Opinión
Por Dr. José Mauricio López López
Psicologo Clínico. Psicoterapeuta. Psicoanalista.
Durante mucho tiempo confundimos a un niño educado con un niño obediente.
El buen alumno era aquel que permanecía sentado, guardaba silencio, cumplía instrucciones y rara vez cuestionaba al adulto. En muchas familias ocurría algo semejante: portarse bien significaba no contradecir, no incomodar y aceptar la palabra de los mayores.
Hoy sabemos que educar es algo mucho más complejo.
Sin embargo, al cuestionar aquel modelo autoritario quizá hemos caído en el extremo contrario: adultos que temen poner límites porque piensan que hacerlo puede lastimar emocionalmente a sus hijos; maestros que dudan antes de corregir una conducta; padres que sienten culpa cuando dicen “no”.
Entonces aparece una confusión peligrosa:
creer que todo límite es autoritario.
No lo es.
Autoridad y autoritarismo son profundamente diferentes.
El autoritarismo necesita sometimiento.
La autoridad necesita vínculo.
El autoritarismo dice: “Lo haces porque yo mando”.
La autoridad puede decir: “Comprendo que no te guste, pero esto es necesario y voy a ayudarte a atravesarlo”.
La diferencia parece pequeña, pero psicológicamente es enorme.
Educar implica acompañar a un ser humano que todavía está construyendo la capacidad de regular sus impulsos, tolerar frustraciones, reconocer las necesidades de los demás y comprender que sus deseos encuentran límites en la realidad.
Freud describió tempranamente esta tensión entre deseo y realidad. Crecer supone descubrir que no todo aquello que deseamos puede satisfacerse inmediatamente.
Décadas después, Donald Winnicott aportaría una idea igualmente valiosa: el niño necesita un ambiente suficientemente bueno, capaz de sostenerlo mientras desarrolla gradualmente sus propios recursos.
Sostener no significa concederlo todo.
También significa sobrevivir al enojo del niño cuando aparece un límite.
Un padre puede decir “no” y seguir amando.
Un maestro puede corregir y continuar respetando.
Un adulto puede establecer una consecuencia sin humillar.
Ese aprendizaje es extraordinariamente importante porque permite descubrir algo esencial para la vida:
puedo frustrarme sin destruir al otro y sin sentir que el otro deja de quererme.
El problema aparece cuando los adultos no soportamos el malestar de nuestros propios hijos.
Queremos evitarles la tristeza, la frustración, el aburrimiento, la espera y cualquier experiencia que pueda resultar incómoda.
Entonces negociamos interminablemente.
Cedemos.
Compensamos.
Resolvemos aquello que ellos podrían comenzar a resolver.
Y sin advertirlo podemos transmitirles un mensaje preocupante: el mundo debería adaptarse permanentemente a sus deseos.
Pero la vida no funciona así.
Habrá maestros que no les agraden.
Compañeros que piensen diferente.
Derrotas.
Esperas.
Rechazos.
Normas.
Consecuencias.
La tarea educativa no consiste en eliminar esas experiencias, sino en proporcionar recursos para atravesarlas.
Por eso necesitamos recuperar el valor del límite.
No el límite acompañado de gritos.
No el castigo que avergüenza.
No la disciplina basada en el miedo.
Sino el límite sereno de un adulto que puede decir:
“Entiendo tu enojo. Puedes estar molesto conmigo. Pero esto no está permitido”.
Tal vez ahí comienza una forma diferente de autoridad.
Una autoridad que no necesita imponerse porque puede sostenerse.
Una autoridad que escucha sin renunciar a su responsabilidad.
Porque nuestros niños y adolescentes no necesitan adultos que controlen cada uno de sus movimientos.
Pero tampoco necesitan adultos que desaparezcan frente al conflicto.
Necesitan algo mucho más difícil:
adultos suficientemente presentes para acompañarlos mientras aprenden a gobernarse a sí mismos.