Esto no es para mí.”
“Siempre me equivoco.”
“Puedo intentarlo otra vez.”
Muchas de esas frases comienzan a escribirse en presencia de otros.
Por eso la educación posee una dimensión afectiva que durante demasiado tiempo hemos tratado como si fuera secundaria.
No significa convertir al maestro en terapeuta.
No lo es.
Significa reconocer que el vínculo pedagógico influye en la disposición para aprender.
La exigencia y el cuidado no son enemigos.
Un buen maestro puede ser profundamente exigente precisamente porque no ha renunciado al estudiante.
La tecnología, bien utilizada, podría incluso devolverle tiempo para esa tarea.
Si una herramienta ayuda a preparar ejercicios, organizar materiales, identificar dificultades o personalizar determinadas actividades, quizá el maestro pueda dedicar más energía a aquello que ninguna plataforma debería arrebatarle:
mirar a sus estudiantes.
Conocerlos.
Preguntar.
Escuchar.
Provocar curiosidad.
Construir comunidad.
PISA 2025 señala además que el entorno importa: la distracción digital durante las clases se relaciona con peores resultados, mientras políticas claras sobre dispositivos se asocian con menor distracción. La tecnología, por sí sola, no produce aprendizaje.
Ésa quizá sea una de las lecciones que deberíamos conservar.
Una herramienta puede ampliar extraordinariamente las posibilidades de un maestro.
Pero una herramienta no decide para qué educamos.
Esa decisión sigue siendo humana.
Estamos entrando en una época en la que probablemente nuestros estudiantes podrán obtener en segundos explicaciones mejores que muchas de las que nosotros mismos podríamos improvisar.
No deberíamos sentirnos amenazados.
Deberíamos sentirnos interpelados.
Porque entonces tendremos que recuperar aquello que verdaderamente justifica la presencia del educador.
No solamente saber.
Saber despertar el deseo de saber.
No solamente corregir.
Enseñar que equivocarse forma parte del pensamiento.
No solamente evaluar.
Ayudar a alguien a descubrir que puede avanzar un poco más de lo que imaginaba.
Tal vez dentro de veinte años las aulas estén llenas de tecnologías que hoy apenas podemos imaginar.
Pero seguirá existiendo algún niño frente a alguna forma de hoja diciendo:
—Yo no puedo.
Y la educación seguirá necesitando a alguien capaz de mirarlo y responderle, sin engañarlo y sin resolverle el camino:
—Todavía no. Vamos a intentarlo otra vez.
Ahí, precisamente ahí, seguirá comenzando un maestro.