El otro lado de la política
Estamos a un abrir y cerrar de ojos de terminar el año. Y, como cada año, estos últimos meses parecen pasar volando. Tal vez porque en México sabemos que se acercan las fechas de fiesta, de comida, de familia y de esa algarabía que tanto nos caracteriza.
Porque, seamos honestos, ¿quién no espera un buen pozole con tostadas, crema y aguacate? ¿Quién puede resistirse a un pan de muerto acompañado de un chocolate caliente —deslactosado, por supuesto, para quienes ya tenemos una relación complicada con el estómago—? Y después vienen los tamales, las posadas y ese cierre de año que nos hace olvidar, aunque sea por unos días, todo lo que pasó durante los últimos doce meses.
Pero para quienes disfrutamos esto de la política, nuestro calendario también está marcado por otra temporada.
La temporada de los informes.
¡Benditos informes!
Esos meses en los que aparecen espectaculares, fotografías perfectamente producidas, videos emotivos, números gigantes, aplausos, invitados especiales, aspiraciones electorales disfrazadas de rendición de cuentas y, por supuesto, recursos económicos que muchas veces nadie termina de entender del todo.
Porque un informe debería ser algo muy sencillo.
Debería responder cuatro preguntas:
¿Qué hiciste?
¿Por qué lo hiciste?
¿Qué resultados obtuviste?
¿Cómo utilizaste los recursos públicos?
Así de simple.
Porque cuando una persona recibe la confianza de ocupar un cargo público, recibe también una responsabilidad que no termina el día que protesta.
De hecho, apenas comienza.
Y la ciudadanía tiene todo el derecho de preguntar:
¿Qué hiciste con la responsabilidad que te dimos?
Porque tomar protesta no es llegar a la meta. Es aceptar que ahora tienes una obligación con miles de personas.
Y ahí es donde comienza la verdadera diferencia entre un informe y un espectáculo.
Porque no es lo mismo llenar una pantalla con cifras, que explicar lo que esas cifras significan.
No es lo mismo decir:
“Presenté 25 iniciativas y soy uno de los legisladores más productivos”.
Que decir:
“Impulsé una reforma que resolvió este problema y benefició a estas personas”.
La primera frase puede darte una portada.
La segunda puede demostrar que tu trabajo sirvió para algo.
Y esa debería ser la diferencia.
Porque los ciudadanos no tenemos por qué entender todos los procedimientos legislativos, las comisiones, las iniciativas, los dictámenes o los tecnicismos jurídicos.
Pero sí entendemos algo muy bien:
Los resultados.
Entendemos si nuestra colonia está mejor.
Entendemos si tenemos mejores servicios.
Entendemos si vivimos más seguros.
Entendemos si una política pública cambió o no nuestra vida.
Porque una reforma puede ser técnicamente impecable, jurídicamente brillante y legislativamente histórica, pero si nadie puede explicar cómo mejora la vida de las personas, entonces corre el riesgo de convertirse en eso:
Un número.
Un dato.
Una diapositiva.
Una fotografía para el informe.
Y quizá una portada de revista.
Pero no necesariamente una solución.
Cada acción desde un cargo público debería tener algo muy claro: planeación, acción, resultado e impacto.
Porque no basta con preguntar: ¿cuánto hiciste?
La verdadera pregunta es:
¿Qué lograste?
Y todavía hay una más importante:
¿A quién le cambiaste la vida?
Porque ahí está el verdadero sentido del servicio público.
Y no, no hablo de cambiarle la vida al propio funcionario. Esa historia de cómo algunos llegan al servicio público y, curiosamente, terminan convertidos en nuevos ricos.
Un informe debería decirnos quién eres cuando tienes poder.
Porque los discursos pueden escribirse.
Las fotografías pueden producirse.
Los aplausos pueden organizarse.
Pero los resultados no se pueden maquillar tan fácilmente.
Y sí, también es válido tener aspiraciones políticas. Aspirar a otro cargo no debería ser pecado. En cada municipio, comunidad y estado siempre habrá algo más por hacer.
El problema comienza cuando el informe deja de mirar hacia atrás para explicar resultados y empieza a mirar demasiado hacia adelante para construir una candidatura.
Porque entonces ya no sabemos si estamos viendo una rendición de cuentas o el primer capítulo de una campaña.
Y también hay que decir algo incómodo: la responsabilidad no es únicamente de quienes gobiernan.
La ciudadanía también tiene una parte.
Nos indignamos cuando un parque está abandonado, pero cuando lo rehabilitan, algunas veces nosotros mismos permitimos que lo vandalicen.
Nos quejamos de las calles inundadas, pero tiramos basura en las alcantarillas.
Exigimos transparencia, pero damos una “mordida” para evitar una multa.
Pedimos mejores gobiernos mientras, en ocasiones, seguimos alimentando las mismas prácticas que criticamos.
La política no se arregla solamente desde el poder.
También se arregla desde la conciencia.
Por eso los informes deberían importarnos mucho más de lo que creemos.
Porque no deberían ser eventos para ir a aplaudir.
No deberían convertirse en reuniones de acarreados, aplausos comprometidos, invitados estratégicos y amistades que, casualmente, también tienen aspiraciones electorales.
Un informe debería ser un momento incómodo para quien ocupa el cargo.
Porque rendir cuentas debería obligar a responder.
¿Qué prometiste?
¿Qué hiciste?
¿Qué no hiciste?
¿Por qué no lo hiciste?
¿Qué cambió gracias a tu trabajo?
Eso es rendir cuentas.
No presumir que trabajaste.
Demostrar que tu trabajo tuvo sentido.
Porque al final, la política no debería medirse por el tamaño del escenario, la cantidad de espectaculares, los invitados al evento o los aplausos que recibe un funcionario.
Debería medirse por algo mucho más difícil de fabricar:
La huella que se deja en la vida de la gente.
Así que sí…
¡Benditos informes!
Pero benditos solamente cuando sirven para informar.
Porque cuando se convierten en pasarelas políticas, campañas disfrazadas o concursos de aplausos, quizá deberíamos dejar de llamarlos informes.
Y empezar a llamarlos por lo que realmente son: campañas anticipadas.