¿Quién protege hoy al maestro?

Opinión

Durante décadas fue necesario luchar para que niñas, niños y adolescentes dejaran de ser considerados sujetos sin voz dentro de la escuela.
Se cuestionaron los castigos físicos, las humillaciones públicas, los abusos de autoridad y muchas prácticas que alguna vez fueron aceptadas bajo el argumento de que “así se educaba”.
Ese cambio fue necesario.
Los derechos de la infancia constituyen una conquista que debemos proteger.
Pero reconocerlo no debería impedirnos formular una pregunta incómoda:
¿quién protege hoy al maestro?
Cada vez escuchamos más historias de docentes que sienten temor de corregir a un alumno, llamar la atención sobre una conducta o establecer una consecuencia.
No necesariamente porque hayan perdido la vocación.
Sino porque cualquier conflicto puede abandonar el salón de clases en cuestión de minutos.
Un teléfono aparece.
Alguien comienza a grabar.
Un fragmento de video llega a las redes sociales.
La escena pierde su contexto.
Y antes de que la escuela pueda comprender lo ocurrido, cientos o miles de personas ya han emitido una sentencia.
El profesor contemporáneo no solamente enseña frente a sus alumnos.
En ocasiones parece enseñar frente a una audiencia invisible.
Y eso modifica profundamente la experiencia educativa.
No se trata de pedir impunidad para los docentes.
Un maestro que humilla, agrede o vulnera los derechos de un estudiante debe asumir las consecuencias correspondientes.
Pero una cosa es establecer mecanismos de protección y rendición de cuentas, y otra muy distinta construir una cultura donde el maestro sea considerado culpable antes de ser escuchado.
También él necesita garantías.
También necesita respeto.
También necesita una institución que lo respalde cuando ha actuado correctamente.
Porque resulta paradójico pedirle al docente que ejerza autoridad y, al mismo tiempo, retirarle las condiciones necesarias para ejercerla.
Le pedimos que controle el grupo.
Que atienda las diferencias individuales.
Que detecte problemas emocionales.
Que comprenda la neurodiversidad.
Que prevenga el bullying.
Que identifique posibles situaciones de violencia familiar.
Que utilice tecnología.
Que enseñe valores.
Que motive.
Que evalúe.
Que escuche.
Y, además, que consiga todo esto sin equivocarse nunca.
Quizá estamos colocando sobre los maestros expectativas que ninguna persona podría sostener permanentemente.
La consecuencia puede ser silenciosa pero profunda: el repliegue del adulto.
Cuando intervenir representa demasiado riesgo, resulta comprensible que algunos docentes comiencen a intervenir menos.
“Mejor no digo nada.”
“Que lo resuelva la dirección.”
“Que hablen con sus padres.”
“Yo solamente doy mi clase.”
Pero cuando el maestro se retira de su función educativa para protegerse, algo queda vacío dentro del aula.
Y los vacíos de autoridad rara vez permanecen vacíos.
Los ocupa el grupo.
El estudiante más intimidante.
La burla.
La exclusión.
La violencia.
Las redes sociales.
Por eso necesitamos reconstruir la confianza entre familias y maestros.
Cuando un niño llega a casa diciendo: “Mi profesor me trató mal”, naturalmente debemos escucharlo.
Pero escuchar no significa sentenciar.
Podemos preguntarle qué ocurrió.
Podemos hablar con el maestro.
Podemos escuchar otras versiones.
Podemos acudir a la institución.
Podemos enseñar a nuestros hijos una lección extraordinariamente importante: su palabra merece ser escuchada, pero la palabra del otro también.
Proteger al maestro no significa colocarlo nuevamente sobre un pedestal.
Significa reconocerlo como persona.
Una persona que puede equivocarse, aprender, cansarse, necesitar apoyo y también merecer respeto.
Quizá ha llegado el momento de abandonar una pregunta equivocada:
¿de qué lado estamos, del alumno o del maestro?
Porque una escuela verdaderamente humana no debería obligarnos a elegir.
Cuidar a nuestros niños también implica cuidar a los adultos responsables de acompañarlos.
 

OTRAS NOTAS