Fue un día pesado.
Vas camino a casa, solo piensas en llegar, saludar a tu mascota, comer algo rico, darte un baño… dormir.
Ese momento en la regadera donde las gotas caen sobre tu cuerpo y, por unos minutos, sientes que también se llevan tus problemas, que todo lo malo se va por la coladera; sales de la ducha y algunas gotas todavía se quedan sobre tu piel, te pones la pijama, te acuestas.
Cierras los ojos y duermes.
Al día siguiente te levantas aún cansado, vas directo al baño para darte una ducha rápida, abres la llave.
Nada… solo se escucha el aire subiendo por las tuberías.
Vas al lavamanos con la esperanza de, al menos, poder lavarte la cara y los dientes.
Una gota.
Otra.
Y nada más.
Entonces entiendes que algo está mal.
Vas por el garrafón de agua, apurado, y sacas en un recipiente lo suficiente para lavarte la cara y los dientes. Y sales a trabajar.
Pero ese día ya no es igual.
En el trabajo no te concentras, sigues pensando: ¿Por qué no hay agua?
Tratas de convencerte de que al regresar a casa el problema estará solucionado, terminas tu jornada, regresas, abres la llave.
Y nada.
El problema sigue ahí.
Hablas con plomeros, fontaneros, al servicio de agua de tu municipio. Nadie te resuelve.
Pasan dos días, tres, una semana y sigues sin una gota de agua.
Te das cuenta de que no eres el único.
Empiezas a escuchar las mismas historias en otras colonias, quejas, bloqueos, manifestaciones, huelgas, familias desesperadas. personas buscando agua para lo más básico. Y entonces entiendes algo: el agua que conociste nunca volverá a ser igual.
El agua.
Un recurso natural indispensable para la vida.
Y, durante décadas, la hemos utilizado como si fuera infinita, como si abrir una llave fuera un acto automático, como si siempre hubiera agua detrás de esa tubería, como si nunca se fuera a acabar.
Y técnicamente el agua del planeta no va a desaparecer, pero sí puede desaparecer el agua disponible para nosotros. La que necesitamos para bañarnos, la que necesitamos para beber, la que necesitan las industrias, la que necesitan nuestras ciudades para funcionar, la que necesita el campo para producir.
Esa agua con la que estamos acostumbrados a vivir.
Y el punto es que el problema del agua no siempre se percibe hasta que deja de estar disponible y estamos empezando a entenderlo demasiado tarde.
El agua ya es parte de la conversación pública, varias colonias han denunciado falta del servicio durante días e incluso semanas y sí, hablamos de un derecho humano, pero también debemos entender algo: esta crisis no nació ayer.
No es culpa de una sola administración, no comenzó con un solo gobierno, es un problema de generaciones. Generaciones que consumieron el recurso como si nunca tuviera límites y políticas públicas que, durante años, resolvieron el problema inmediato, pero pocas veces pensaron en el problema de los próximos 20, 30 o 50 años, porque políticamente es mucho más sencillo resolver el problema de hoy que prevenir el problema de mañana.
Crecer también significa consumir agua.
Aguascalientes crece, llegan empresas, se construyen viviendas, aparecen nuevos fraccionamientos, se expanden las ciudades, se desarrollan parques industriales y cada nuevo habitante, cada nueva casa y cada nueva empresa necesita agua.
Durante mucho tiempo la lógica fue: “Primero construimos y después llevamos los servicios.”
Y claro, una portada que diga: “Construimos miles de nuevas viviendas” suena espectacular, pues te habla de crecimiento, de inversión, de desarrollo, pero hay una pregunta que pocas veces aparece en la fotografía: ¿Tenemos agua suficiente para sostener ese crecimiento?
¿Y si primero preguntamos cuánto agua tenemos y después decidimos cuánto podemos crecer?
¿Y si la disponibilidad del agua se convierte en una condición para decidir dónde construir?
Eso implicaría replantear completamente nuestras políticas públicas.
Y sí. Incomodaría a muchos.
Pero gobernar también significa tomar decisiones incómodas cuando está en juego un bien mayor, pues significaría comenzar a: limitar determinados desarrollos; exigir infraestructura adicional a nuevos fraccionamientos; combatir extracciones irregulares; exigir eficiencia a grandes consumidores; cambiar prácticas agrícolas; invertir más en mantenimiento que en obras visibles; restringir determinados usos; priorizar el consumo humano en determinadas circunstancias y muchas cosas más.
Porque el agua no puede seguir siendo una variable secundaria de la planeación, el agua tiene que decidir también cómo y hacia dónde crece Aguascalientes.
¿Y el campo?
En el acuífero Valle de Aguascalientes, según datos incorporados al Programa de Desarrollo Urbano señalan que 60.5 % del volumen de extracción corresponde al uso agrícola, frente a 31.1 % para uso público-urbano y 2.7 % industrial.
El dato puede utilizarse fácilmente para señalar al campo, pero hacerlo sería erróneo, pues la agricultura no es la culpable de esta crisis, el verdadero reto es otro: producir lo mismo utilizando menos agua.
