El pasado 27 de agosto celebramos un aniversario más de la fundación de nuestra Diócesis. Esta fecha ha coincidido con el inicio del nuevo Año Pastoral, el cual llevará por nombre: “Iglesia, Pueblo de Dios”.
Dentro de la eclesiología del Concilio Vaticano II, la Iglesia puede y debe comprenderse desde su condición de Pueblo de Dios, así como desde la comunión. A lo largo de este año pastoral podremos reflexionar sobre lo que significa esta identidad. El término pueblo nunca debe pensarse como una expresión que demerite el valor de la persona; por el contrario, sabernos Pueblo de Dios es una característica fundamental que nos ayuda a comprender de mejor manera nuestro ser y quehacer como Iglesia.
Hablar de pueblo no es referirnos a un concepto abstracto, sino a rostros concretos que, unidos, van dibujando el rostro vivo de nuestra comunidad eclesial: rostros que se develan al mundo tras ser sumergidos en el agua bautismal. El Pueblo de Dios está formado por clérigos y laicos, y esta manera de concebir la Iglesia busca alejarse decididamente de la concepción piramidal de la autoridad, en la que en la cúspide se ubicaban los obispos y en la parte más baja los laicos.
El Pueblo de Dios no se agota dentro de los muros de nuestros templos. La gran misión del laicado se despliega en la vida pública: en las familias, en las aulas, en los centros de trabajo, en la política y en la cultura, transformando las realidades sociales desde los valores del Evangelio.
Caminar como Pueblo de Dios nos exige vivir una verdadera sinodalidad: un espacio donde clérigos, consagrados y laicos no solo conviven, sino que escuchan, disciernen y construyen juntos el rumbo pastoral de nuestra comunidad. Tanto laicos como clérigos hemos de comprender con claridad nuestro papel, el cual se aleja de todo protagonismo que no conduzca al auténtico servicio.
Como Pueblo de Dios debemos buscar servir y no servirnos de nuestra posición. Reconocemos que quien preside la Iglesia es y será siempre Jesucristo, quien se confía a las mediaciones humanas y nos invita a comprender la Iglesia y nuestro propio ser desde su propia vida y obra.
Ser Pueblo de Dios es darnos cuenta de que en la Iglesia no existen cristianos de primera ni de segunda categoría. La vocación de todos sus integrantes surge en virtud del Bautismo. Mediante este sacramento, todo cristiano queda capacitado e impulsado a consagrar el mundo a Dios, ofrecer sacrificios espirituales en la vida cotidiana y proclamar el Evangelio en los ambientes seculares.
Si analizamos el orden de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, constataremos que el capítulo dedicado a la Constitución Jerárquica de la Iglesia es antecedido por el del Pueblo de Dios. Este orden responde a una teología clara: en la Iglesia, antes de cualquier función o jerarquía, todos somos, ante todo, miembros pertenecientes al único Pueblo de Dios.
Que este Año Pastoral “Iglesia, Pueblo de Dios” nos impulse a renovar nuestra mirada pastoral: a valorar el Bautismo de cada hermano, a superar todo intento de clericalismo o pasividad, y a asumir con alegría la responsabilidad compartida de edificar el Reino de Dios en nuestra tierra.