PISA, escándalo y defensa

Bajo presión

Los resultados de la evaluación PISA han desatado una tormenta en medios y redes sociales. México está peor que nunca, los estudiantes no saben nada, el sistema educativo colapsó por la Nueva Escuela Mexicana. Los señalamientos, quejas y denuncias son uniformes en el tono: catástrofe, fracaso y vergüenza nacional. Ninguna nota, o casi ninguna, se detiene a leer el informe completo, a matizar, a preguntar qué significa realmente “resiliencia” en un contexto de retroceso global, que fue la palabra con que la OCDE caracterizó a los profesores y estudiantes mexicanos. México ha mantenido, en general, su corona, mientras que muchos otros países han retrocedido, a veces el progreso en la educación consiste en ir más rápido, pero otras veces es mantenerte firme cuando los vientos soplan en tu contra, y México lo ha hecho mientras abre las puertas para la educación de forma más amplia. La historia más alentadora no es lo que saben los estudiantes mexicanos sino la forma en que abordan el aprendizaje, dijo Andreas Schleicher, director de Educación y Competencias en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Agregó que a diferencia de otros países de la OCDE, México está ampliando las oportunidades educativas, en este país, el sistema educativo está llegando a más jóvenes, incluidos los que viven en entornos marginales y la brecha entre estudiantes favorecidos y desfavorecidos no se ha ampliado, al grado de que ese abismo es menor a la media de los países de la OCDE, un mensaje “poderoso”: una mayor inclusión no compite con otros factores. La OCDE señala que México ha avanzado tanto en el fomento a la ciencia como en la distribución de profesores, y las escuelas mexicanas están menos segregadas socialmente que en muchos sistemas educativos europeos, el mensaje finaliza indicando que el desempeño de los estudiantes mexicanos cuentan con la mejor capacidad en un mundo moldeado por la IA, uno en el que se recompensará a quienes sepan las preguntas que hacer, a distinguir de entre el ruido para descomponer la complejidad y usar la tecnología no para reemplazar sino para extender su propio conocimiento, “México tiene bases sobre las que puede construir resultado de aprendizajes resilientes. Profesores comprometidos, estudiantes curiosos y persistentes, ampliación de oportunidades educativas y un sistema educativo en el que el trasfondo social determina el destino algo menos que en muchos otros países. El reto es convertir esos cimientos en impulso” y remata con que el capítulo más importante en la historia educativa mexicana aún está por venir. El problema es que nadie le dijo a la presidenta Claudia Sheinbaum que eso había ocurrido, que ese era el mensaje de la OCDE, nadie le avisó del video de Schleicher, en las páginas de la OCDE, porque ella y su gabinete están en modo defensivo, la postura oficial fue descalificar la evaluación, cuestionando su pertinencia, defendiendo con fervor religioso el modelo de Marx Arriaga, y en ese afán de blindar sus decisiones, olvidar lo más importante: los datos de la OCDE no son un veredicto; también hay reconocimiento, matices y recomendaciones que podrían orientar una política educativa más inteligente.  El resultado es un debate secuestrado. Por un lado, medios que reducen la evaluación PISA a un ranking de vergüenza. Del otro, un gobierno que responde en automático con descalificaciones y defensa irracional. En medio, lo que debería ser una deliberación pública sobre el estado de la educación mexicana se convierte en un intercambio de gritos. Nadie lee el informe. Nadie cita a Schleicher. Nadie pregunta qué significa que 8 de cada 10 estudiantes mexicanos muestren curiosidad por aprender, o que la mayoría considere que sus profesores se preocupan por ellos. Porque lo importante es posicionarse en uno de los extremos, es decir, no importa la información sino la reacción. El periodismo, en su afán por el clic y el escándalo, ha convertido PISA en un espectáculo de horror. Se extraen los datos más dramáticos, se omiten los matices, se ignora el contexto. El resultado es una ciudadanía indignada, pero no mejor informada. Ante este bombardeo, el gobierno federal ha optado por la trinchera. La Secretaría de Educación Pública, voceros oficiales y aliados políticos han respondido descalificando la evaluación: PISA no mide lo que realmente importa, es una prueba diseñada para países ricos, no considera el contexto mexicano, etcétera, etcétera.  