México frente a la inteligencia artificial: el riesgo de quedarse atrás

Razones

En el debate global sobre el desarrollo de la inteligencia artificial ha predominado una visión apocalíptica: la posibilidad de que esta tecnología termine por desplazar al ser humano o incluso poner en riesgo su futuro. Mientras tanto, en la carrera asimétrica por el dominio de la inteligencia artificial entre China y Estados Unidos, México parece observar desde la distancia. En nuestro país, el tema sigue concentrado principalmente en algunos editorialistas, especialistas y académicos, sin convertirse todavía en una discusión pública de la dimensión que exige el momento.

El cambio que atraviesa la humanidad es profundo. No se trata únicamente de la inteligencia artificial, sino de la convergencia de distintos desarrollos tecnológicos que están modificando la economía, el empleo, la educación y la vida cotidiana. La robótica, el blockchain, la economía digital y la irrupción de las criptomonedas en las transacciones globales forman parte de una transformación que ya está reconfigurando la manera en que producimos, trabajamos, aprendemos y nos relacionamos.

En los últimos años, el desarrollo de la web y de la robótica también ha provocado un desplazamiento de determinadas formas de trabajo. Frente a ese escenario, México inicia de manera tímida su incorporación al desarrollo de estas tecnologías. El problema no es solamente tecnológico. También es educativo, económico y social, porque la capacidad de un país para participar en esta transformación depende de las decisiones que tome hoy.

Sin embargo, parte del debate nacional parece reducirse a asuntos mucho más estrechos. En educación, por ejemplo, la discusión se ha concentrado en si deben utilizarse o no las pantallas en las escuelas. La respuesta ha sido, en algunos casos, tajante: eliminarlas. Pero una decisión de este tipo corre el riesgo de dejar fuera una discusión más amplia sobre el desarrollo de la tecnología educativa y el papel de la informática en la formación de las nuevas generaciones.

Es cierto que, para muchos jóvenes, la pantalla está asociada al uso de redes sociales, al entretenimiento y a una exposición permanente a enormes cantidades de información distribuida por algoritmos. En ese sentido, la escuela puede convertirse durante algunas horas en una barrera frente a esa saturación. Sin embargo, el problema aparece cuando las decisiones públicas se plantean bajo una lógica de suma cero: todo o nada.

Cada vez con mayor frecuencia se toman decisiones sin establecer criterios que permitan analizar las distintas circunstancias, contextos y necesidades. Eliminar por completo una herramienta no equivale necesariamente a enseñar a utilizarla de manera responsable. Y en un entorno marcado por la transformación digital, la educación también debería ofrecer elementos para comprender la tecnología, no solamente para alejarse de ella.

Existe, además, un riesgo de desigualdad. Mientras muchas escuelas privadas incorporan cada vez más herramientas tecnológicas a sus procesos educativos, las escuelas públicas podrían quedar en una posición distinta si la respuesta institucional consiste simplemente en limitar o excluir las pantallas. Esa diferencia puede profundizar la distancia entre quienes tienen acceso a una educación de paga y quienes asisten a una escuela pública.

La discusión, por lo tanto, no debería limitarse al dispositivo. También debe considerar los contextos familiares. El éxito de cualquier política relacionada con el uso de pantallas dependerá en buena medida de lo que ocurra fuera del salón de clases. Los jóvenes que no tengan acceso a sus dispositivos durante el horario escolar podrán utilizarlos al regresar a casa, y es ahí donde la supervisión familiar adquiere un peso específico.

Por eso surgen preguntas que parecen tener poca presencia en la conversación pública. ¿Se desarrollarán escuelas para padres que les permitan conocer criterios para regular en casa el uso de las pantallas? ¿Las asociaciones de padres de familia cuentan con una estrategia de diálogo con la autoridad educativa? ¿La Secretaría de Educación Pública contempla talleres, orientación e información sobre el manejo de los riesgos asociados con estas tecnologías?

Son preguntas relevantes porque el problema es complejo y no puede resolverse únicamente con prohibiciones. Las pantallas, las redes sociales, los algoritmos y la inteligencia artificial forman parte de un ecosistema tecnológico que seguirá creciendo. La escuela no puede ignorarlo, pero tampoco puede incorporarlo sin reglas, objetivos y criterios claros.

México necesita una discusión más profunda sobre su relación con la tecnología. Mientras otras economías avanzan en inteligencia artificial, robótica, blockchain y digitalización, nuestro debate corre el riesgo de quedarse atrapado en decisiones parciales. Frente a un problema complejo, seguimos recurriendo a medidas lineales.

El reto no es elegir entre tecnología o educación, entre pantallas o escuela, entre innovación o protección. El desafío consiste en construir criterios que permitan entender cada contexto y reducir los riesgos sin ampliar las desigualdades. Si México quiere participar de manera seria en la transformación tecnológica que está redefiniendo al mundo, tendrá que abandonar las respuestas de todo o nada y desarrollar una conversación pública más amplia, informada y responsable.

 

 

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