El otro lado de la política
Partir de casa es una de las decisiones más importantes que puede tomar una persona.
Pero nadie habla de lo que realmente significa hacerlo.
Partir significa dejar atrás tu cama, tu familia, tus amigos, tus calles, tus costumbres y esa sensación de seguridad que produce saber que, pase lo que pase, tienes un lugar al cual regresar.
Partir significa tener miedo.
Y aun así, hacerlo.
A los 22 años decidí partir de casa.
Fue una decisión aventurada, pero, sobre todo, apresurada. De un día para otro ya tenía trabajo en otra ciudad, lejos de mis padres, de mi hermana y de mis sobrinos.
Me fui con unos cuantos cambios de ropa que apenas cubrían una semana.
No porque tuviera claro que comenzaría una nueva vida, sino porque todavía no alcanzaba a dimensionar que estaba dejando atrás la anterior.
Yo tuve suerte.
Me fui a solo unas horas de mi hogar.
Tenía un proyecto, un trabajo y, sobre todo, la certeza de que mi familia estaba a solo unas horas de distancia.
Y aun así, hubo meses en los que quise tirar la toalla.
Quise regresar.
Pero había algo que me obligaba a quedarme: el orgullo de decirme a mí misma:
No fracasé.
Hoy pienso en aquella decisión y entiendo algo.
Mi historia de migración fue pequeña.
Porque yo pude regresar.
Porque tenía una familia esperándome.
Porque tenía documentos.
Porque tenía un trabajo.
Porque podía moverme sin esconderme.
Porque podía caminar por las calles sin preguntarme si alguien intentaría detenerme.
Porque mi mayor miedo era fracasar.
Para millones de personas, el miedo es algo mucho más profundo:
miedo a morir.
¿Qué obliga a una persona a dejarlo todo?
Miles de familias recorren kilómetros para llegar a un país donde no son bien recibidas.
Viajan con niños.
Duermen en lugares improvisados.
Caminan durante días.
Son víctimas de extorsión, secuestro, trata, violencia y tráfico de personas.
Algunas son perseguidas.
Otras son detenidas.
Y algunas nunca llegan.
Todo por intentar conseguir algo que debería ser universal:
una oportunidad para vivir mejor.
Entonces aparece una pregunta:
¿En qué momento buscar una vida digna se convirtió en un delito?
La migración no empezó ayer.
México conoce perfectamente la migración porque forma parte de nuestra propia historia.
Durante décadas, millones de mexicanos viajaron hacia Estados Unidos buscando trabajo y mejores oportunidades.
El Programa Bracero, entre 1942 y 1964, permitió que trabajadores mexicanos fueran contratados legalmente para cubrir necesidades de mano de obra en Estados Unidos.
Después llegaron nuevas restricciones, cambios económicos y una migración cada vez más compleja.
Las personas dejaron de moverse solamente de manera temporal.
Comenzaron a establecerse.
Llevaron a sus familias.
Construyeron comunidades.
Mandaron dinero a México.
Construyeron casas.
Pagaron estudios.
Abrieron negocios.
Ayudaron a sus padres.
Mantuvieron familias enteras a miles de kilómetros de distancia.
Y el punto es: La migración es un problema cuando hablamos de personas, pero deja de serlo cuando hablamos de dinero.
En 2025, México recibió decenas de miles de millones de dólares en remesas.
Las remesas no son solamente cifras.
Detrás de cada dólar hay una historia.
Hay una persona que trabajó.
Hay alguien que se levantó temprano.
Alguien que dejó a sus hijos.
Alguien que extraña a su madre.
Alguien que quizá lleva años sin volver a casa.
Las remesas tienen rostro.
Pero México también está cambiando
Durante mucho tiempo pensamos en la migración como una historia sencilla:
mexicanos que se van a Estados Unidos.
Ya no es así.
Hoy México también es:
Un país de origen, porque millones de mexicanos migran.
Un país de tránsito, porque miles de personas provenientes de Centroamérica, Sudamérica, el Caribe, África y Asia atraviesan nuestro territorio.
Un país de destino, porque muchas personas deciden quedarse aquí.
Un país de retorno, porque miles de mexicanos regresan voluntaria o forzosamente.
Y también es un país receptor de personas refugiadas y solicitantes de protección internacional.
La migración dejó de ser un fenómeno lejano.
Está aquí.
En nuestras ciudades.
En nuestras calles.
En nuestras empresas.
En nuestras escuelas.
En nuestros hospitales.
En nuestras comunidades.
En nuestro país.
¿Y qué hacemos con quienes regresan?
Y este es el tema de migración que nadie toca.
