Paz para todos, en todas partes y todos los días

Desde el segundo piso

El 21 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Paz. La Asamblea General de las Naciones Unidas lo estableció en 1981 y, dos décadas después, en 2001, fijó esa fecha como jornada mundial de no violencia y alto el fuego. Suena bien. El problema es cómo hablar de paz cuando la violencia se volvió parte de nuestra cotidianidad. En México, la inseguridad, los delitos de alto impacto y, sobre todo, las desapariciones nos obligan a preguntarnos si no hemos terminado por normalizar lo que nunca debió parecernos normal. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas se actualiza de manera permanente, y detrás de cada registro hay una ausencia, una familia y una búsqueda. Quizá por eso hemos aprendido a pensar la paz como algo externo, como una responsabilidad del gobierno, de las policías, de los tribunales o de quienes negocian el fin de una guerra. Sin embargo, la paz empieza mucho más cerca. La inseguridad nos ha vuelto desconfiados y vemos "moros con tranchete" por todas partes. Construimos cotos, levantamos bardas, instalamos cámaras y contratamos vigilancia para sentirnos a salvo frente al otro. Basta subirnos al automóvil para encontrar otra contradicción, peleamos el asfalto metro a metro, no dejamos pasar al de junto, aceleramos para impedir que alguien se incorpore y arriesgamos un accidente con tal de ganar diez segundos rumbo al destino. Y hay una paradoja todavía más interesante, mientras nos aislamos físicamente, vivimos hiperconectados en lo digital. Trabajamos, pasamos horas trasladándonos y, al llegar a casa, muchas veces no convivimos, solo nos encerramos en el smartphone, hacemos scroll infinito o abrimos alguna plataforma de streaming. Dejamos de ser solamente ciudadanos para convertirnos también en datos, perfiles y patrones de consumo que alimentan algoritmos diseñados para retener nuestra atención. Aquí viene la pregunta incómoda ¿qué tanta diferencia existe entre el dealer que necesita mantener enganchado a su consumidor y las plataformas cuyo negocio depende de que no soltemos la pantalla?   La comparación podrá parecer exagerada, pero el mecanismo merece discutirse. Nuestra atención tiene valor económico, y también lo tiene nuestra indignación. Un estudio reciente de los economistas Fabrizio Germano, Vicen Gómez y Francesco Sobbrio, publicado en el Journal of Public Economics (marzo de 2026), modela precisamente ese círculo vicioso entre algoritmos y usuarios. Su hallazgo central es que, cuando una plataforma da más peso a los "me gusta" y a los contenidos compartidos, aumenta la interacción, pero también la desinformación y la polarización. La razón es que los usuarios con posturas más extremas reaccionan y comparten con mayor frecuencia, y el algoritmo termina dándoles más visibilidad. Los autores encuentran, además, evidencia consistente con ese mecanismo en encuestas de Italia y Estados Unidos tras la actualización de 2018 con la que Facebook reforzó ese tipo de interacciones. Es decir, el pleito es mas rentable. Me recuerda a La Casa de los Famosos. Cuando los habitantes conviven con demasiada cordialidad, aparece un problema para el espectáculo, sin conflicto hay menos conversación, menos polémica y, posiblemente, menos audiencia. Es el viejo principio de la televisión, llevado ahora a una escala algorítmica gigantesca. No pretendo culpar a una plataforma por nuestras conductas. La decisión de insultar, agredir, compartir una mentira o tratar con dignidad al otro sigue siendo nuestra. Pero sí vale preguntarnos qué responsabilidad tienen quienes diseñan sistemas que pueden beneficiarse económicamente del enojo.   ¿Y si comenzáramos a medir esa externalidad? No para censurar contenidos ni crear policías del pensamiento, sino para algo distinto: medir el impacto de los algoritmos y modelos de negocio que premian sistemáticamente la confrontación, e incluso discutir si deberían existir incentivos o cargas económicas para quienes se benefician de amplificar contenidos que fomentan deliberadamente la polarización. Puede sonar raro, pero el propio estudio de Germano, Gómez y Sobbrio plantea un "impuesto al engagement": un gravamen por cada interacción de este tipo que modifique los incentivos de las plataformas sin necesidad de prohibir contenidos ni dictarles cómo diseñar sus algoritmos.   Porque quizá la paz del siglo XXI también tendrá que construirse en los algoritmos. Este año la ONU recuerda algo elemental, la paz no se construye solo en las salas de conferencias; la construimos las personas, en todas partes y todos los días. También cuando manejamos, cuando hablamos con el vecino, cuando discutimos con quien piensa distinto. Y, por supuesto, cuando decidimos qué hacemos con el siguiente scroll. Porque si renunciamos voluntariamente a esa responsabilidad y dejamos que un algoritmo, o algunos políticos, decidan de manera permanente qué debemos mirar, odiar, temer o confrontar, quizá sí merezcamos que algún día la hija de Skynet nos alcance. Es pregunta.  
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