Democracias liberales en crisis: ¿Buu o hurra?

Behavioral Economics

¿Está la democracia mexicana en crisis?, ¿Y la de EUA? Más general, ¿Está la democracia experimentando una crisis generalizada en el Occidente? Más importante, ¿Deberíamos lamentarlo… o celebrarlo? El economista Daron Acemoglu, ganador de un Nobel de Economía por cierto, no sólo argumenta que sí deberíamos lamentarlo, sino además llama a salvar la democracia de sí misma en su nuevo libro What Happened to Liberal Democracy?, qué pasó a la democracia liberal en EUA… aunque, argumenta el autor, la pregunta aplica a mucho del Occidente. No soy cinéfilo en absoluto, pero además de que tengo varios amigos que sí lo son, algo saben en Hollywood sobre la comunicación masiva, y he escuchado mil y una veces esa “filosofía hombrearañesca” de “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”. En 2025 México votamos… más precisamente, apenas poco más del 10% del padrón electoral votamos por una importante renovación del Poder Judicial. Sin desconocer los errores de ese proceso electoral, ¿Cómo interpretar el nivel de participación tan bajo?, ¿Como que la decisión de la mayoría fue no decidir? En lenguaje hombrearañesco, ¿Democráticamente renunciamos a los poderes de la democracia a cambio de liberarnos de costos de la responsabilidad? Es famoso el aforismo del gran Winston Churchill la “democracia es el peor de los sistemas, excepto por todos los demás”. Aunque personalmente soy churchilliano en este sentido, esta preferencia no es incondicional, empezando porque la democracia tiene, inevitablemente, píldoras auto-destructivas, como nos lo mostraron nuestra elección judicial del año pasado y la historia de Acemoglu. Volviendo a los orígenes en el siglo XVIII, el Liberalismo era un sueño triple: un conjunto de derechos ideales, libertades incluidas; poderes limitados; e igualdad protegida por la ley. Destacaban cuatro libertades: expresión, religión, asociación, y decisión. Especialmente importante era limitar el poder político. Se veía a la democracia liberal como la institución liberal por excelencia, entendida ésta como autogobierno responsable. Tres fueron sus promesas: participación (sharing es el término en inglés usado por Acemoglu), servicios públicos (drains), y voz (voice). Participación y servicios públicos eran beneficios compartidos, nadie rezagado. Los servicios públicos básicos eran cuatro: salud, educación, transporte, y alcantarillado. Voz era la posibilidad de opinar con libertad, de debatir públicamente, de exigir cuentas a los gobernantes, y de participar en el gobierno. No conozco a nadie razonable que crea que Francia estaba mejor antes de la Revolución Francesa de 1789 que hoy, Inglaterra antes de la Revolución Gloriosa de 1688, Alemania antes de Federico el Grande (1712-1786), o Estados Unidos antes de su independencia en 1776. Pero con datos, conocemos que en EUA la democracia liberal avanzó de los 1970s hasta los 2000s, cuando empezó a incumplir sus promesas. A principios de 2025, cuando Joe Biden entregó la Presidencia a Trump, apenas el 70% de sus planes se habían empezado a ejecutar, y una fracción muy pequeña habían sido completados. En 2023 apenas el 25% de los americanos confiaban en su Poder Judicial y el 8% en su Congreso, la popularidad de los medios no era mejor, y para la mayoría “política” era sinónimo de “mala”, “corrupta”, “división”, “caos”, “confusión”, o “polarización”. ¿Qué pasó? En el periodo en cuestión EUA entró a la “era postindustrial”, e inconscientemente empezó a deglutir algunas píldoras perfectamente democráticas pero autodestructivas. El asunto es muy, muy complejo, y Acemoglu se enfoca en tres fenómenos íntimamente relacionados: globalización, computadoras, y ascenso político de los más educados. Tanto la globalización como las computadoras han privilegiado relativamente a los más educados y a los trabajos cognitivos… que típicamente se refieren a las mismas personas. Además de que los textiles, la ropa, los juguetes, y la electrónica simple dejaron de manufacturarse en EUA, las computadoras, que normalmente requieren mejor educación y habilidades cognitivas, llegaron a las oficinas. Todavía no alcanzamos a ver si era inevitable, pero este privilegio doble vino acompañado de un tercero: más poder político para la “elite educada” (Acemoglu habla de “pecado de comisión”). De nuevo, todavía no sabemos si es inevitable, pero resulta que en manos de la elite educada, el gobierno presta menos atención a los intereses de los menos favorecidos en términos educativos (“pecado de omisión”). En un solo hilo de pensamiento, Acemoglu argumenta que globalización, computadoras, y los pecados de comisión y omisión han llevado a “demasiada desigualdad”… y contando. ¿Y ahora? Sin negar que tratar de compatibilizar Liberalismo y democracia no es fácil, Acemoglu argumenta que tampoco es imposible. Personalmente todavía veo sus propuestas a medio terminar, no así su diagnóstico del reto, que me parece muy bueno. Así, sin reservas invito al lector interesado en las crisis actuales de las democracias, la mexicana incluida, a leerlo para tratar de entender mejor nuestro presente y mejorarlo: ¡Gravo y gracias Acemoglu!
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