Desinstalarnos para habitar la vida

Transeúnte

Alguna vez escuché una frase que decía: “nadie disfruta la vida si no lo hace como peregrino”. Debo confesar que desde que la leí me llamó profundamente la atención. La vida muchas veces se encarga de desinstalarnos del sitio donde nos encontramos; nos coloca frente a retos que jamás hubiéramos imaginado y que nos obligan a darnos cuenta de que la realidad siempre nos invita a ir más allá de nuestros propios límites.   Cuando la vida nos desinstala, nos quita la ilusión de control y nos libra de la falsa seguridad del sedentarismo existencial. En esa grieta entre lo que teníamos planeado y lo que la realidad nos exige, es donde aparece la verdadera vivencia.   Pero, ¿quién es un peregrino? El peregrino es el que camina y se mueve de un sitio a otro, sabiendo que en su trayecto se encontrará con cosas agradables, encuentros valiosos y también situaciones complejas. Aprende a asumir que la piedra en el camino o la cuesta empinada no son interrupciones a su vida, sino parte fundamental de ella; comprende que sin esos tramos difíciles jamás habría alcanzado la madurez necesaria para llegar a su destino.   El peregrino no divide su existencia entre "momentos buenos" y "obstáculos molestos". Comprende que el tramo rocoso, la subida pesada y el clima adverso son tan constitutivos del viaje como el paisaje despejado: sin la cuesta, el valle no se contempla igual. Descubrir que la realidad nos exige ir más allá de lo que creíamos soportar no es un castigo, sino un revelador de nuestro propio potencial. Es precisamente en el terreno exigente donde descubrimos recursos internos que la comodidad jamás habría despertado.   En ese caminar, el peregrino también descubre que el trayecto no se recorre en el aislamiento. Aunque la búsqueda sea personal, en la ruta siempre se cruzan otros caminantes que comparten el peso de la jornada, la mesa improvisada o una palabra oportuna de aliento. Es en esos encuentros fortuitos donde la experiencia se vuelve profundamente humana: el peregrino aprende la virtud de dejarse ayudar, de acompañar sin juzgar y de reconocer en el otro a un hermano de camino.   ¡Qué importante es aprender a caminar junto con los demás! Hoy en la Iglesia se habla mucho de la sinodalidad como un esfuerzo por caminar con el otro, dejando en segundo plano las diferencias que pudieran existir. No se pretende que pensemos igual ni que tengamos los mismos gustos; se trata de darnos cuenta de que las personas nos necesitamos, no para instrumentalizarnos en favor de objetivos individuales, sino porque en el fondo reconocemos lo que expresa el libro del Génesis: “No es bueno que el hombre esté solo”.   Estar en esta vida nos hace a todos peregrinos. Bien que mal, todos vamos de paso por aquí y sabemos que esta existencia tiene una fecha de caducidad únicamente conocida por Dios. Sin embargo, de cada uno depende aprender a disfrutar el camino: en vez de padecer las inclemencias del viaje, podemos animarnos a hacer de él una aventura apasionante, capaz de dejar una huella llena de gratitud en nuestro ser entero.  
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