Tecnificar, medir, reducir pérdidas, utilizar sistemas de riego más eficientes, cambiar prácticas, encontrar mejores alternativas. Porque quitarle el agua al campo tampoco es una política de futuro, la solución debe ser producir más con menos.
Y la industria tampoco puede quedar fuera.
Aguascalientes necesita industria.
La industria genera empleos, inversión y actividad económica, pero la industria también necesita agua. El agua debería convertirse en un factor de competitividad.
Empresas que utilicen menos agua, que reutilicen, que traten, que reduzcan desperdicios, que implementen mecanismos de ahorro, porque en el futuro, una empresa que necesite enormes cantidades de agua para producir podría encontrarse con una limitación mucho más importante que el costo de la energía o del suelo: la disponibilidad del recurso.
Pero también tenemos que hablar de nosotros, los ciudadanos, también tenemos responsabilidad.
Sí, tenemos que cuidar el agua, tenemos que cambiar hábitos, tenemos que dejar de desperdiciarla, pero sería demasiado fácil solo decir: “La gente desperdicia agua.” Porque una política pública tiene que distinguir entre dos cosas: consumo y pérdidas.
No sirve de mucho pedirle al ciudadano que cierre la llave si el sistema pierde agua antes de que llegue a su casa, por eso la estrategia tiene que combinar: Educación, medición, infraestructura, tarifas, reparación de fugas y cultura del agua.
Otro problema que no se ve es la infraestructura.
Cuando hablamos de agua, normalmente pensamos en pozos, pero el problema es mucho más grande. Necesitamos redes de distribución, drenaje, colectores, plantas de tratamiento, infraestructura pluvial, almacenamiento y mantenimiento.
Porque hay una contradicción que cada vez resulta más evidente: podemos tener demasiada agua en las calles durante una tormenta y, al mismo tiempo, no tener suficiente agua disponible para el futuro.
Entonces la solución también pasa por aprender a aprovechar el agua de lluvia: captarla, infiltrarla, almacenarla, conducirla, reutilizarla. Dejar de verla únicamente como algo que tenemos que sacar rápidamente de la ciudad, tenemos que dejar de pensar en el agua como desecho, aunque la cobertura de tratamiento de agua alcance alrededor del 97% en Aguascalientes, debemos preguntarnos: ¿Cuánta de esa agua tratada volvemos a utilizar?
Porque tratar el agua para después desperdiciarla no resuelve completamente el problema, tenemos que cambiar de modelo.
Pasar de una economía lineal: extraer - utilizar - desechar
a una economía circular: extraer - utilizar - tratar - reutilizar - volver a utilizar.
El agua tiene que volver a entrar al sistema, no podemos seguir pensando que cada vez que abrimos una llave necesitamos encontrar una fuente nueva.
¿Cuál sería el costo político?
Resolver el problema del agua requiere tomar decisiones, y probablemente muchas de ellas no serán populares, son decisiones necesarias, pero políticamente incómodas, porque muchas de ellas tienen algo en común: el beneficio se verá en el futuro, pero el costo político se paga hoy.
Es mucho más fácil tomarse la fotografía inaugurando una carretera que explicar por qué millones de pesos se están gastando en reparar una tubería que nadie verá.
Es más fácil anunciar nuevas viviendas que decir: “Este desarrollo no puede construirse aquí porque no existe capacidad hídrica suficiente.”
Es más fácil prometer crecimiento que hablar de sus límites. Y ahí es donde comienza la política pública del agua, porque cuando un recurso comienza a ser insuficiente, deja de ser únicamente un asunto técnico, para convertirse en una decisión sobre prioridades.
¿Qué ciudad queremos construir?
¿Qué industria queremos atraer?
¿Qué agricultura queremos conservar?
¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por garantizar el servicio?
¿Cuánto crecimiento puede soportar nuestro territorio?
Y, sobre todo:
¿Estamos dispuestos a tomar hoy decisiones que quizá nadie nos agradecerá, para evitar mañana una crisis que todos lamentaríamos?
“¡Cuidar el agua!”
Miles de bardas. Miles de anuncios. Miles de campañas… La frase está en todas partes.
Pero el verdadero reto no es repetirla, es convertirla en política pública, porque cuidar el agua no puede convertirse en otro eslogan y mucho menos en una herramienta política rumbo a las elecciones de 2027.
El agua no debería utilizarse para repartir culpas entre partidos, no debería convertirse en otro campo de batalla electoral, porque mientras unos discuten quién tiene la culpa, hay familias que están abriendo una llave y no reciben ni una gota de agua.
Y ese es el problema real.
La ciudadanía no vive la crisis en un discurso, la vive en su casa, en su baño, en su cocina, con sus hijos, con sus padres, con su familia.
Por eso, es el momento de dejar de preguntarnos: “¿Quién tiene la culpa?”
Y comenzar a preguntarnos: “¿Qué vamos a hacer?”
Porque el agua no entiende de partidos, no entiende de elecciones, no entiende de colores, no entiende de discursos, pero sí entiende de límites.
Y esos límites ya están aquí.
Dejemos de echar culpas políticas y empecemos a mirar de frente la realidad de esta crisis, porque ojalá nunca tengamos que descubrir el verdadero valor del agua cuando ya no salga ni una sola gota al abrir una llave.