Cuando una sociedad siente que está perdiendo el control, suele aparecer una frase aparentemente tranquilizadora:“Hace falta mano dura.”La escuchamos frente a la delincuencia, ante los conflictos familiares y, cada vez con mayor frecuencia, cuando hablamos de lo que sucede dentro de las escuelas.“Antes sí respetábamos a los maestros.”“Antes un padre no cuestionaba al profesor.”“Antes había disciplina.”“Antes sabíamos que una falta tenía consecuencias.”Probablemente hay algo verdadero detrás de esa nostalgia. La autoridad adulta parece atravesar una crisis y muchos padres y maestros experimentan dificultades reales para establecer límites.Pero recordar que antes existía mayor disciplina no debería hacernos olvidar cómo se conseguía algunas veces.También hubo niños golpeados.Alumnos ridiculizados frente al grupo.Orejas jaladas.Reglazos.Castigos desproporcionados.Humillaciones.Silencios impuestos mediante el miedo.Y muchas de esas experiencias permanecieron durante décadas en la memoria de quienes las vivieron.Por eso sería un error responder a la actual crisis de autoridad recuperando las formas violentas del pasado.Pero existe otro error igualmente importante:confundir el rechazo a la violencia con la renuncia a la autoridad.Entre el autoritarismo y la permisividad existe un territorio que necesitamos volver a habitar.El de la autoridad responsable.Una autoridad capaz de establecer límites sin destruir la dignidad del otro.La polémica generada por historias contemporáneas sobre escuelas desbordadas toca precisamente una fibra sensible. Cuando vemos adolescentes que desafían a los adultos, maestros incapaces de contener determinadas situaciones y familias que parecen haber perdido capacidad de intervención, resulta comprensible que aparezca la fantasía de alguien suficientemente fuerte para restaurar el orden.La mano dura seduce porque promete algo inmediato:control.Frente al caos, alguien manda.Frente a la incertidumbre, alguien decide.Frente al miedo, alguien parece saber qué hacer.Pero controlar una conducta no significa necesariamente educar a una persona.Un niño puede obedecer porque comprendió un límite.Pero también puede obedecer porque tiene miedo.Desde afuera quizá ambas escenas parezcan iguales.El niño permanece callado.Cumple la instrucción.No contradice.Sin embargo, psicológicamente estamos frente a experiencias completamente distintas.El miedo puede producir obediencia.Lo que difícilmente produce es autonomía.Y ésa debería ser una de las finalidades profundas de la educación: que algún día el niño ya no necesite que el adulto esté presente para decidir qué hacer.Que el límite exterior pueda convertirse progresivamente en límite interior.Que no necesite una cámara para comportarse con responsabilidad.Que no requiera un castigo para respetar al otro.Que pueda preguntarse:“¿Qué consecuencias tendrá lo que estoy a punto de hacer?”Eso requiere mucho más trabajo que imponer obediencia.Requiere presencia.Coherencia.Consecuencias claras.Adultos capaces de sostener un “no” sin convertirlo en una batalla personal.Familias que respalden a la escuela cuando corresponde y escuelas capaces de escuchar a las familias cuando se equivocan.Maestros protegidos, pero también responsables de sus actos.Alumnos escuchados, pero también responsables de los suyos.Porque los derechos y las responsabilidades no son enemigos.Se necesitan mutuamente.Tal vez el verdadero problema de nuestra época sea que hemos terminado imaginando solamente dos posibilidades.O permitimos todo.O imponemos todo.O dejamos hacer.O castigamos.O somos amigos de nuestros hijos.O nos convertimos en sus vigilantes.Pero educar ocurre precisamente en ese territorio mucho más difícil donde podemos amar y limitar al mismo tiempo.Por eso quizá no necesitamos recuperar la mano dura.Necesitamos recuperar algo bastante más exigente:la palabra firme.La presencia del adulto que no golpea, no humilla y no amenaza, pero tampoco desaparece.Un adulto capaz de decir:“Esto no está permitido.”“Habrá una consecuencia.”“Vamos a reparar lo que ocurrió.”“Y voy a permanecer aquí mientras aprendes de ello.”Quizá ésa sea la autoridad que nuestra época necesita.No aquella que consigue que nuestros niños nos tengan miedo.Sino aquella que, con el paso de los años, logra algo infinitamente más importante:que puedan conducirse responsablemente cuando ya no estemos ahí para decirles qué hacer.