Ahí la llevamos
Hay una pregunta que millones de padres nos hacemos todos los días, aunque pocas veces la pronunciamos en voz alta: ¿estamos preparando a nuestros hijos para el mundo que les va a tocar vivir?
Trabajamos, hacemos sacrificios, compramos uniformes, útiles, computadoras y pagamos clases adicionales cuando podemos. Queremos que nuestros hijos tengan oportunidades que quizá nosotros no tuvimos. Que sean felices, que sean personas de bien y, sobre todo, que tengan las herramientas necesarias para construir su propio futuro.
Pero hay algo que debería preocuparnos tanto como padres como sociedad: podemos hacer un esfuerzo enorme por llevar a nuestros hijos a la escuela y, aun así, no tener la certeza de que estén aprendiendo lo que necesitan para enfrentarse a la vida.
Porque una cosa es asistir a clases y otra muy distinta es aprender.
Los resultados de PISA 2025, publicados el pasado 8 de septiembre por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), nos colocan frente a una realidad que merece toda nuestra atención: solamente tres de cada diez estudiantes mexicanos de 15 años alcanzaron al menos el nivel básico de competencia en matemáticas. El promedio de los países de la OCDE fue de 65%. México obtuvo 388 puntos, frente a los 463 del promedio de esa organización.
Tres de cada diez.
No estamos hablando de resolver ecuaciones imposibles ni de formar una generación de matemáticos. Estamos hablando de que nuestros jóvenes puedan comparar precios, interpretar una gráfica, calcular distancias, entender porcentajes o reconocer cuánto terminarán pagando por un crédito.
Estamos hablando de conocimientos que van a necesitar cuando cobren su primer sueldo, administren su dinero, emprendan un negocio o tengan que tomar decisiones que afectarán su patrimonio.
Las matemáticas que un joven no aprendió dentro del salón de clases se las va a encontrar afuera, en la vida.
Por supuesto que debemos reconocer el impacto de la pandemia. Interrumpió procesos educativos, profundizó desigualdades y afectó a millones de estudiantes en todo el mundo. De hecho, el promedio de matemáticas de la propia OCDE también disminuyó entre 2022 y 2025.
Pero reconocer ese contexto no significa que debamos conformarnos con los resultados.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha cuestionado las limitaciones de PISA para evaluar países con realidades económicas y sociales diferentes. También ha destacado indicadores positivos del sistema educativo mexicano, entre ellos el desempeño de las escuelas públicas y el acompañamiento que reciben los estudiantes de sus maestros.
Es una discusión que merece ser escuchada. Ninguna evaluación internacional puede explicar por sí sola toda la complejidad de un sistema educativo.
Sin embargo, cuestionar una metodología no resuelve las deficiencias de aprendizaje que esa misma evaluación identifica.
Y aquí es donde debemos cambiar el centro de la conversación.
No se trata solamente de discutir quién tiene razón en el debate político. Se trata de saber qué conocimientos están adquiriendo nuestros hijos y qué estamos haciendo para mejorar sus oportunidades.
El exsecretario de Educación Aurelio Nuño también ha planteado una discusión sobre el rumbo de la política educativa, las becas, las Escuelas de Tiempo Completo, los planes de estudio y la carrera docente.
Son asuntos que merecen una revisión sustentada en evidencia. Las decisiones educativas tienen consecuencias que trascienden los periodos de gobierno, y sus resultados deben evaluarse considerando tanto los aprendizajes como las condiciones sociales y económicas de los estudiantes.
Porque la educación no debería reinventarse cada vez que cambia una administración. Necesita continuidad, diagnósticos, objetivos claros y la capacidad de corregir aquello que no esté funcionando.
También necesitamos mirar lo que sucede en nuestras entidades federativas.
Jalisco cuenta con un instrumento estatal de evaluación educativa que permite identificar avances y áreas de oportunidad en sus estudiantes. Sus resultados deben interpretarse conforme a su propia metodología y no compararse directamente con los porcentajes de PISA, porque son evaluaciones diferentes.
Lo relevante es entender cómo se utiliza esa información: qué decisiones se toman a partir de los resultados, qué apoyo reciben los maestros y cómo se atiende a los estudiantes que presentan mayores dificultades.
Ese mismo ejercicio debe realizarse en Aguascalientes.
Tenemos estudiantes talentosos, maestros comprometidos y familias que todos los días hacen un esfuerzo extraordinario por la educación. Pero también tenemos diferencias importantes entre las oportunidades que puede recibir un niño dependiendo de su entorno familiar, su condición económica o la escuela a la que asiste.
La pregunta es cómo conseguir que el acceso a una educación de calidad no dependa del lugar donde nació un niño ni de cuánto dinero tienen sus padres.
Necesitamos conocer con precisión qué están aprendiendo nuestros estudiantes, detectar oportunamente sus dificultades y fortalecer las herramientas de quienes están frente al grupo.
Medir no debería servir únicamente para presumir resultados o señalar responsables. Debería servir para tomar decisiones.
Y esas decisiones deben tener una prioridad: que los estudiantes aprendan.
Al final, podemos discutir los resultados de PISA, las políticas de cada administración, las propuestas de los especialistas y las experiencias de otros estados.
Pero hay algo que no podemos perder de vista.
Detrás de cada porcentaje hay un joven que dentro de pocos años tendrá que enfrentarse a un mundo cada vez más complejo, donde la tecnología, la inteligencia artificial y las nuevas formas de trabajo exigirán conocimientos que van mucho más allá de memorizar información.
Un joven que necesitará pensar, cuestionar, comprender y decidir por sí mismo.
Y detrás de ese joven hay una familia que confía en que la escuela le está dando las herramientas necesarias para construir su futuro.
Por eso educar no es preparar a nuestros hijos para pasar un examen.
Es prepararlos para enfrentar la vida.
Y si millones de padres mexicanos hacemos todos los días un esfuerzo enorme para darles la mejor educación que podemos, tenemos derecho a conocer los resultados de ese esfuerzo colectivo y a exigir que las instituciones educativas cumplan con su responsabilidad.
Porque el verdadero costo de una educación insuficiente no aparece en una boleta de calificaciones.
Aparece años después, cuando una persona descubre que le faltan herramientas para aprovechar una oportunidad, defender su patrimonio o tomar una decisión importante.
La educación que hoy reciben nuestros hijos será parte de las oportunidades que tendrán mañana.
Y la pregunta que deberíamos hacernos, desde nuestras casas hasta las oficinas donde se toman las decisiones públicas, es muy sencilla:
¿Estamos preparando a nuestros hijos para enfrentar la vida o solamente para terminar la escuela?
Walter Schädtler Contreras