¿Qué sucede cuando un migrante regresa a México?
Regresa con experiencia.
Con conocimientos.
Con nuevas habilidades.
Con otra cultura laboral.
Con idiomas.
Con contactos.
Con historias.
Pero muchas veces también regresa con incertidumbre.
Busca trabajo.
Busca vivienda.
Busca escuelas para sus hijos.
Busca recuperar documentos.
Busca volver a pertenecer.
Y algunas veces descubre algo doloroso:
México quiere que regreses, pero no siempre sabe qué hacer contigo cuando lo haces.
Por qué nuestras políticas públicas les siguen preguntando:
¿Qué necesitas?
cuando deberíamos comenzar a preguntar:
¿Qué sabes hacer?
¿Qué aprendiste?
¿Qué habilidades adquiriste?
¿Qué podemos construir contigo?
Porque un migrante no es únicamente una persona que necesita asistencia.
También puede ser talento.
Puede ser emprendedor.
Puede ser trabajador especializado.
Puede ser profesionista, inversionista, generador de empleo.
Puede ser puente entre dos países.
Puede ser parte de la solución.
La política migratoria también debe cambiar
Durante años hemos hablado de migración desde la perspectiva de la emergencia:asistencia,trámites,deportaciones,refugio,seguridad,albergues.
Todo eso es necesario.
Pero no es suficiente.
Necesitamos comenzar a hablar de migración desde otra perspectiva:
talento, desarrollo, inversión, empleo, reintegración y derechos humanos.
Porque detrás de cada expediente hay una persona.
Detrás de cada número hay una familia.
Detrás de cada deportación hay una historia.
Y detrás de cada migrante hay una pregunta que deberíamos hacernos:
¿Qué perdemos como sociedad cuando reducimos a una persona a su condición migratoria?
Y entonces aparece Trump
La política migratoria estadounidense se ha convertido nuevamente en uno de los grandes campos de batalla políticos.
El discurso de seguridad.
Las deportaciones.
El endurecimiento de las fronteras.
La presión política.
El miedo.
Y una narrativa que presenta al migrante como amenaza.
Pero hay algo que deberíamos recordar:
un migrante no deja de ser humano porque cruce una frontera.
Puede haber una discusión legítima sobre leyes, fronteras y seguridad.
Por supuesto que la hay.
Los países tienen derecho a establecer reglas.
Pero una cosa es defender una política migratoria y otra muy distinta es deshumanizar a quienes migran.
Porque cuando convertimos al migrante en un enemigo, dejamos de preguntarnos por qué decidió irse.
Y quizá esa sea la pregunta más importante.
¿Qué estaba pasando en su lugar de origen para que quedarse dejara de ser una opción?
México debería dejar de mirar la migración solamente como un problema
Porque la migración también puede ser una oportunidad.
Una oportunidad económica, una oportunidad laboral, una oportunidad cultural, una oportunidad de intercambio de conocimiento.
Una oportunidad para desarrollar talento.
Una oportunidad para construir comunidades más fuertes.
Pero para lograrlo necesitamos cambiar la conversación.
Dejar de hablar únicamente de:ilegales.
Y comenzar a hablar de:personas.
Dejar de hablar únicamente de:deportados.
Y comenzar a hablar de:mexicanos que regresan.
Dejar de preguntar únicamente:¿Cuánto dinero mandan?
Y comenzar a preguntar:¿Qué podemos construir con todo lo que aprendieron?
Porque partir de casa nunca es sencillo
Yo lo sé.
Lo viví.
Y aunque mi historia no se compara con la de quienes recorren miles de kilómetros huyendo de la violencia, la pobreza o la falta de oportunidades, hay algo que sí compartimos:
el miedo de comenzar de nuevo.
La diferencia es que algunos partimos sabiendo que podemos regresar.
Otros parten sin saber si volverán a su casa.
Y esa diferencia debería bastar para que habláramos de migración con más humanidad.
La próxima vez que veas a una persona migrante, no pienses solamente:¿De dónde viene?
Pregúntate:¿Qué tuvo que dejar para llegar hasta aquí?
Quizá dejó a sus hijos, a sus padres, quizá dejo una casa, dejó una vida.
Quizá dejó todo.
Y quizá lo único que buscaba era algo que todos nosotros damos por sentado:
la oportunidad de tener una vida digna.
Partir de casa nunca será una decisión fácil.
Pero hay algo todavía más doloroso:
que quedarse tampoco sea una opción.
Y quizá el verdadero problema de la migración no sea que millones de personas quieran irse.
Quizá el verdadero problema sea que millones de personas sienten que no pueden quedarse en su país.