El problema no es defender el modelo educativo. El problema es hacerlo sin leer los datos. Porque el informe de la OCDE no es solo un juicio; también es un reconocimiento, el director de Educación y Competencias de la OCDE destacó explícitamente que México amplió cobertura educativa sin aumentar la desigualdad en el aprendizaje. Reconoció que los estudiantes mexicanos muestran mayor curiosidad y mejor relación con sus docentes que el promedio de su organización.  Para un gobierno de piel delgada y a la defensiva, no hay otra lectura posible que el estar conmigo o contra mí, por eso no se cita a Schleicher, la respuesta oficial se reduce a: PISA está mal, nosotros estamos bien. Una postura que no sólo es irracional; también es una oportunidad desperdiciada. Entre el escándalo mediático y la defensa gubernamental, se extravía lo esencial: la posibilidad de una deliberación pública informada sobre la educación mexicana. Porque PISA 2025 ofrece insumos valiosos para ese debate. Sí, México ocupa el lugar 37 de 38 países evaluados por la OCDE. Sí, sólo 0.2% de sus estudiantes alcanza niveles altos en ciencias, frente al 7% de la media. El gobierno conoce esas cifras y las esquiva, porque admitirlas exige autocrítica y solamente sabe reaccionar. La oposición las conoce también, y las usa como consigna, no como diagnóstico: el titular del lugar 37 cabe en un tuit, el matiz del 0.2% no. Dos bandos, un mismo dato, ninguna lectura completa. Otro tramo del informe que el gobierno no toca nunca, y ahí la omisión dice más que la cifra: la OCDE reconoce que 82% de los estudiantes mexicanos piden ayuda a sus profesores cuando la necesita, un activo que cualquier estrategia pedagógica envidiaría. Sin embargo, citar obligaría a aceptar que la evaluación que llaman "mal diseñada" también acertó. Prefieren perder un argumento gratuito antes que validar a la fuente que los incomoda. Luego está lo que a nadie le interesa citar porque no sirve para pelear: la OCDE recomienda desarrollar autonomía estudiantil, que los alumnos planifiquen su estudio y se autoevalúen. Solo 37% de los mexicanos lo hace; apenas 45% verifica si entendió lo que estudió. No es un dato que el gobierno esconda ni que la oposición explote. Es tarea, no munición, y por eso no le sirve a ninguno. Lo que México necesita no es más escándalo ni más defensa irracional. Necesita una deliberación adulta sobre su educación. Eso implica: El periodismo debe leer los informes completos, citar contextos, matizar. PISA no es un veredicto final; es una radiografía con luces y sombras. Gobierno que escuche, no que se atrinchere: La Nueva Escuela Mexicana no se fortalece descalificando críticas. Se fortalece reconociendo problemas, incorporando recomendaciones y ajustando el rumbo cuando los datos lo exigen. Ciudadanía que exija, no que solo se indigne: Los padres de familia, los docentes, los estudiantes tienen derecho a preguntar: ¿qué estamos haciendo con estos datos? ¿Cómo traducimos las recomendaciones en acciones concretas?, así, desde un nosotros, no desde la repartición de culpas, donde la responsabilidad total se deja en los maestros o la autoridad o los padres de familia. PISA 2025 no es el fin del mundo educativo mexicano, tampoco es un trámite burocrático que pueda despacharse con un comunicado de prensa. Es una oportunidad para deliberar, con datos en la mano, sobre qué educación queremos y qué estamos dispuestos a hacer para lograrla. El escándalo mediático y la defensa irracional son dos caras de la misma moneda: la evasión. Mientras sigamos gritándonos en lugar de conversar, la educación mexicana seguirá atrapada en el fondo del pozo, estable pero estancada. La resiliencia que reconoció la OCDE es un punto de partida, no un punto final, uno que no estamos discutiendo. Finalmente, una semana después, en la conferencia matutina, la presidenta Sheinbaum hace referencia al mensaje de Andreas Schleicher, de manera tangencial, después de un vigoroso intercambio de acusaciones y denuestos, tras una discusión inútil sobre los resultados negativos, demasiado tarde como para guiar la conversación hacia las propuestas, demasiado tarde como para centrarse en lo importante.   Coda. El problema nunca fue lo que dijo la OCDE, sino que nadie quiso leerlo antes de gritar.   @edilbertoaldan 
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