Hay una diferencia entre tener un problema y vivir esperando que aparezca uno.
Ya hablamos en esta columna del estrés, esa respuesta que se activa cuando el cerebro detecta una demanda que debe enfrentar. El estrés suele tener un desencadenante identificable: una fecha límite, una discusión, una deuda.
La ansiedad funciona distinto. Puede sostenerse incluso cuando no existe una amenaza presente, porque no mira hacia lo que está ocurriendo, sino hacia lo que podría ocurrir.
No es un tema menor ni minoritario. La primera Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado del INEGI, levantada en 2021, encontró que 19.3% de la población adulta en México presentaba síntomas de ansiedad severa y que otro 31.3% reportaba síntomas de ansiedad en algún grado.
Prácticamente uno de cada dos adultos mexicanos convive con algún nivel de ansiedad.
Pensemos en alguien que tiene una reunión importante al día siguiente.
Una respuesta esperable sería: "tengo que prepararme".
Pero una mente ansiosa puede continuar:
"¿Y si me equivoco?"
"¿Y si piensan que no soy capaz?"
"¿Y si después pierdo mi trabajo?"
El problema que existe hoy termina conectado con diez problemas que todavía no existen. Y el cerebro comienza a responder a posibilidades como si fueran hechos.
Desde la neurociencia sabemos que en la ansiedad participan circuitos relacionados con la detección de amenazas, la anticipación y la regulación emocional. La amígdala tiene un papel importante en detectar y responder ante lo que interpretamos como peligro, mientras que regiones de la corteza prefrontal participan en procesos de regulación y control.
Esto ayuda a comprender algo: una persona ansiosa no está exagerando lo que siente. Su cerebro está funcionando en modo de anticipación.
En consulta veo con frecuencia personas que ya normalizaron su ansiedad. No llegan diciendo que están ansiosas: llegan diciendo que no logran descansar y que no pueden dejar de darle vueltas a lo mismo —lo que en psicología llamamos rumiación—.
En el trabajo diario con personas que buscan regular su respuesta de estrés, casi nadie llega diciendo "tengo ansiedad". Llegan diciendo que no pueden dormir, que no se concentran, que se enojan por cosas pequeñas o que sienten molestias físicas sin explicación clara. La ansiedad rara vez se presenta con su nombre.
Anticipar, en sí mismo, puede ser útil: nos permite planear y prevenir. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre prepararnos para una posibilidad y vivir permanentemente dentro de ella.
La mente intenta encontrar certeza, pero el futuro nunca puede ofrecerla. Ahí está una de las trampas de la ansiedad: cuanto más intentamos asegurarnos por completo de algo que no controlamos, más preguntas produce nuestro cerebro.
Por eso decirle a una persona ansiosa "no te preocupes" suele servir de poco. No se trata de decidir dejar de pensar, sino de aprender a relacionarnos de otra manera con lo que pensamos.
Una herramienta sencilla es distinguir entre lo que está ocurriendo y lo que estamos anticipando.
"Mi hijo no ha llegado" es un hecho.
"Seguramente tuvo un accidente" es una interpretación.
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo nuestra relación con la preocupación.
También podemos preguntarnos: ¿existe algo que pueda hacer ahora mismo?
Si la respuesta es sí, actuamos. Si la respuesta es no, quizá el siguiente paso no sea pensar más, sino aprender a tolerar la incertidumbre.
No se trata de ignorar los problemas, sino de dejar de resolver mentalmente lo que todavía no ha sucedido.
No toda ansiedad es un trastorno. La diferencia está en la intensidad, la duración y el impacto sobre nuestra vida. Cuando se vuelve persistente, difícil de controlar e interfiere con el sueño, la concentración, el trabajo o las relaciones, es importante buscar una valoración profesional.
La Organización Mundial de la Salud señala que, aunque existen tratamientos eficaces, solo alrededor de una de cada cuatro personas con un trastorno de ansiedad recibe atención.
La ansiedad no es una falla de carácter. Es una experiencia en la que intervienen factores biológicos, psicológicos y ambientales, y puede ser comprendida y tratada.
Quizá por eso la pregunta más útil no sea "¿cómo hago para no sentir ansiedad nunca más?", sino: "¿cómo puedo enseñarle a mi cerebro cuándo existe realmente una amenaza y cuándo puedo volver a sentirme seguro?"
Porque una alarma sirve cuando nos avisa de un peligro.
Si suena todo el tiempo, deja de protegernos.
Karla Cassio
Mtra. en Psicología Humanista | Especialista en Neurofeedback | Directora de Fundación DEAS
Entre Neuronas acerca la psicología y la neurociencia a la vida cotidiana, para comprender mejor nuestra mente y promover una cultura de salud mental basada en evidencia. @fundaciondeas
Fuentes
INEGI. Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) 2021. Comunicado de prensa, diciembre de 2021.
Organización Mundial de la Salud. Trastornos de ansiedad, nota descriptiva (actualización 2025).