Más allá de las etiquetas

Transeúnte

Frecuentemente me ha tocado conversar con personas que por alguna razón se sienten etiquetadas por la sociedad. Muchas de ellas cargan en silencio el dolor por estas acciones que les hacen sentirse juzgados y señalados por los demás. Sin embargo, considero que más allá de la opinión o juicio que una persona haga sobre otra, lo más importante es animarnos a reconocer nuestra propia verdad.   Santa Teresa de Ávila dice que: “humildad es andar en verdad”, tal vez el principal cuestionamiento que podamos hacernos es preguntarnos: ¿cuál es nuestra propia verdad? Tener una buena autoestima, tiene mucho que ver con saber quiénes somos nosotros mismos realmente. Para Dios todos somos sus hijos, ser hijos de Él no es una etiqueta, sino una realidad de nuestra propia vida.    “Andar en verdad” implica despojarnos de las máscaras, tanto de las que nos imponen desde fuera como de las que a veces construimos para protegernos. La propia verdad no radica en los éxitos, en los fracasos, ni en el juicio social, sino en el reconocimiento honesto de lo que somos: seres limitados, pero infinitamente valiosos a los ojos de Dios.   El creyente en Dios bien podría y tendría que definir su propia vida desde su filiación divina. Dios no nos coloca etiquetas. Estoy convencido que Él no nos define a nosotros por nuestras diversas situaciones, sino que lo hace desde su ser de Padre.    Muchas de estas etiquetas cargan el peso de historias pasadas, de equivocaciones antiguas o de expectativas ajenas que nunca pedimos llevar. La sociedad suele condenar a la persona a quedarse estancada en su peor momento. Sin embargo, Dios no nos mira desde la lógica del archivo ni del expediente; su amor renueva, perdona y devuelve la dignidad intacta a quien se acerca a Él   De manera que la verdadera identidad del ser humano no se construye a partir de las miradas ajenas, los prejuicios o las circunstancias pasajeras, sino desde la certeza de sentirse profundamente amado y acogido por su Creador.   Cuando una persona logra comprender y asumir su filiación divina, las etiquetas de la sociedad pierden su peso destructivo. Las etiquetas humanas suelen limitar, clasificar y dividir, encerrando a la persona en sus errores, sus fragilidades o en las expectativas de los demás. En cambio, la mirada de Dios dignifica, libera y restaura. Él no nos observa a través del cristal de nuestras imperfecciones o de la opinión pública, sino con la ternura de un Padre que conoce nuestra historia completa, nuestras intenciones más profundas y el valor incalculable de nuestra alma.   Por eso, el reto cotidiano no es solo liberarnos de la dictadura del juicio ajeno, sino aprender a mirarnos y mirar a los demás con los ojos del Padre. En un mundo obsesionado con clasificar y descartar, recordar nuestra filiación divina es el acto de libertad y sanación más profundo al que podemos aspirar.  
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