El escándalo no conversa

Bajo presión

El 10 de septiembre es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, en Aguascalientes sigue la confusión: se cree que no hablar del tema es prevenir, o que basta con repetir mitos para “concientizar”. Esa lógica del silencio como escudo no protege: lo que hace es dejar solos a quienes necesitan ser escuchados. La evidencia es clara: preguntar de manera directa y empática sobre ideas suicidas no “da la idea”; al contrario, abre una puerta para identificar señales de alerta y conectar a la persona con ayuda.

Durante años, alrededor del suicidio se ha construido un silencio que pretende ser prudencia, bajo la idea de que hablar del tema puede provocar imitaciones, que mencionar determinadas circunstancias puede resultar contraproducente o que, simplemente, lo mejor es no darle visibilidad; justo por eso hay razones para exigir responsabilidad cuando se informa sobre un suicidio. Los medios no deberían convertir una muerte en espectáculo, ni publicar detalles innecesarios, ni alimentar mitos, ni presentar el suicidio como una salida inevitable o explicarlo mediante una sola causa.

Prevenir también significa hablar. El problema no está en el silencio, sino en la manera en que hablamos del suicidio, quizá en la manera en que hemos aprendido a hablar de casi todo.

Cuando se dieron a conocer los resultados de PISA, por ejemplo, la conversación pública se concentró en los lugares que ocupa México y en lo mal que estamos. No es que el resultado sea bueno y haya que maquillarlo. No lo es, pero convertir una evaluación educativa en una tabla de posiciones es una manera muy limitada de informar sobre educación.

De un tiempo a la fecha, sólo conocemos del escándalo como el titular perfecto: México retrocede, México reprueba, México está entre los últimos. La presidenta rechazó. La prueba tiene sus limitaciones. México no es el peor.

La explicación necesita más espacio. La reflexión requiere preguntas, muchas, qué está funcionando y qué no, qué se puede y debe hacer, a quién le debemos preguntar. Las preguntas son menos estridentes, pero mucho más útiles.

El problema es que la lógica de la audiencia premia la reacción. El mal resultado genera indignación.

La indignación genera polémica. Evidenciar los pretextos de las autoridades provoca reacciones. Los clics producen audiencia.

Los datos dejan de ser el comienzo de una conversación para convertirse en el final de una nota: estamos mal, alguien tiene la culpa, hay que indignarse y mañana habrá otro escándalo. Algo parecido con lo que ocurre con la política, también hemos aprendido a hablar de política sin hablar de política.

Ahí están La casa de los Mañosos y Operación Mamut, presentados como ejercicios de sátira política. Motivos de una disputa absurda por inútil que llena la conversación pública. Un medio privado ejerciendo la grosería contra el poder, y el poder usando recursos públicos para hacer exactamente lo mismo contra sus críticos. Por supuesto que hay una asimetría entre lo que produce TV Azteca y lo que genera la televisión pública, pero ese no ha sido nunca el motivo real de la discusión, ambos productos sólo intentan ridiculizar, no hacer pensar, lo que defiende uno y otro lado es su derecho a ridiculizar.

La sátira tiene derecho a existir y el poder tiene que soportar que se burlen de él. Ridiculizar al poderoso puede ser una forma de quitarle solemnidad. El problema aparece cuando la ridiculización se convierte en sustituto de la crítica, porque una cosa es desnudar el absurdo del poder y otra es reducir la política al absurdo, en el caso de estos programas simplificar al insulto. Después de reírnos del personaje, ¿entendimos mejor el problema? ¿Tenemos más elementos para juzgar? La sátira puede desnudar al poder, pero no necesariamente explica cómo funciona.

Para enriquecer la conversación pública se requiere tener la capacidad de reírse de quienes ejercen el poder y la capacidad de comprender qué hacen con él. De otra manera, la conversación pública termina atrapada en la caricaturización del político. El resultado educativo se convierte en escándalo.

El escándalo es una forma extraordinariamente eficaz de llamar la atención, pero llamar la atención no significa necesariamente informar. La indignación puede ser legítima, pero indignarse no equivale a comprender. La sátira puede ser necesaria, pero reírse de alguien no equivale a cuestionar sus decisiones. Y callar un problema no significa prevenirlo.

Los medios estamos confundiendo demasiado seguido el impacto con la utilidad. Hemos olvidado que para generar conversación pública se requiere algo más que provocar una reacción, se requiere ofrecer elementos para pensar, explicar antes que simplificar, contextualizar antes que condenar; preguntar antes que sentenciar, que toda cifra necesita contexto y que una persona no puede ser reducida a un meme. Se trata de entender que la conversación pública no tiene por qué ser aburrida para ser profunda, ni escandalosa para ser relevante.

Podemos hablar del suicidio sin convertirlo en espectáculo, o de PISA sin quedarnos en el lugar que ocupó México. Podemos burlarnos de los políticos y, al mismo tiempo, discutir en serio sus decisiones. Lo que no podemos es limitarnos a la reacción. Hace falta hacer periodismo que atraiga audiencia sin alimentar únicamente la indignación, porque ahí se pierde la capacidad de deliberar, y sin deliberación la democracia se vuelve una sucesión de estímulos.

La prueba PISA, los informes de los gobernantes, el intercambio de insultos en las mesas de análisis, las cifras sobre suicidio antes que la prevención, los memes interminables ridiculizando, luego el escándalo que sustituirá al escándalo anterior. Ruido, poca conversación. Hemos perfeccionado las maneras de hacer que la gente mire, pero no necesariamente las maneras de conseguir que piense.

 

Coda. Prevenir no es callar. Informar no es escandalizar. Criticar no es ridiculizar. Y conversar no es repetir lo que ya pensamos.

 

 

 

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