Cuando el bullying deja de ser un asunto de niños

Opinión

Cuando ocurre un episodio de bullying solemos buscar rápidamente a dos personajes.

¿Quién fue el agresor?

¿Quién fue la víctima?

Identificarlos es necesario. Proteger inmediatamente a quien está siendo violentado también lo es. Pero quizá hemos simplificado demasiado un fenómeno que, por su propia naturaleza, es profundamente colectivo.

Porque alrededor de casi toda situación de acoso existe un tercer personaje.

El que mira.

El compañero que ríe.

El que guarda silencio.

El que sabe lo que ocurre pero prefiere alejarse.

El que graba con el teléfono.

El que comparte el video.

El que agrega un comentario.

El que nunca golpeó a nadie, pero ayudó a convertir la humillación en espectáculo.

Entonces el bullying deja de ser solamente una relación entre dos niños.

Se convierte en un fenómeno del grupo.

Y ahí la pregunta cambia.

Ya no basta con preguntarnos qué ocurre con el niño que agrede.

Tenemos que preguntarnos:

¿qué está ocurriendo en una comunidad donde la violencia puede convertirse en una forma de pertenecer?

Los grupos humanos poseen una enorme fuerza psicológica.

El psicoanalista Wilfred Bion observó que un grupo no es simplemente una reunión de individuos. Cuando estamos juntos aparecen ansiedades, alianzas, liderazgos, miedos y comportamientos que difícilmente surgirían de la misma manera estando solos.

El salón de clases también es un grupo.

Y dentro de él se distribuyen lugares.

El popular.

El diferente.

El fuerte.

El extraño.

El gracioso.

El que nadie elige.

El que todos temen.

Cuando esas posiciones se vuelven rígidas, el grupo puede comenzar a depositar en alguno de sus integrantes aquello que no sabe cómo procesar.

A veces basta una diferencia.

El cuerpo.

La forma de hablar.

La condición económica.

La manera de aprender.

La timidez.

La neurodivergencia.

Cualquier característica puede convertirse en el pretexto para señalar a alguien como “el otro”.

Pero hay algo nuevo que ha transformado profundamente este fenómeno.

Antes, para muchos niños, la violencia terminaba cuando sonaba la campana.

Hoy puede acompañarlos hasta su habitación.

El teléfono ha borrado las fronteras entre la escuela y la casa.

Una burla puede comenzar durante el recreo y continuar durante toda la noche mediante mensajes, fotografías, memes y videos.

El niño puede salir físicamente de la escuela sin conseguir salir del grupo.

Por eso resulta insuficiente decirles simplemente:

“Defiéndete”.

“Ignóralos”.

“No les hagas caso”.

El bullying no puede resolverse colocando toda la responsabilidad sobre quien lo padece.

Tampoco se resolverá únicamente expulsando al agresor.

Necesitamos intervenir sobre el grupo.

Preguntar qué se está tolerando.

Qué se celebra.

Qué se comparte.

Qué callan los compañeros.

Qué no estamos viendo los adultos.

Y también necesitamos mirar al niño que agrede.

No para justificarlo.

Comprender nunca significa justificar.

Pero detrás de algunas conductas violentas puede existir también sufrimiento, necesidad de reconocimiento, experiencias previas de violencia o una enorme dificultad para relacionarse de otra manera.

Si solamente castigamos la conducta sin intentar comprender qué la sostiene, quizá logremos detener momentáneamente el acto, pero no necesariamente aquello que lo produce.

Familias y escuelas necesitamos dejar de considerar el bullying como “cosas de niños”.

Porque cuando un niño humilla sistemáticamente a otro, cuando veinte compañeros observan y cuando alguien convierte la agresión en contenido para las redes sociales, estamos frente a algo que nos concierne a todos.

Quizá deberíamos enseñar una nueva forma de valentía.

No solamente la valentía de defenderse.

También la valentía de no reír cuando todos ríen.

La valentía de no compartir.

De acercarse al que quedó solo.

De decir “esto no está bien”.

De buscar a un adulto.

Porque muchas veces la violencia necesita espectadores para hacerse poderosa.

Y quizá una de las mayores tareas educativas de nuestro tiempo consista precisamente en enseñar a nuestros hijos que, frente al sufrimiento de otro, mirar hacia otro lado también es una elección.

 

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